Pasado Abierto. Revista del CEHis. Nº23. Mar del Plata. Enero-junio de 2026.
ISSN Nº2451-6961. http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto
El “momento 1890” en la política argentina: conflictos, lenguajes y movilización en el cambio de siglo
María José Navajas
Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, Universidad de Buenos Aires, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Francisco J. Reyes
Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Litoral, Universidad Nacional del Litoral, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
En 1990, al cumplirse cien años de la Revolución del Parque, Hilda Sabato publicaba en Punto de Vista una breve intervención sobre aquel alzamiento cívico-militar considerado un parteaguas de la historia política argentina. Allí formulaba una pregunta de gran capacidad heurística: ¿el episodio fue prólogo de un derrotero que conducía de la formación de la Unión Cívica Radical (UCR) y la demanda de democracia electoral hasta la reforma de 1912 y la llegada del radicalismo al poder en 1916? ¿O fue más bien el epílogo de un ciclo de disputas entre dirigencias partidarias que recorría toda la etapa abierta con la sanción de la Constitución nacional en 1853?
Su respuesta, más inclinada por el “epílogo”, matizaba el planteo de Natalio Botana, que por entonces se estaba volviendo clásico. El orden conservador (1977) había conceptualizado un régimen de hegemonía gubernamental que habría funcionado entre 1880 y 1916, articulado por el control del Partido Autonomista Nacional (PAN), sobre los mecanismos institucionales. En esa lectura, 1890 aparecía como “impugnación revolucionaria” que dio lugar a una “oposición externa”, pero sin llegar a quebrar la unidad del régimen. Sabato, en cambio, veía en el Parque el último estertor de una cultura política forjada en las décadas previas, sobre todo en Buenos Aires, algo que confirmaría años después en una obra de síntesis (Sabato, 2012: 331-336).[1]
Por supuesto, desde la historiografía se han propuesto diversas periodizaciones alternativas. Ezequiel Gallo conceptualizó el “quinquenio difícil” para dar cuenta de la zozobra momentánea del “régimen” luego de la crisis económica y la revolución del Parque (Gallo, 1980). También, junto con Gustavo Ferrari y luego con el propio Botana, propuso el arco más amplio “del Ochenta al Centenario” (Ferrari y Gallo, 1980; Botana y Gallo, 1997). Unas décadas después, Eduardo Míguez extendió la mirada hacia atrás, hasta los años 1870, para captar las dinámicas del sistema político en formación (Míguez, 2012). Y recientemente, una compilación sobre las palabras clave de la política argentina moderna abarca desde la primera presidencia de Roca hasta el golpe de 1930 (Bacolla, Cucchi y Reyes, 2026).
Este dossier propone una perspectiva diferente para pensar el conflictivo cambio de siglo, apartándose de los enfoques que lo incluyen como tramo subordinado de un ciclo mayor para tratarlo como una unidad temporal con lógica propia. Por una parte, se trata de evitar las lecturas que lo consideran una prolongación o descomposición del régimen del Ochenta, que a inicios de la década de 1890 había dejado de funcionar bajo su lógica original. Por otra parte, implica sustraerse de las interpretaciones que encuentran en esa coyuntura la antesala de la democracia electoral y del ascenso del radicalismo a partir de la década de 1910. Entonces, inspirados en la categoría de “momento” que Pierre Rosanvallon ha utilizado para pensar inflexiones específicas de la historia política francesa (Rosanvallon, 1998), proponemos restituir la singularidad del “momento 1890” como configuración política particular en el cambio de siglo argentino.[2]
Esta operación se inscribe en una línea de aportes que ha venido erosionando, sin proponérselo del todo, la imagen del período como mera transición. Los trabajos pioneros de Paula Alonso sobre los orígenes del radicalismo y sobre la dinámica interna del Partido Autonomista Nacional (Alonso, 2000 y 2010), así como el estudio de Martín Castro sobre el “ocaso de la república oligárquica” (Castro, 2012), han instalado una masa crítica significativa sobre las inflexiones producidas en los años que median, a grandes rasgos, entre la crisis económica de 1889-1890 (con su correlato de movilización política, recurso a la violencia armada y renuncia presidencial) y el no menos conflictivo final de la segunda presidencia de Roca, hacia 1904. Lo que ese conjunto de trabajos prepara, sin terminar de afirmarlo, es la posibilidad de pensar esos años no como reacomodamiento del régimen anterior ni como antesala del posterior, sino como configuración con dinámica propia.[3]
Si bien la historia conceptual de lo político explorada por el autor francés implica un conjunto de supuestos y análisis que cruzan la historia intelectual con la más estrictamente política (algo replicado en Argentina por estudios como los de Elías Palti [2009]), una indagación en términos de esta segunda dimensión permite constatar una experiencia diferencial que tuvieron los actores que protagonizaron la vida política del país durante esos años. Partidos políticos más o menos novedosos, gobernantes y opositores a nivel nacional, provincial y local, la prensa periódica y las figuraciones cambiantes de la opinión pública, las elites intelectuales, los jóvenes universitarios y los miembros del Congreso de la Nación y las legislaturas provinciales ensayaron diferentes maneras de resolver, canalizar o forzar (de forma no siempre pacífica) las tensiones que atravesaron una comunidad política convulsionada por múltiples motivos y en sucesivas coyunturas. Esas intervenciones, que caracterizaron a una larga década de 1890, exhibieron una articulación específica entre prácticas, lenguajes y concepciones de la comunidad política deseable que se vieron signadas menos por las supuestas certezas de un “orden” que por la vertiginosa incertidumbre del cambio.
Este tiempo convulsionado, que suele sintetizarse en el cronónimo fin-de-siècle, no fue una experiencia exclusivamente argentina. Se trató de un fenómeno transnacional en el cual lo que se daba por supuesto comenzaba a perder sus fundamentos, pero sin avizorar un horizonte claro como punto de llegada. Así lo han demostrado para otras latitudes trabajos que interceptan historia política e historia cultural, en la senda de una “política en un nuevo registro” para la década de 1890 como la caracterizara magistralmente Carl Schorske para la Viena imperial (Schorske, [1979] 2011; Charle, 2016; Silverman, 2020). Aunque tal perspectiva escape a los más acotados alcances del dossier, no debe desdeñarse el papel que jugaron en esos años los cambios en las tecnologías de las comunicaciones y la circulación transoceánica de noticias e ideas difundidas por la prensa (Caimari, 2018).
Un conjunto de procesos que influenciaron sin dudas a las elites políticas y culturales argentinas pero que, por diversos canales, también irradiaron a otros sectores movilizados en esos años. Novedades que motorizaron sus expectativas y sus esperanzas, sus temores y desafíos al trastocarse los fundamentos políticos en que se habían socializado hasta no hacía mucho tiempo. Entonces, ni orden impugnado ni mero prólogo de cristalizaciones posteriores o epílogo del proceso de formación institucional republicana, el “momento 1890” de la política nacional se sintonizó con otros recorridos del mundo occidental y, tanto por aquello como por esto último, merece desmenuzarse en sus múltiples expresiones y escalas que habilitan todavía a nuevas investigaciones.
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Los artículos reunidos en este dossier abren una agenda de temas que alumbran aspectos y dimensiones específicos de la política del entresiglos. Un primer eje lo constituyen las transformaciones que experimentaron las prácticas y formas de la participación política. En particular, los mecanismos de negociación intra e interpartidarios, las modalidades de intervención en el espacio público y los impactos de la modernización de la prensa periódica en la dinamización de los debates y la acción política. Los textos muestran que el “momento 1890” se caracterizó por una reconfiguración del repertorio disponible y la movilización de diversos sectores sociales.
En esa clave, Navajas reconstruye el abanico de prácticas de la naciente UCR en la Capital Federal entre 1891 y 1894: convenciones y asambleas partidarias, movilizaciones callejeras y un despliegue de recursos y estrategias para disputar los comicios en distintas coyunturas. En tanto Victorero analiza cómo la prensa porteña construyó la noticia del “complot radical” de 1892 movilizando los recursos de la modernización periodística (reporters, telegramas, primicias, entrevistas), demostrando el rol performativo de los grandes diarios, que no se limitaron a registrar acontecimientos, sino que contribuyeron activamente a producirlos. Mientras que Reyes muestra la multiplicación de espacios de sociabilidad activados por la llamada “cuestión internacional”, el litigio de límites con Chile: periodismo de agitación, revistas especializadas, conferencias universitarias, ateneos, ligas patrióticas y sociedades de tiro, que conformaron una retícula de alcance nacional definida por parámetros diferentes a los de la política partidaria. En el caso del trabajo de Motura para el caso entrerriano, allí se registra la articulación entre la prensa local, redes partidarias redefinidas por la tensión entre viejos aliados y los acercamientos entre antiguos adversarios en pos de la movilización armada, entendida como repertorio integral desplegado en la tramitación de las disputas del escenario político en el entresiglos. Finalmente, Rojkind muestra cómo confluyeron en las protestas contra la Convención de Notables de 1903, actores diversos – estudiantes universitarios, dirigentes opositores, militantes socialistas, “grupos de pueblo” – que articularon un repertorio que iba del mitin a la conferencia, y que incluyó dosis variables de violencia.
Un segundo eje de análisis que se destaca en varios artículos refiere a las transformaciones que atravesaron las concepciones acerca del orden político y los lenguajes mediante los cuales esas concepciones se expresaban y disputaban. Por una parte, queda establecido que el “orden” no era una categoría descriptiva estable y funcionó como objeto de tensiones permanentes frente a las demandas de participación, democratización y representación, como se ha señalado recientemente para un arco temporal más abarcativo (Cucchi, 2026). En ese sentido, Romero demuestra cómo el propio Poder Ejecutivo nacional, en los mensajes de apertura de sesiones del Congreso, movilizó el lenguaje del orden con un desplazamiento significativo: ya no como sinónimo de estabilidad institucional, sino como “orden público” y “control de la situación”, apelando a la idea de “crisis” como desfasaje entre sociedad y política que reclamaba reformas. En el reverso de esa operación, el mencionado trabajo de Rojkind reconstruye la emergencia en 1903 de un repertorio opositor que disputó los términos del orden invocando la “democracia” en dos sentidos articulados pero distintos: como libertad electoral (cuestionamiento al fraude y a la digitación de candidaturas) y como práctica de denuncia callejera contra la “casta gobernante” (la “oligarquía”) y la “política notabiliar”. A estos lenguajes en disputa se suma otro que operó transversalmente y que no se alineaba con el clivaje oficialismo/oposición: el nacionalismo militarista que Reyes reconstruye en torno a la crisis con Chile, donde convergieron referentes autonomistas y radicales que en otras coyunturas militaban en posiciones opuestas. Esa zona común muestra que las concepciones sobre el orden político deseable (sea el institucional interno o el internacional sudamericano) involucraban múltiples planos que podían cruzarse, articularse o tensionarse según las coyunturas.
Vinculado a lo anterior, específicamente en relación con los lenguajes, los artículos de Navajas y Reyes enfatizan en los mecanismos y estrategias desplegados por dirigentes y bases, tanto en formaciones partidarias como de otro tipo (como las ligas patrióticas o las conferencias públicas), en donde la dimensión afectiva del vínculo político jugó un papel no menor, como demuestra la primera para el caso del radicalismo porteño. Navajas reconstruye en la escala parroquial la conformación de una identidad partidaria nutrida por una matriz cristiana de sacrificio y martirio, con prácticas rituales que producían lazos de pertenencia y solidaridad entre los correligionarios y configuraban un perfil específico del militante (el ciudadano dispuesto al sacrificio, intransigente, viril, fervoroso). Reyes muestra cómo, en lo que se conoció como “movimiento patriótico” entre 1898 y 1901, se movilizaron deliberadamente otro tipo de sentimientos y ansiedades – el fervor patriótico, el clamor por la guerra, la indignación frente al “desarme”, el “despertamiento” nacional – en una trama que incluía a estudiantes universitarios, oficiales militares, asociaciones de inmigrantes, comisiones de mujeres y publicistas.
Un tercer eje aborda las especificidades de la política provincial frente a la dinámica nacional, precisando tiempos, actores y conflictos propios de la escala local que en ciertas coyunturas se superponían con los nacionales y, en otras, los tensionaban o los condicionaban. Motura analiza el caso entrerriano entre 1898 y 1900 mostrando cómo las revoluciones de Sabá Z. Hernández respondían a una dinámica provincial específica que articulaba con la nacional, fundamentalmente a través del mecanismo de la intervención federal como instancia de arbitraje. Por su parte, Ojeda Silva trabaja el caso bonaerense entre 1898 y 1902, mostrando cómo la gestión de Bernardo de Irigoyen como gobernador provincial desencadenó un proceso de fractura del radicalismo que, al arrastrar debates internos desde que el partido perdiera ímpetu en los años previos, prefiguró de alguna manera la refundación partidaria de 1903. Un proceso que se desplegó simultáneamente en escalas que iban del control de la policía provincial al juego de intervenciones federales y a la disputa nacional por la sucesión presidencial. Ambos casos provinciales muestran que el “momento 1890” no puede pensarse con una dinámica unidimensional cuyo centro estaría en Capital Federal y cuyos efectos se irradiarían hacia las provincias: las provincias eran espacios con conflictividad propia que aportaban contenido sustantivo a la dinámica nacional, modulaban sus tiempos y producían actores que después intervenían en el escenario federal.
Un cuarto y último eje se refiere a la articulación multiescalar de los procesos políticos y culturales del período, atendiendo en particular a la circulación de actores, ideas y saberes entre el escenario argentino y los fenómenos nacionales e internacionales más amplios. En dichas coordenadas, Reyes reconstruye la “paz armada” sudamericana como expresión local de un fenómeno transnacional del fin de siglo –las carreras armamentísticas europeas, el navalismo, un militarismo en ascenso– cuyos términos circulaban a través de revistas, prensa periódica, diplomáticos y traducciones de obras y discursos varios, produciendo en Argentina formas de nucleamiento y movilización (ligas patrióticas, comisiones de mujeres, sociedades de tiro) cuyos repertorios eran también transnacionales. De forma similar, pero en ámbitos de la política institucional, Romero muestra cómo los mensajes presidenciales de Roca se hacían eco de un “clima global de ideas” caracterizado por la alarma frente a los peligros que –supuestamente– desviaban a los países de la senda progreso, así como por la circulación internacional de saberes técnicos sobre cuestión social, infraestructura, educación y administración. En ambos casos, ese marco internacional de los cambios locales no aparece como contexto externo sino como parte constitutiva de las disputas políticas locales: los lenguajes con que se discutía el orden, las prácticas con que se movilizaba la opinión pública, las concepciones que orientaban las reformas, todo ello se nutría de una circulación de ideas y modelos que poco antes se encontraban difícilmente disponibles.
Bibliografía
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Schorske, Carl ([1979] 2011). La Viena de fin de siglo. Política y cultura. Buenos Aires: Siglo XXI.
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María José Navajas es doctora en Historia por El Colegio de México, desde el 2012 se desempeña como investigadora del Instituto Ravignani e integrante del PEHESA. Es investigadora adjunta del CONICET. Se especializa en historia política de la segunda mitad del siglo XIX, con especial atención a la actividad electoral, la prensa y las dirigencias políticas. Actualmente está enfocada en el último cuarto del siglo XIX, analizando las tensiones, los conflictos y los debates en el marco de la república del “orden”. Durante ese periodo histórico analiza el papel desempeñado por los partidos, la prensa, las movilizaciones callejeras y los levantamientos armados, evaluando su intervención en la tramitación de los conflictos y en la incorporación de diversos actores a la vida política.
Francisco Jerónimo Reyes es licenciado en Historia (Universidad Nacional del Litoral), Doctor en Ciencia Política (Universidad Nacional de Rosario) e Investigador Adjunto del CONICET (Argentina) con sede en el Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Litoral (IHUCSO), Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe). Su actual línea de investigación se vincula a la historia política, intelectual y cultural del cambio del siglo XIX al XX en Argentina, en particular el conflicto internacional limítrofe con Chile y sus diversas dimensiones.
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[1] Es un dato sin duda llamativo que dicha obra incluya una sintomática discontinuidad temporal respecto del tomo que le sigue en la colección, a cargo de Alejandro Cattaruzza, que parte de 1916.
[2] De hecho, Rosanvallon constata una inflexión en el devenir de la Tercera República en torno a un “momento 1890” que expresaría, en las distintas posiciones políticas, un malestar con el estado de cosas existente y la emergencia de nuevas concepciones sobre la comunidad política deseable en donde la democracia moderna todavía no parecía haber encontrado su camino (Rosanvallon, 1998: 136).
[3] Esos avances sobre la política del cambio de siglo se vieron ampliados en la última década por una producción que evidencia, a estas alturas, una coherencia en sus objetos de indagación, por ejemplo, a partir de dossier monográficos, entre los que se incluyen algunos de los autores aquí reunidos. Ver Cucchi y Rojkind (2017 y 2018) y Hirsch y Reyes (2019).
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