UNMDP > Facultad de Humanidades > Publicaciones > Revistas

 

Pasado Abierto - Año de inicio: 2015 - Periodicidad: 2 por año
https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto - ISSN 2451-6961 (en línea)

Pasado Abierto. Revista del CEHis. Nº23. Mar del Plata. Enero-junio de 2026.

ISSN Nº2451-6961. http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto

                                                                                       

Adalides de la “paz armada” en Sudamérica: la agitación belicista en Argentina durante una crisis internacional (1894-1902)

Francisco J. Reyes

Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Litoral,

Universidad Nacional del Litoral, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

reyesfranciscoj@live.com

Recibido:        23/12/2025

Aceptado:        24/02/2026

Resumen

El artículo analiza las intervenciones y las ideas de un conjunto de exponentes de las elites políticas e intelectuales de Argentina en el marco del conflicto limítrofe sostenido con Chile en el cambio del siglo XIX al XX. El eje común de estas voces fue la demanda de un fortalecimiento militar frente al país vecino bajo la forma de una “paz armada” como la experimentada por entonces en Europa. El argumento principal establece que esta agitación belicista, expuesta tanto en la prensa y en revistas especializadas como en conferencias públicas y el Congreso argentino, aclimató la creciente conflictividad internacional del período a la crisis sudamericana. Asimismo, plantea que el cruce de la militarización promovida por las autoridades con los motivos de un nacionalismo agresivo, esgrimido eventualmente contras los propios gobernantes, dio lugar a posicionamientos políticos y novedades ideológicas escasamente estudiados por la historiografía sobre el tema.

Palabras clave: conflicto limítrofe argentino-chileno, militarización, nacionalismo, paz armada

Champions of “armed peace” in South America: bellicose agitation in Argentina during an international crisis (1894-1902)

Abstract

This article analyzes the interventions and ideas of a group of figures from Argentina's political and intellectual elites during the border conflict with Chile at the turn of the 20th century. The common thread among these voices was the demand for military reinforcement against the neighboring country in the form of an "armed peace" like that then being experienced in Europe. The main argument posits that this bellicose agitation, expressed in the press, specialized journals, public lectures, and the Argentine Congress, adapted the growing international conflict of the period within the context of the South American crisis. Furthermore, it argues that the convergence of militarization promoted by the authorities with the motives of aggressive nationalism, sometimes even directed against the rulers themselves, gave rise to political positions and ideological innovations that have received scant attention in the historiography of the subject.

Keywords: Argentine-Chilean border conflict, militarization, nationalism, armed peace

Adalides de la “paz armada” en Sudamérica: la agitación belicista en Argentina durante una crisis internacional (1894-1902)[1]

I. Introducción

Hacia mediados de la década de 1890 la prestigiosa Revue des Deux Mondes de París publicó un artículo titulado “La Paix armée et ses conséquences” que exponía la situación de las alianzas entre las potencias europeas después de la victoria de Prusia sobre Francia en 1870, la creación del Imperio alemán y la Triple Alianza con Austria-Hungría e Italia. La Tercera República francesa había concretado su alianza con el Imperio ruso, amenazando en un doble frente a Alemania, pero la creciente hostilidad continental se achacaba al ex-canciller alemán Otto von Bismarck y a recientes declaraciones del emperador Guillermo II:

“(…) soberanos y estadistas, al hablar, todos, con igual fervor, recomiendan la paz (…) Pero ¿son fieles a este programa al emplear sus vigilias y esfuerzos en prepararse para la guerra, al mantener un estado de cosas que necesariamente la engendrará? (…) No se arma uno para la paz, se arma para la guerra…”[2] 

La segunda mitad de la última década del siglo XIX experimentaría una serie de escaladas de los conflictos internacionales, desde la competencia naval anglo-alemana hasta el inicio de la guerra de los bóers en Sudáfrica, la derrota italiana en el norte de África, la crisis de Fachoda entre Francia y Gran Bretaña o la victoria de Estados Unidos sobre España en 1898. Esos acontecimientos contribuyeron a trasladar el debate sobre la “paz armada” de la diplomacia y los altos mandos militares hacia las elites intelectuales, la prensa periódica y los partidos políticos hasta la Gran Guerra (Sáenz Rotko, 2018). La historiografía ha profundizado en varias de sus implicancias: desde las distintas “carreras armamentísticas” (nueva tecnología de armamentos y escaladas diplomáticas) o “militarismo” (avance de los valores y la organización militar en los Estados y las sociedades) al “navalismo” (variante marítima de las primeras) (Chickering, 2012; Echevarría, 2012).

        Casi en simultáneo con la revista francesa, en Sudamérica comenzaba a plantearse –todavía con escasa audiencia, pero con creciente preocupación– la recepción de estas tendencias que, con el pretendido objetivo de lograr la paz y el equilibrio internacional, en realidad escalaban los conflictos. En una conferencia en la Universidad de Buenos Aires (UBA) Lucio López analizó la “paz armada” en el sur del continente, datándola desde el triunfo de Chile en la “guerra del Pacífico” frente a Perú y Bolivia (1879-1883). El catedrático reconocía que “a medida que progresa la industria militar” la guerra inspiraba “terror a las mismas grandes potencias”, de allí que cifraba al “sistema de los arbitrajes” como la solución más “civilizada”. Pero advertía que los países “chicos” como Argentina, aun cuando su objetivo debía ser “enriquecernos” en la senda del “progreso”, tenían necesariamente que armarse en sintonía con “la prudencia taimada y sospechosa de los fuertes”.[3]   

        La intervención de López permite comprender la actualidad que había asumido el problema de la “paz armada” en Sudamérica: en 1894 había comenzado a recalentarse un diferendo limítrofe entre Chile y Argentina arrastrado desde la indefinición del tratado de 1881, cuando la conquista militar de la Patagonia por el segundo volviera ineludible delimitar fronteras. Un protocolo de 1893, que debía concretar la fijación de los hitos en el territorio fronterizo de la cordillera de los Andes por sendas comisiones técnicas, dejó sin resolver los criterios de delimitación debido a diferencias entre los peritos (el argentino se fundaba en la línea de las más altas cumbres y el chileno en la divisoria de aguas hidrográfica). Y, para negociar desde una posición de fuerza, tanto el gobierno argentino como el chileno comenzaron a adquirir armamentos en Europa y a movilizar sus reservas militares al interior de sus fronteras. Gestos interpretados mutuamente como amenazas en lo que se convirtió en una verdadera carrera armamentística (Ferrari, 1968; Rubé, 2016).

López no llegó a presenciar ese devenir, pero la revista La Biblioteca publicó su conferencia en 1898, en una de las coyunturas calientes del conflicto que recién se resolvió en 1902 con la firma de los llamados Pactos de Mayo. En el ínterin, Argentina y Chile estuvieron a punto de romper hostilidades en septiembre de 1898 y en diciembre de 1901, cuando un incidente menor en los caminos fronterizos amenazó el acuerdo sellado en 1899 entre los presidentes Julio Roca y Federico Errázuriz en el estrecho de Magallanes. Para entonces, la recepción del término europeo y su aclimatación a la región se discutía a ambos lados de los Andes, entre los países sudamericanos e incluso al otro lado del Atlántico, lo que implicó múltiples intervenciones de publicistas, políticos e intelectuales.

Siendo una cuestión apenas mencionada en la historia política e intelectual (en particular, la del nacionalismo)[4], pesando más la dimensión diplomática (Burr, 1965; Cisneros y Escudé, 1999) o la carrera armamentística (Lacoste, 2012; Cáceres, 2021), este trabajo profundiza en esas formas de involucramiento y en las ideas de quienes apostaron en Argentina por una política de fuerza. Se argumenta que la “crisis internacional” de casi una década generó reflexiones y un clima de agitación a distintos niveles en pos de una “paz armada” con tomas de posición que no se condecían necesariamente con los clivajes políticos de mediados de la década de 1890 en la convulsionada “República oligárquica” dominada por el Partido Autonomista Nacional (PAN) (Botana y Gallo, 1997; Castro, 2012). De hecho, el grado de debate y movilización de esos años permiten comprender la política de entre siglos a la luz de una perspectiva diferente (Rojkind, 2012). Durante la segunda presidencia de Julio Roca (1898-1904), la proliferación de una serie de actores que ganaron protagonismo a propósito del conflicto limítrofe estuvo lejos de seguir la posición del gobierno, aun cuando pertenecieran a las elites políticas e intelectuales. Una tendencia a la politización interna de los temas internacionales que sintonizaba con lo ocurrido en el hemisferio norte durante ese conflictivo fin de siglo (Chickering, 2012: 131-135).

Dos aspectos resultan sintomáticos de la cuestión de la “paz armada” en el debate local. Por un lado, las referencias a los conflictos y a los procesos de militarización que se multiplicaron en otras latitudes en la década de 1890 por parte de quienes aludían al tema en Argentina. Por otro lado, los principales tomadores de decisiones argentinos, como los presidentes José E. Uriburu (1895-1898) y su sucesor Roca, su estrecho aliado, senador y ex-presidente Carlos Pellegrini, una figura consular como el también senador y ex-presidente Bartolomé Mitre y el ministro del Interior y luego interino de Relaciones Exteriores, Joaquín V. González, no fueron entusiastas de la “paz armada”, oscilando entre las críticas de sus costes y la resignación a medidas de fortalecimiento militar.

Mientras que los voceros de la “paz armada” podrían ampliarse para incluir a un conjunto de referentes militares, interesados principales en la carrera armamentística que no dejaron de vincularse con los referentes civiles[5], aquí se tienen en cuenta entonces seis protagonistas involucrados a diferentes niveles a lo largo de varios años y se analizan sus formas de intervención y distintas iniciativas relativas a la “cuestión internacional”: Román Pacheco, Adolfo Saldías, Ernesto Quesada, Joaquín Castellanos, Estanislao Zeballos e Indalecio Gómez. Luego se profundiza en sus ideas sobre la “paz armada” para Argentina, la región y el mundo de fin de siglo en formulaciones que definieron como primacía de los intereses y valores patrióticos. En perspectiva, esta secuencia acumulativa configuró un jalón significativo para la maduración de un nacionalismo beligerante cuando este fenómeno se encontraba en pleno despegue.

II. Avatares de la militarización argentina

La citada intervención de López en 1894 resultó casi premonitoria. No sólo por plantear al arbitraje como solución “civilizada” a los conflictos internacionales, en un mundo que aumentaba el potencial mortífero de las industrias armamentísticas; sino porque entendía al reforzamiento militar de los Estados como algo inevitable hasta tanto cristalizaran nuevas instituciones transnacionales. Como bien expresó Lilia Bertoni (2001: 233-235), ese año se experimentó un “entusiasmo militarista” en el país al volver a convocarse a la Guardia Nacional, vieja institución con base en las provincias. Una ley llamaba a los “ejercicios doctrinales” durante tres meses a los ciudadanos entre 20 y 30 años para complementar al Ejército de línea. El motivo no era el conflicto limítrofe sino la posibilidad de levantamientos armados por parte de la opositora Unión Cívica Radical (UCR), pero con la renuncia del presidente Luis Sáenz Peña y la asunción de Uriburu en 1895 una segunda ley propuso someter la Guardia a la autoridad del Ejército (Quinterno, 2014: 111-130).

En tanto el recalentamiento de las relaciones bilaterales disparó un cambio cualitativo en esa militarización. Cuando el infructuoso protocolo de 1893 comenzó a discutirse en la prensa, los temas internacionales y de defensa, así como la compra de armamentos navales y terrestres adquirieron nuevas proporciones. Una carta dirigida al entonces senador Julio Roca por el encargado de las adquisiciones militares en Europa, el coronel Pablo Riccheri –futuro jefe del Estado Mayor del Ejército en 1898, ministro de Guerra de aquel desde 1900 y factótum del Servicio Militar Obligatorio (SMO) en 1901– resulta elocuente de cómo comenzaron a tomarse las decisiones a fines de 1895:

“(…) las circunstancias especiales de la situación que se atraviesa exigen que no sólo no hagan retardos en la fabricación, control y entrega del armamento, sino que es igualmente urgente hacer todo como se pueda para adelantar las entregas (…) bien armados tendremos mucha más probabilidad de conservar la paz y asegurar con ella gran futuro en el porvenir de la República.” (cit. en Fraga, 1997: 136)

El intercambio daba cuenta de otra faceta. La gestión política del reforzamiento militar y la necesidad de mantener ciertos equilibrios a partir de tres factores: las prolongadas negociaciones diplomáticas, las medidas gubernamentales que mostraban un activismo prudente y las declaraciones públicas en pos del apaciguamiento de la opinión frente a las críticas de los belicistas impacientes. Por eso, al mismo tiempo que se firmaba un nuevo protocolo en 1896 que sometía las diferencias al arbitraje de Gran Bretaña, en su informe al Congreso el ministro de Guerra y Marina elogió a Riccheri y la adquisición de dos acorazados de última generación porque ponían al país en la senda de la “revolución en el arte militar”. Destacaba la actitud pacífica del país, pero también que “no podía quedarse atrás y permanecer indiferente, cuando todas las naciones aumentan y perfeccionan sus armamentos” (Villanueva, 1896: 36, 56-57). Otra medida significativa de 1896 fue la convocatoria de una conscripción obligatoria para la clase de 20 años de la Guardia Nacional para que realizara su entrenamiento a la par de las tropas de línea. Un ensayo del SMO que aumentaba notablemente la movilización bélica. Para ese entonces se había ampliado el radio de difusión de la “cuestión internacional” y los temas militares en el debate público con diarios que jugaron un papel clave tanto para dar voz a entusiastas y detractores como para hacer llegar los avatares del conflicto limítrofe a importantes sectores de la sociedad. Y, en general, las posiciones de los principales periódicos se mantuvieron hasta 1902.

Por ejemplo, La Prensa[6] se erigió en vocero de la militarización y una posición dura en las negociaciones con Chile, condenando sistemáticamente a la diplomacia argentina y de indecisión a los preparativos bélicos. Una posición casi opuesta, con eventuales coincidencias, sostuvo La Nación, vinculado a Mitre y a la colaborativa Unión Cívica Nacional[7]. Por su parte, Tribuna[8], creado en 1891 para defender el acuerdo entre Roca y Mitre luego de la revolución de 1890 y donde se expresaba la posición del primero, desde 1898 osciló entre la diplomacia pacífica, la celebración del poder militar y la polémica con los críticos del presidente. Otras tribunas sobre el diferendo limítrofe fueron El Tiempo[9], que operaba en las internas de la UCR y con inclinaciones belicistas; y El País, iniciativa de Pellegrini en 1898 que sostuvo el retorno de Roca al poder y apoyó el arbitraje, incluso después de la ruptura entre aquellos en 1901. Por último, cabe citar al pequeño pero orgánico La Vanguardia, vocero del Partido Socialista (PS) y opositor a ultranza de la “paz armada” que, por su defensa del arbitraje, terminó paradójicamente apoyando al “oligárquico” gobierno de Roca en los Pactos de Mayo; así como a la revista de actualidad y satírica Caras y Caretas, creada en medio de la escalada de 1898 y que se enroló en el “movimiento patriótico”, al reseñar con aprobación las movilizaciones militares, las maniobras navales y la formación de las ligas en 1901, cuando la publicación se estaba consolidando.[10] 

En dicho escenario, 1898 constituyó una coyuntura bisagra para el conflicto y la movilización bélica de amplios sectores de la sociedad. Por ejemplo, las asociaciones de tiro que venían creándose en las provincias luego de la instalación del Tiro Federal Argentino (1895) se multiplicaron rápidamente hasta en localidades pequeñas. Se generó así un gran entusiasmo por esta práctica que tenía su centro en los ejercicios de la Guardia Nacional pero que la excedió con creces (abarcaba a comunidades de inmigrantes, sobre todo suizos e italianos) al demostrar un “despertamiento patriótico” en pos de la “defensa nacional” (Raiter, 2022: 23-51).

Mientras que la noticia de que Chile esperaba un nuevo acorazado que le daría superioridad naval, cuando el perito argentino Francisco Moreno comenzaba las conferencias con su par Diego Barros Arana, fue la piedra de toque para lo que se conoció como el “movimiento patriótico”. La iniciativa de un periódico de Tucumán de una suscripción para la compra de un buque para la Armada tuvo un rápido eco y el Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires formó una comisión que durante varios meses apadrinó una innumerable cantidad de actividades a cargo de múltiples asociaciones en distintos puntos del país. De esa agitación participaron desde empleados públicos y estudiantes universitarios hasta comisiones de mujeres y de inmigrantes (Reyes, 2025), pasando por la creación de un grupo de presión como la Liga Patriótica Argentina (Romero, 2020). Una suerte de navalismo popular en donde los acorazados parecían materializar la unidad para la “defensa nacional”.

El gobierno argentino ya se encontraba inmerso en un plan financiero para la adquisición de nuevas unidades y la construcción de un puerto militar, pese a una economía levemente recesiva en donde los temores de una guerra eran un factor de incertidumbre (Gerchunoff, Rocchi y Rossi, 2008: 276). Esto aceleró un empréstito interno para la compra de dos acorazados que pondrían en plano de superioridad a la Armada argentina, justo cuando Chile iniciaba una fuerte crisis económica. Así, el ministro de Guerra y Marina aseguraba que podía “armarse perfectamente el ejército más poderoso de Sud América” y que había entendido gracias al jefe del Estado Mayor de la Marina –el comodoro Martín Rivadavia– que “era un anhelo de todo el país que debía formarse una Escuadra más fuerte que las marinas de los dos estados sudamericanos más poderosos reunidos” (Levalle, 1898: 7 y 4). La hipérbole parafraseaba al two-power standard de la Royal Navy británica de 1889 que se conoce como punto de partida de la carrera armamentística del cambio de siglo (Echevarría, 2012: 167). El ministro argentino expresaba un imaginario bélico transnacional que, con la desmesurada carrera naval entre Argentina y Chile, colocó a sus escuadras entre las diez primeras del mundo hacia 1900.[11] 

La escalada acicateó el debate sobre una reorganización militar para hacer frente a una eventual guerra con varios proyectos de SMO. Y al parecer inminente una ruptura en septiembre de 1898 Roca concentró un enorme poder. Como presidente electo, presidente provisional del Senado a cargo del Poder Ejecutivo (por licencia de Uriburu) y presidente de una Comisión Especial de Guerra en el Congreso, decidió en sesiones secretas una movilización extraordinaria de 50.000 hombres.[12] El alivio que significó el acta adicional al protocolo de 1896 que confirmaba el arbitraje británico –a excepción de Estanislao Zeballos y estudiantes universitarios que se manifestaron contra la medida– habilitó una desescalada hasta mediados de 1901, en medio de una economía que no terminaba de despegar a la vez que la carrera armamentística contribuyó notablemente a la crisis de la deuda externa (Gerchunoff, Rocchi y Rossi, 2008: 281). Esos primeros años del gobierno de Roca fueron de austeridad, concentrándose en el perfeccionamiento de la oficialidad y las tropas (creaciones de la Escuela Superior de Guerra y la Escuela Nacional de Tiro e instalación de polígonos en provincias) y en el debate parlamentario para el SMO, consumado en 1901 (un año después que Chile). Hasta el llamado conflicto “de los caminos andinos” de ese año, que casi condujo a la guerra, la aumentada presencia militar en las fiestas patrias fue celebrada como signo de virilidad nacional y los periódicos mantuvieron sus secciones de Guerra y Marina, aunque un crítico como La Prensa expresaba siempre la necesidad de mantener la “paz armada”, sus temores ante un posible “desarme”[13] o el decaimiento del espíritu militar de la ciudadanía.[14] 

Imagen 1

Caricatura de Roca, por Mayol, ante la presión del Pueblo para resolver la “cuestión de los caminos” con las opciones de cerrarlos, avanzar sobre Chile o renunciar.

Imagen que contiene texto, libro

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: Caras y Caretas, 9 de noviembre de 1901.

La crisis “de los caminos” motivó una intensa militarización y una notable movilización en distintos sectores de la sociedad, a las que no fue ajeno un sentimiento belicista que no ocultaba lo deseable de una guerra y que, con distintas expresiones, se lo comunicaban a las autoridades (manifestaciones callejeras o telegramas al presidente), como muestra una viñeta de Caras y Caretas en la que el Pueblo demanda a un impasible Roca marchar sobre Chile o renunciar (Imagen 1). Proliferaron sociedades de tiro (Raiter, 2022: 39-46) y “ligas patrióticas” a nivel provincial y local, con comisiones de mujeres que reunían fondos y milicianos que solicitaban recursos al Estado Mayor del Ejército o al Tiro Federal. Además, Riccheri convocó a la primera camada del SMO y confluyeron civiles y militares en las ligas y sociedades de tiro apostadas en distintos puntos del país.[15] En la nueva oleada del “movimiento patriótico” la Liga Patriótica Nacional, formada por oficiales de la Guardia Nacional y apadrinada por Zeballos y otras personalidades junto a altos mandos de la Marina y el Ejército (Roque Sáenz Peña, el poeta Carlos Guido y Spano o el general Alberto Capdevila)[16], fue una expresión más de aquel superada por las circunstancias. Después de la conferencia inaugural de Zeballos una multitud de jóvenes y Guardias Nacionales, que rechazaba el arbitraje, vivaba al Ejército y pedía a gritos la guerra, se enfrentó durante varios días con la policía de Capital Federal (Rojkind, 2012). Ante la retirada del ministro argentino en Chile, un intento de ataque a la legación chilena en Buenos Aires y sucederse escenas similares en ciudades como Rosario[17], la Liga se desentendió de los hechos.[18] A su vez, Roca logró un rápido control de la situación, con negociaciones de último momento que evitaron la guerra, y se puso al frente de unas rimbombantes maniobras navales a inicios de 1902[19]. Mientras tanto, González se encargaba de negociar los Pactos de Mayo con apoyo de Mitre y Pellegrini.

Momento culminante del conflicto, dos cláusulas de los Pactos generaron mayores resistencias. La llamada “del Pacífico”, por la que Argentina no se inmiscuiría en la diplomacia de Chile frente a Perú y Bolivia; y la limitación de armamentos navales según una “discreta equivalencia” entre las escuadras chilena y argentina, que obligó al país a desprenderse de dos acorazados en construcción.[20] Trascendieron soterrados descontentos militares, unos minoritarios votos en contra en la ratificación en el Congreso y se formó una comisión contra los Pactos, con escaso apoyo una vez que se cerró el capítulo parlamentario.[21] La Nación aseguraba que “concluye la paz armada”[22], pero sus adalides habían aportado nuevos tonos beligerantes a un nacionalismo en ascenso que comenzaba a calar más allá de las elites a las que pertenecían.

III. Las voces de la “paz armada”

El énfasis en posiciones beligerantes que rebasaron a las de las autoridades fue un común denominador de los adalides de la “paz armada”, algo que se explica porque ninguno de ellos ocupó cargos en el gobierno nacional mientras duró la “cuestión internacional”. Con trayectorias singulares y obvios puntos de contacto, 1894 es nuevamente un buen punto de partida.

Imagen 2

Diagrama

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: Portada del libro de Román Pacheco Argentina versus Chile (¿paz o guerra?) (1894).

La temprana intervención de Román Pacheco (s/d) fue producto de un viaje por el Pacífico sudamericano que lo llevó a publicar ese mismo año un libro bajo un título sugestivo: Argentina versus Chile (¿paz o guerra?), que demuestra la discusión de una posible ruptura de hostilidades ya a mediados de la década de 1890 (Imagen 2). Médico psiquiatra formado en Europa, su pertenencia a una familia acaudalada y a una asociación cultural prestigiosa como el Ateneo de Buenos Aires le permitió volcar sus primeras impresiones en La Prensa en demanda de una respuesta a la militarización de Chile. La invectiva obtuvo la inmediata respuesta en La Nación de Alberto del Solar, diplomático chileno residente en Buenos Aires y también miembro del Ateneo. El caballeroso intercambio (Pacheco, 1894) se prolongó al solicitar Pacheco al director del periódico El Argentino, Adolfo Saldías, que le permitiera explayarse sobre el tema.[23] No parece haber sido fundamental que Pacheco perteneciera a la UCR, de la que el periódico era vocero oficial, aunque su posición alarmista era coherente con la del partido. Posteriormente se mantuvo en un discreto segundo plano dentro del heteróclito “movimiento patriótico”. Conjugó el involucramiento en la reorganización de la UCR –siendo diputado provincial bonaerense y candidato a diputado nacional–[24] con la pertenencia a la Junta Ejecutiva de la Liga Patriótica Argentina en 1898, que en sus estatutos se proponía “mantener vigilante la atención de la opinión pública sobre la acción de los funcionarios civiles y militares” para “proveer a la defensa nacional”[25]. Y a fines de 1901 militó en el efímero Partido Demócrata que respondió a la Liga Patriótica Nacional en pos de “una política firme y enérgica” frente a Chile.[26] 

Imagen 3

 Caricatura de Adolfo Saldías como hombre de pluma y director de El Argentino.

Dibujo en blanco y negro de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: Almanaque de Don Quijote para 1894.

Diferente fue el rol desempeñado por Saldías (1849-1914), historiador, director de El Argentino y ministro de Obras Públicas del gobierno bonaerense de Bernardo de Irigoyen (1898-1902). Responsable de los editoriales del órgano de la UCR y senador provincial por Buenos Aires (1894-1898), sostuvo en 1894 una línea crítica con el ministro de Guerra focalizada en la “defensa nacional” con el asesoramiento de un militar radical sobre irregularidades en la artillería del Ejército y la Marina[27]. Ese estilo de polemista, desarrollado durante décadas en la prensa porteña por el dirigente radical, le valía el reconocimiento como una pluma aguda en el debate público, tal como lo presentaba ese mismo año la publicación satírica Don Quijote (Imagen 3). Como ministro colaboró en diversas ocasiones con comisiones del “movimiento nacional” para la compra de un acorazado (la Patriótica de Señoritas de San Nicolás y Pro-Patria de Señoritas de la Provincia de Buenos Aires), proveyendo instalaciones y recursos a la Guardia Nacional y al Ministerio de Guerra.[28] Poco después, reeditó junto a Ricardo Davel Los números de línea del Ejército Argentino (1888) donde –con ayuda del general Capdevila– daban cuenta de la evolución de los diversos cuerpos desde las guerras de la independencia y se encargaron deliberadamente de visibilizar la presencia militar en el territorio nacional durante las movilizaciones de 1896, 1897 y 1898, sobre todo en la frontera con Chile (Saldías y Davel, 1899: 19).

Una personalidad crecientemente relevante en el seno de las elites intelectuales argentinas de entre siglos, Ernesto Quesada (1858-1934) (Terán, 2000: 207-287), formuló otros aportes respecto del conflicto argentino-chileno. Éstos se basaban en la historia, las relaciones internacionales y la diplomacia, en deuda con su padre Vicente, (embajador en Estados Unidos, Brasil y España) con el que había colaborado en un análisis del tratado de 1881 y con el que coincidía en su profunda animadversión hacia el país trasandino (Buchbinder, 2012: 107-109). Como su cuñado Pacheco, pertenecía a la UCR, pero en esos años se destacó por su actividad en el Ateneo y una intensa labor periodística en El Tiempo (1894-1896). Producto de ello publicó una serie de estudios críticos de la cancillería argentina por la supuesta debilidad frente a Chile, que reunió en La política chilena en el Plata (1895). La dimensión militar comenzó a tratarla en entrevistas que dio entre 1895 y 1898 a El Tiempo, La Prensa, Tribuna y la revista La Quincena, compiladas en La política argentina respecto de Chile (1898) y donde demostraba un detallado conocimiento de la política chilena, su prensa (que lo tildaba de chauvinista) y sus recientes adquisiciones militares. Es probable que el abogado se encontrara en contacto con un oficial del Ejército al que mencionaba como fuente, el mayor Juan Serrato (Quesada, 1898: 105), espía del Estado Mayor que había pasado varios años en Chile recabando información sobre su militarización (Serrato, 1898: 110, 134 y 202).  

Pero una propaganda más prolongada en pos de fortalecimiento militar fue la del abogado, poeta y futuro gobernador de Salta, Joaquín Castellanos (1861-1932). Hombre de confianza de Leandro Alem y Bernardo de Irigoyen, como Saldías, siendo diputado bonaerense dio en La Plata en 1895 una conferencia sobre las revoluciones radicales que marcó un viraje de la UCR respecto de la “cuestión internacional” –reproducida por El Argentino y periódicos provinciales como El Municipio de Rosario–. En la ocasión, ante dirigentes y militantes, la consigna fue bajar la bandera de la crítica opositora e izar la de la defensa nacional con un estilo poético que pretendía sacudir al público[29] (Imagen 4). Designado en la cátedra de Historia Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (1896), acompañó a Irigoyen en la gobernación en 1898 (Ojeda Silva, en este dossier) y formó parte de la comisión de La Plata de la suscripción para el acorazado.[30] Postura que profundizó durante la escalada de 1901 –ya diputado nacional– desde la Liga Patriótica de La Plata (presidida por el radical Enrique Prack)[31], que promovió actividades con el Tiro Federal y el Centro Militar[32] y apoyó a Roca en “la acción de los poderes públicos en nuestra contienda con Chile” por “su enérgica actitud en defensa del decoro y la soberanía de la nación”.[33] Ese tono lo distinguió como uno de los pocos diputados (5 contra 62) que se opusieron a los Pactos de Mayo con argumentos soberanistas, en lo relativo al arbitraje británico, la política exterior y la reducción de armamentos.  

Imagen 4

 Repercusión en la prensa radical de la conferencia de Joaquín Castellanos en La Plata

Un periódico con texto e imagen

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: El Municipio (Rosario), 31 de julio de 1895 (Bibliotecas Municipales Rosario – KOHA).

 

En cambio, Estanislao Zeballos (1854-1923) es considerado por la historiografía el gran exponente del belicismo argentino en el conflicto con Chile y luego frente a Brasil, al arribar por tercera ocasión al Ministerio de Relaciones Exteriores (1906-1908) (Ferrari, 1968; Castro, 2012; Lacoste, 2012; Di Renzo, 2025), pero estuvo lejos de ser una voz aislada. El protagonismo del ex canciller (1889-1890 y 1891-1892) tenía mucho que ver con su actuación previa, lugar inmejorable para sus invectivas políticas y la crítica erudita, al desempeñarse en la cátedra de Derecho Internacional Privado de la Facultad de Derecho de la UBA.

Imagen 5

 Estanislao Zeballos en la conferencia inaugural de la Liga Patriótica Nacional en un atestado teatro Politeama.

Foto en blanco y negro de una multitud de gente

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: Caras y Caretas, 26 de diciembre de 1901.

Para el momento en que comenzó sus intervenciones más ruidosas, con la coyuntura caliente de 1898, venía desplegando una intensa pero velada actividad periodística en La Prensa (los artículos no tenían firma). No parece desatinado atribuir el belicismo de este periódico, en cierta medida, a Zeballos si se coteja con sus numerosos textos en la Revista de Derecho, Historia y Letras (RDHL), que creara y dirigiera ese año.[34] Ese activismo se potenció entre 1900 y 1901 con un ciclo de conferencias, entendido como “campaña” para una “reacción nacional”, que le permitió dirigirse a estudiantes universitarios, militares, políticos descontentos y diplomáticos.[35] También estrechó vínculos con figuras del Ejército y la Marina, caso del capitán Manuel Domecq García, jefe de la comisión de construcciones navales y a cargo de la división del Río de la Plata[36], al que Zeballos defendió en una corte marcial al año siguiente[37]; o del general Capdevila, al que destacó como uno de los “intelectuales de galones” que pensaron la reorganización militar del país.[38] Si al fundar la RDHL era miembro de la Liga Patriótica Argentina, para 1901 era palabra autorizada entre los duros frente a Chile, ideal para la presentación de la Liga Patriótica Nacional en un desbordado teatro Politeama (Imagen 5), que le granjeó una momentánea popularidad reconocida por el mismo diario Tribuna.[39] Ese protagonismo como orador le valió, por ejemplo, inaugurar con un “discurso patriótico” un polígono junto a la Liga Patriótica de La Plata y nuevas invitaciones desde ciudades como Rosario.[40] Por enfermedad no pudo ocupar la tribuna en el teatro Victoria en junio de 1902 en la conferencia organizada por una comisión de oposición a los Pactos de Mayo[41], presidida por Carlos Rodríguez Larreta y apadrinada por notables como Vicente Fidel López y Roque Sáenz Peña. Aquella fue dictada por Indalecio Gómez (1850-1920) y recibió la crítica de La Nación por presentarse con el “monopolio del patriotismo”[42], pero cosechó apoyos como el de la Liga Patriótica de La Plata.[43]

Una coincidencia entre Zeballos y Gómez fue que en esos años se convirtieron en disidentes del PAN y críticos de Roca. El segundo había estado al frente del Banco Nación (1891-1892) y diputado nacional reelecto por Salta (1892-1900). Pero si en 1898 fue miembro de la Liga Patriótica Argentina, cuando una manifestación de estudiantes universitarios que visitó su casa reclamó por la ruptura de hostilidades y la movilización de la Guardia Nacional, expresó diplomáticamente que estaban cumpliendo “la noble misión de levantar bien alto el alma nacional”. Sin embargo, aclaraba: “La cuestión de límites está en manos de la cancillería y no debemos perturbar la revisión del asunto”.[44] 

Imagen 6

 Caricatura de Indalecio Gómez, por Cao, a propósito de su conferencia en el teatro Victoria.

Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fuente: Caras y Caretas, 5 de julio de 1902.

La prudencia de Gómez tenía que ver con su participación en las sesiones secretas del Congreso donde se discutiera una inminente ruptura con Chile pero, en simultáneo, las diferencias con Roca y su suscripción al catolicismo lo llevaron, por un lado, a acercarse a un referente como Roque Sáenz Peña, adversario de aquel; y, por otro, a colaborar con los Círculos de Obreros Católicos. El conocimiento de la “cuestión internacional” y la oposición a los Pactos de Mayo lo convirtieron en 1902 en la cara visible del sostenido descontento arrastrado del año anterior. No obstante, la elocuencia reconocida y su compuesta figura notabiliar (diferente a la del agitador Zeballos) por la prensa, como la caricatura publicada en la ocasión por Caras y Caretas (Imagen 6), la conferencia se efectuó en pleno anticlímax una vez que el Congreso refrendara el acuerdo. El acto fue criticado desde el oficialista Tribuna hasta el PS, que apoyó los Pactos en base a su antimilitarismo y promovió una contra-conferencia a cargo de Nicolás Repetto, pasando por La Nación y El País.[45] A su vez, Pellegrini se impuso en la puja dialéctica porque, senador nacional y enemistado con Roca, se mantuvo a favor del arbitraje en la Cámara, escuchó a Gómez en el teatro y emitió declaraciones fuera ante los reporteros de prensa para entablar una polémica de cartas públicas que tuvo mayor resonancia que la conferencia misma.[46]

Como puede advertirse, las posiciones políticas de los voceros de la “paz armada” dependieron de distintas variables: si ante la desorganización de la UCR muchos radicales trocaron su discurso patriótico en crítica belicista; la visibilidad de Zeballos y Gómez contra al arreglo diplomático, el desarme y el arbitraje demuestra un viraje de miembros del PAN frente a Roca. A ello contribuyeron formaciones que respondieron directa –aunque efímeramente– a la “cuestión internacional”, como las ligas patrióticas y las comisiones, que desligaron pertenencias en función de un objetivo “nacional” y suprapartidario. El apoyo a Roca en 1898 pudo haber respondido en algunos a la demanda de un fuerte liderazgo político y militar y/o privilegiar la carrera profesional (Quesada) o al acercamiento entre los gobiernos nacional y bonaerense (Saldías); mientras otros podían ser legisladores nacionales y oponerse a la solución de 1902 (Castellanos). Por su parte, Zeballos supo movilizar un séquito de estudiantes que encabezaron distintas manifestaciones contra Roca (Rojkind, 2012) y encarnaron el nacionalismo más belicista. Pero quienes además contaban con columnas periódicas y credenciales intelectuales (Zeballos, Saldías y Quesada) pudieron expresarse de forma sostenida desde tribunas relevantes en el debate público.  

IV. Modulaciones de la beligerancia

Antes se mencionó que, apoyado por Pellegrini y Mitre (Ferrari, 1968: 12), Roca dosificó sus intervenciones, por ejemplo, en La Biblioteca y Tribuna al momento de ser electo en 1898, con un mensaje a los sectores belicistas: “Se quiere iniciar para la América el sistema de la paz armada, que consume a las naciones europeas, las cuales, como los caballeros de la edad media, no pueden moverse casi bajo el peso de sus armas.”[47] Argentina recién superaba la crisis de 1890 y en 1901 debió renegociar su deuda externa, mientras Chile ingresaba en una recesión producto del declive de la producción del salitre (de la que tomara debida nota Quesada en sus cálculos para la carrera armamentística) (Quesada, 1898: 98). La situación contribuyó al entendimiento entre Roca y Errázuriz a inicios de 1899; pero, en privado, aquel desconfiaba de los belicistas chilenos y continuó la carrera de armamentos. Como aseguró al embajador en Italia que negociaba los contratos navales: “si han aceptado la paz ha sido a más no poder (…) miro nuestra escuadra como una institución que hay que conservar y perfeccionar.”[48] El presidente argentino denunciaba la “paz armada” y reivindicaba la solución arbitral, pero confiaba en la militarización, ya sea para negociar desde una posición de fuerza como para mantener a raya a quienes pretendían profundizarla.

Entre éstos últimos, en su temprana denuncia de la militarización chilena Pacheco había planteado que la guerra no era un horizonte impensable: “La guerra vendrá, pero inmediata, cuanto más pronto mejor para los chilenos, pues cada año que pasa significa para los argentinos una batalla ganada y para Chile una ventaja perdida.” Y ante la réplica de Del Solar en cuanto a que “la educación militar que en estos momentos se difunde y perfecciona en todos los pueblos” no implicaba una actitud agresiva (en: Pacheco, 1894: 142), el médico contestó que era “necesario que todos nos preocupemos de la mejora de nuestra marina y ejército, para estar preparados en el momento oportuno a recibir al enemigo” porque la “República Argentina debe marchar a la cabeza de las naciones sud-americanas” (Pacheco, 1894: 127 y 25). Una noción de hegemonía regional luego desarrollada por Quesada, Zeballos y Gómez bajo la denominación de una “política americana” frente a una aislacionista.

En cambio, la campaña por la compra de armamentos de Saldías como director de El Argentino enfatizaba en el despertar del “sentimiento patriótico” y en la importancia de que “el pueblo” se mantuviera alerta frente a los funcionarios. Este lenguaje estaba a tono con el desplegado por el radicalismo desde la oposición (Reyes, 2022: 58-61) y aquel embanderaba su causa en una superior: “Todos somos soldados de la Nación, y de esa dignidad todos nos encargamos, porque está en el alma y en la sangre”; en tanto el ministro de Guerra encaraba –según su concepción crítica– “las exigencias de la defensa nacional” con una actitud cercana al “tremendo delito de traición a la patria”.[49] Ese paso de un patriotismo de política doméstica devenido nacionalismo belicoso en la “cuestión internacional” se popularizó en 1898, cuando en respuesta a una de las “comisiones patrióticas” Saldías produjo un texto titulado “¿Qué es el patriotismo?” embanderándose con los aprestos bélicos del “movimiento patriótico que conmueve a toda la república” porque “suena para los argentinos el clarín de la guerra”.[50] Una idea que, como historiador, conjugaba los componentes civiles y militares de la nación desde la Revolución de Mayo (“unidad que proclamó y trabajó la independencia y la regeneración de la patria”) en una “tradición” que debía reproducirse en instituciones como el Ejército. El objetivo era “consolidar nuestra nacionalidad (…) amenazada”, como lo hacían “las naciones más adelantadas en materia militar” (Saldías y Davel, 1899: 22-23).

Algo similar puede advertirse en Castellanos hacia 1895, cuando consideró que la “hora presente es una hora de tregua”, en tanto debía “convocar[se] a los argentinos en torno de la bandera de la patria”. Una idea de unidad nacional según la cual “Del buen ciudadano se hace el buen soldado” que debía fundir “su personalidad en la gran individualidad de la patria”.[51] Diferente era la perspectiva de Quesada, que argumentaba en el marco de coordenadas más ambiciosas. Su propuesta de una “política americana amplia” suponía de por sí el despliegue de un “poder militar [que] estuviera colocado en posición de evidente superioridad con relación al de Chile”. Entendía que “para desarrollar una política de tan vastos alcances, forzoso es conformarse con la paz armada, y ésta es un mal terrible”; pero, en la coyuntura de 1898, cuando el rival había logrado una “superioridad militar momentánea”, se imponía redoblar el rearme:

“Chile, hoy, ha llegado al máximun posible de su preparación militar (…) Más aún: no puede mantener por mucho tiempo el pie de guerra actual; sus recursos están agotados. La Argentina, por el contrario, puede fácilmente doblar su preparación actual (…) una vez que estén aquí los nuevos acorazados y el armamento pedido, esa superioridad momentánea no sólo desaparece, sino que se torna a la inversa.” (Quesada, 1898: 687, 92 y 109).  

Aparecido el segundo libro de Quesada, el vocero de Roca hizo propio su diagnóstico, debido a que “es bueno y útil a la patria estar siempre bien prevenido contra un adversario que busca todos los recursos para salir triunfante en sus propósitos”[52], pese a juzgarlo excesivamente pesimista en su prospectiva de una guerra inminente. Además, para el primero la reciente elección presidencial constituía un signo positivo: “la mejor garantía es la actitud del general Roca, quien, no como presidente electo, sino como forzoso general en jefe, en caso de un conflicto eventual, despliega hoy la más sorprendente actividad y la mayor previsión” (Quesada, 1898: 150).

Por su parte, el navalismo en que abrevaban Zeballos y Gómez era una variante de las carreras armamentísticas del cambio de siglo y remitía a un imaginario geopolítico de acuerdo al cual Argentina gozaba de un “destino manifiesto” de hegemonía hemisférica en el sur del continente. Zeballos lo expresó claramente al agregarse el acta del arbitraje británico en 1898:

“El prestigio exterior de la república Argentina ha sido quebrado y consagrada la supremacía de Chile. (…) Se ha evitado los horrores de la guerra, se dice. Fácil sería demostrar que la guerra y solamente la guerra, ha fundado y consolidado las grandes civilizaciones, los pueblos cuyos gobernantes no viven al día, sorprendidos por sucesos, y sin advertir los grandes destinos nacionales. (…) El arbitraje prolonga la paz armada y es una nueva expectativa solemne que pone en peligro la soberanía argentina en el único territorio feraz para la Civilización del sur. (…) No se celebra tales triunfos, que mutilan la soberanía y el porvenir de la Nación. ¡Se los deplora!”[53] 

Dos años después, cuando el conflicto se encontraba en una détente, el ex-canciller expresó que Chile era una nación pequeña pero homogénea y, por eso mismo, más fuerte que la grande pero heterogénea Argentina. Adujo que “la homogeneidad nacional de los estados (…) produce milagros en la política exterior” y que, si se lo proponía, el país se convertiría finalmente en una potencia en el sur como Estados Unidos lo era en el norte:

“(…) la República Argentina, con el armamento que hoy tiene, con el carácter viril de sus hijos, porque no creo que haya degenerado, y con la robustez económica que le dan su suelo y su clima, está en condiciones de afrontar a toda la América del Sur, si toda la América del Sur osara provocarla.”[54] 

Si en 1898 Zeballos entendía como imperativo rechazar el arbitraje y “mantener la paz armada” porque “puede ser soportada por la República Argentina (…) Pero Chile se arruinaría”[55], experiencias bélicas recientes como la guerra hispano-norteamericana (1898) o la guerra anglo-bóer (1899-1902) lo convencieron de que la guerra era un impulso para convertirse en la principal potencia sudamericana mediante la superioridad de la Armada. Un motivo con el que machacó una y otra vez en la RDHL y en sus conferencias, interpelando a un público civil y militar: “La opinión previsora y culta, que sigue de cerca al gobierno, aunque no se manifieste en formas sonoras, quedará intranquila si no se robustece el poder naval de la República.”[56]

No sorprende que azuzara a la nueva Liga Patriótica Nacional para que se diera un programa de “robustecimiento de la influencia argentina (…) porque no hay factores pequeños en la guerra moderna”. Pensaba en un plan financiero “para fomentar el poder naval que necesitamos a fin de garantizar nuestra victoria en el mar”. Algo que iba más allá que la “suscripción nacional” de 1898 o lo que proponían las mismas ligas, asemejándose –salvando las distancias– a la Ley Nacional de Defensa británica o al plan del almirante Tirpitz en 1897/1898 para el Imperio Alemán, que establecían una política naval de largo plazo (Echevarría, 2012: 170-172). Tampoco sorprende lo esgrimido por Gómez en la conferencia de 1902 en contra de la equivalencia naval. En la ocasión, cargó contra la “diplomacia inepta” y se preguntó retóricamente: “Los que no desean el arbitraje, se me argüirá, ¿quieren la paz armada? No, no quieren llegar hasta ese extremo, pero creo que la única garantía de paz que teníamos hasta ahora, era nuestra escuadra”. Gómez parecía hacerse eco de cierto descontento en la Marina (rumores de renuncia del ministro) cuando aseguraba que “Nosotros amamos la patria y tenemos para defenderla arma moderna, civilizada, y una armada que en su nacimiento quieren ahogar”.[57]

Castellanos reiteró esos tópicos en el Congreso, con la diferencia de que antes que una “política americanista” privilegiaba un no menos belicoso “criterio exclusivamente argentino”. Votó contra del arreglo diplomático por celebrarse justo cuando Argentina había conseguido “formar un poder naval superior o equivalente al de Chile”. Y al recriminarle otro diputado que “el patriotismo no es monopolio de nadie” y que el principio de la superioridad naval imponía soluciones a cañonazos, Castellanos respondió: “yo quiero precisamente que estemos en condiciones de tirar esos cañonazos para impedir actos contrarios a la civilización: ¡por eso soy contrario al desarme!” (Castellanos, 1909: 416 y 419).

V. Conclusiones

La “cuestión internacional” constituyó un momento singular para la política argentina y del cono sur sudamericano de entre siglos, al escalar, desescalar, recalentarse nuevamente y terminar de resolverse a lo largo de casi una década, en la que se sucedieron múltiples intervenciones. La voz de los adalides de la “paz armada”, miembros de las elites políticas e intelectuales de un país que consideraban destinado a la grandeza nacional –ahora puesta en entredicho por la rivalidad trasandina–, jugó un papel importante en la propia dinámica del conflicto limítrofe. Figuras más rutilantes como Zeballos y otras hoy casi desconocidas como Pacheco alertaron, se plegaron y, en algunos casos, pretendieron encabezar una “reacción” frente a las autoridades a cargo de las relaciones exteriores y de las políticas de defensa.

Esa capacidad para actuar como correas de transmisión de una opinión que claramente los trascendía se construyó a partir de una trama generada al calor de esos años. Ésta incluyó a una dinámica prensa periódica que otorgó creciente centralidad al conflicto, las tomas de posición política sobre un tema de extrema relevancia y la actividad de espacios de sociabilidad cultural como las revistas, los ateneos y las conferencias. Pero la novedad fueron las formas de nucleamiento emergentes con la escalada militar que convergieron en el “movimiento patriótico”: suscripciones, comisiones, ligas patrióticas y sociedades de tiro. Esos ámbitos configuraron la audiencia y los canales de acción de quienes propugnaban por una política de fuerza y rechazaban el acuerdo arbitral a mediados de 1898 y a fines de 1901 e inicios de 1902.

Esas coyunturas en que la guerra estuvo a punto de estallar entre Argentina y Chile, determinaron también el aislamiento de las voces del nacionalismo militarista, al distenderse la tensión con los acuerdos diplomáticos. Contribuyó a ello que la agenda pública y gubernamental operó hacia los primeros años del siglo XX un rápido cambio al resolverse el problema limítrofe. La protesta obrera o los proyectos de reforma electoral ganaron el centro del debate, permitiendo dar vuelta la página (Botana y Gallo, 1997: 79-123; Castro, 2012: cap. 2 y ss.; Rojkind, en este dossier). Sin embargo, este momento internacional de la política de entre siglos y la agitación por la “paz armada” en plena República oligárquica dejaron huellas que permiten redimensionar lo que entonces fueron novedades ideológicas.

En primer lugar, debe consignarse la marca del conflicto limítrofe en la trayectoria de las propias figuras analizadas, en donde la clave nacionalista impregnó y potenció sus inclinaciones intelectuales y/o políticas. Ello atañe a Zeballos, a quien la agitación belicista lo convirtió en referente de una política exterior agresiva, como la que llevó a cabo como canciller entre 1906 y 1908 frente a Brasil. Luego, se acercó al presidente Roque Sáenz Peña en 1910 (Castro, 2012: 195-198 y 293-294), un asistente regular a sus conferencias con quien compartiera filas en la Liga Patriótica de 1898 y la oposición a los Pactos de Mayo. Ya en el ocaso de su trayectoria se incorporó en 1919 a una nueva Liga Patriótica Argentina, aunque destinada más bien a la represión anti-obrera en el clima de posguerra (Devoto, 2002: 129).

Un nacionalismo excluyente y preocupado por la “defensa nacional” también signó la cima de la carrera de Indalecio Gómez. Si como diputado nacional se había destacado en la década de 1890 en el debate por el “idioma nacional”, donde defendió la enseñanza obligatoria del español en un país de inmigración masiva (Devoto, 2002: 24-28; Terán, 2001: 235-298); luego del conflicto con Chile actuó como enviado diplomático argentino en Europa y asumió un papel central en calidad de ministro del Interior de Sáenz Peña y referente de una decidida remilitarización (Castro, 2012: 285-289). Algunos autores han caracterizado de “nacionalismo culturalista” a las posiciones hispanistas en debates como el del “idioma nacional”, en donde coincidieron Gómez y Quesada (Terán, 2001: 225 y ss.), pero sin tener en cuenta que esta sensibilidad era coherente con tomas de posición análogas respecto de las políticas belicistas.  

Así, el paso en Argentina de un nacionalismo liberal, abierto en temas como el de la inmigración pese a las crecientes inquietudes acerca de la homogeneidad cultural, a un nacionalismo más cerrado y con políticas excluyentes también en lo político y lo social parece haber sido tematizado por los trabajos de más largo aliento como producto de una creciente centralidad ideológica de estos temas hacia las primeras décadas del siglo XX. Primero, por los escritores de la llamada “generación del Centenario” de 1910 y, ya en la década de 1920, por el “nacionalismo de los nacionalistas” antiliberales y antidemocráticos (Bertoni, 2001: 13, 216-217 y 314-315; Devoto, 2002: XIX-XXII y caps. 2 y 4; Tato, 2026). Pero, además de Zeballos, Gómez y Quesada, otros nacionalistas de convicciones liberales, caso de Adolfo Saldías y Joaquín Castellanos, tamizaron sus posiciones con los tópicos de la “defensa nacional” y del reforzamiento militar.

Ciertamente, en ese momento la palabra “nacionalismo” no era esgrimida por este conjunto de figuras (sí lo era por su contracara, los socialistas antimilitaristas)[58], pero en la retrospectiva parece haber jugado un papel. Así, Castellanos reparó en la cuestión del “nacionalismo y la opinión de los intelectuales” al polemizar en la década de 1910 con quienes etiquetaban de esa manera a los “escritores jóvenes” como Ricardo Rojas, autor de La restauración nacionalista (1909). El veterano liguista, opositor a los Pactos de Mayo y entonces diputado nacional, argumentó que el nacionalismo ya había orientado desde hacía décadas “todas mis actividades psicológicas (…) la raíz de mis convicciones”, haciéndolo parte de “mi acción política, parlamentaria y docente”.[59] Experiencias como la de la “cuestión internacional” parecen haber marcado una sensibilidad nacionalista por decantación. El tono agudo de la crítica nacionalista se había instalado en la política argentina, ya sea por lo relativo a una “política de prestigio” en clave internacional o a la cuestión del “monopolio del patriotismo” y las disputas para representarlo en las tomas de posición domésticas. Y figuras como Zeballos o partidos como la UCR harían una efectiva apelación a esos motivos en las primeras décadas del siglo XX (Reyes, 2022: caps. V, VI y VII).

Finalmente, la intervención de los adalides de la “paz armada” puede ser redimensionada desde otra perspectiva: la de haber actuado como exponentes locales de un fenómeno transnacional en el fin de siglo acicateado por la proliferación de conflictos y guerras. En su convicción de defender los intereses de la propia nación, a partir del reforzamiento de su poder militar, aclimataron una noción originada en otras latitudes pero que tuvo un peso político concreto en la política argentina. Así, fueron avatares sudamericanos de un cambio ideológico de mayor envergadura, en donde el nacionalismo se cargó de beligerancia, operó de forma transversal a diferentes fuerzas políticas y evidenció una veta popular.

Bibliografía

Arenas Luque, Fermín (1946). Enrique B. Moreno. Un gran diplomático argentino, 2º parte. Buenos Aires: La Facultad.

Bertoni, Lilia (2001). Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Botana, Natalio y Gallo, Ezequiel (1997). De la República posible a la República verdadera (1880-1910). Buenos Aires: Ariel.

Buchbinder, Pablo (2012). Los Quesada. Letras, ciencias y política en la Argentina, 1850-1934. Buenos Aires: Edhasa.

Buonuome, Juan (2019). Presentación. Nuevas perspectivas en la historia de la prensa argentina. Investigaciones y Ensayos, (68), pp. 15-22. Recuperado de: https://iye.anh.org.ar/index.php/iye/article/view/IyE_N_68_A2/445

Burr, Robert (1965). By Reason or Force. Chile and the Balance of Power in South America, 1830-1905. Berkeley: University of California Press.

Cáceres, Luis (2021). El impacto en la Armada y el Ejército de Chile de la carrera armamentística con Argentina, 1892-1902. En  Garay, Cristian y Tapia, Claudio (dirs.). Las relaciones internacionales regionales de Chile hacia 1904 (pp. 37-81). Santiago de Chile: Ariadna.

Castellanos, Joaquín ([1902] 1909). “La política esterna” (sic). En: Labor dispersa (pp. 407-426). Lausanne: Payot.

Castro, Martín (2012). El ocaso de la República oligárquica. Poder, política y reforma electoral, 1898-1912. Buenos Aires: Edhasa.

Chickering, Roger (2012). War, society, and culture, 1850-1914: the rise of militarism. En Chickering, Roger, Showalter, Dennis y Van de Ven, Hans (eds.). War and the Modern World (pp. 119-141), vol. IV, The Cambridge History of War, Cambridge: Cambridge University Press.

Cisneros, Andrés y Escudé, Carlos (1999). Historia general de las relaciones exteriores argentinas, t. VII, La Argentina frente a la América del Sur, 1881-1930. Buenos Aires: GEL.

Devoto, Fernando (2002). Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Buenos Aires: Siglo XXI.

Di Renzo, Cristian (2025). “Argentina potencia”, una idea frente a la vecindad amenazante: disposiciones emocionales en el pensamiento de Estanislao Zeballos (1880-1910). Revista Argentina de Ciencia Política. (1) 35, pp. 215-233. Recuperado de: https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/revistaargentinacienciapolitica/article/view/10957/9556

Echevarría, Antulio (2012). The arms race: qualitative and quantitative aspects. En Chickering, Roger, Showalter, Dennis y Van de Ven, Hans (eds.). War and the Modern World (pp. 163-180), vol. IV, The Cambridge History of War, Cambridge, Cambridge University Press.

Ferrari, Gustavo (1968). Conflicto y paz con Chile (1898-1903). Buenos Aires: EUDEBA.

Fraga, Rosendo (1997). La amistad Roca-Ricchieri a través de su correspondencia. Buenos Aires: Círculo Militar.

Gerchunoff, Pablo, Rocchi, Fernando y Rossi, Gastón (2008). Desorden y progreso. Las crisis económicas argentinas, 1870-1905. Buenos Aires: Edhasa.

Lacoste, Pablo (2012). Chile y Argentina al borde de la guerra (1881-1902). Anuario del Centro de Estudios Históricos “Profesor Carlos SA Segreti”, (1), pp. 301-328.

Levalle, Nicolás (1898). Memoria presentada al Congreso Nacional por el ministro de Guerra y Marina teniente general N. Levalle, 1897-98. Buenos Aires: Diario del Comercio.

Oyarzábal, Guillermo (2005). Los marinos de la generación del ochenta: evolución y consolidación del poder naval en Argentina, 1872-1902. Buenos Aires: Emecé.

Pacheco, Román (1894). Argentina versus Chile (¿paz o guerra?). Buenos Aires: Moen.

Quesada, Ernesto (1898). La política argentina respecto de Chile. Buenos Aires: Moen.

Quinterno, Hugo (2014). Fuego amigo. El Ejército y el poder presidencial en Argentina (1880-1912). Buenos Aires: UAI/Teseo.

Raiter, Bárbara (2022). Deporte, ciudadanía y nación. Las sociedades de tiro en Argentina, 1890-1920. Rosario: Prohistoria.

Reyes, Francisco (2022). Boinas blancas. Los orígenes de la identidad política del radicalismo (1890-1916). Rosario: Prohistoria.

Reyes, Francisco (2025). ¿Un nacionalismo popular en el fin de siglo? El ‘movimiento patriótico’ ante el conflicto argentino-chileno (1894-1902). En VII Jornadas “Política de masas y cultura de masas en América Latina”, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.

Rojkind, Inés (2012). “El gobierno de la calle”. Diarios, movilizaciones y política en el Buenos Aires del novecientos. Secuencia, nº 84, 2012, pp. 99-123. Recuperado de: https://secuencia.mora.edu.mx/Secuencia/article/view/1170/1058

Romero, Ana (2020). Movilizaciones patrióticas y crisis política: la Liga Patriótica, Argentina 1898. Anuario del Instituto de Historia Argentina, (20), pp. 1-17. Recuperado de: https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.12260/pr.12260.pdf

Rubé, Julio (2016). Tiempos de guerra en América del Sur. Argentina y Chile, 1826-1904. Diplomacia, armas y estrategia. Buenos Aires: Eder.

Sáenz Rotko, José (2018). De la Europa de Bismarck a la paz armada (1890-1910). En AAVV. Historia de las relaciones internacionales (pp. 132-157). Madrid: Alianza.

Saldías, Adolfo y Davel, Ricardo ([1888] 1899). Los números de línea del Ejército Argentino. La Plata: Talleres de Publicaciones del Museo, segunda edición.

Serrato, Juan Gabriel (1898). A través de Chile. Buenos Aires: Schufer-Stolle.

Soprano, Germán (2021). ¿De qué hablamos cuando decimos modernización, burocratización y profesionalización militar en la Argentina de principios del siglo XX? Problemas y enfoques historiográficos a propósito de esta cuestión. Estudios del ISHIR, (11) 31, pp. 1-22. Recuperado de: https://ojs.rosario-conicet.gov.ar/index.php/revistaISHIR/article/download/1558/2196?inline=1

Tato, María Inés (2026). Nación y nacionalismo. En Bacolla, Natacha, Cucchi, Laura y Reyes, Francisco (eds.). Términos políticos fundamentales. Argentina, 1880-1930 (pp. 105-117). Buenos Aires: Katz.

Terán, Oscar (2001). Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo. Derivas de la “cultura científica” (1880-1910). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Villanueva, Guillermo (1896). Memoria presentada al Congreso Nacional de 1896 por Guillermo Villanueva Ministerio de Guerra y Marina. Buenos Aires: Kraft.

Francisco Jerónimo Reyes es licenciado en Historia (Universidad Nacional del Litoral), Doctor en Ciencia Política (Universidad Nacional de Rosario) e Investigador Adjunto del CONICET (Argentina) con sede en el Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Litoral (IHUCSO), Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe). Su actual línea de investigación se vincula a la historia política, intelectual y cultural del cambio del siglo XIX al XX en Argentina, en particular el conflicto internacional limítrofe con Chile y sus diversas dimensiones.


Pasado Abierto, Facultad de Humanidades, UNMDP se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional


[1] El autor agradece los comentarios recibidos en instancias previas en el marco del proyecto PICT de la Agencia I+D “El momento del Noventa. Conflictos, lenguajes y movilización política en la Argentina del cambio de siglo”, dirigido por Inés Rojkind, así como a las sugerencias de las evaluaciones de la revista.

[2] La Paix armée et ses conséquences, Revue des Deux Mondes, t. 121, 1894, pp. 69-70 (traducción propia).

[3] López, Lucio. (t. VII, 1898). La paz armada, La Biblioteca, pp. 390-391.

[4] La “paz armada” es un tópico relevante en el trabajo de Castro (2012: 53-70), al analizar la segunda presidencia de Roca, para el de Bertoni (2001), cuando aborda las políticas de fortalecimiento de la identidad nacional a fines del siglo XIX, y merece una breve pero significativa mención en la reciente síntesis de Tato sobre el fervor nacionalista que despertara (2026: 107); pero está ausente en el clásico sobre el nacionalismo de Devoto (2002) o en las referencias de Terán (2001) a la “cuestión nacional” en el seno de las elites intelectuales.

[5] En los últimos años se constata una importante renovación de los estudios sobre la “modernización” y la “profesionalización” de las Fuerzas Armadas en la Argentina del cambio de siglo, en la que confluyen distintas perspectivas. Una síntesis historiográfica sobre sus principales aportes en: Soprano (2021).

[6] La Prensa era el periódico de mayor tirada en el país (más de 80.000 ejemplares hacia 1900) con un rol relevante de miembros de la familia propietaria, los Paz.

[7] La redacción de La Nación estaba a cargo de Emilio Mitre y Vedia, hijo de Bartolomé y figura principal de la UCN.

[8] Tribuna era dirigido por Mariano de Vedia, diputado nacional por el PAN y colaborador cercano de Roca.

[9] El Tiempo, fundado y dirigido desde 1894 por Carlos Vega Belgrano, dirigente de la UCR que cultivó un alto perfil intelectual vinculado al Ateneo de Buenos Aires.

[10] Para un panorama amplio y actualizado de la prensa argentina en el cambio del siglo XIX al XX, su modernización empresarial y la profesionalización del periodismo, sus cruces con la política y, en general, su relevancia para la vida pública, ver el dossier coordinado por Buonuome (2019).  

[11] Sobre estos cambios en la concepción del poder naval en el cambio de siglo y su recepción en Argentina, sobre todo desde la perspectiva de los altos mandos de la Marina, cfr. Oyarzábal (2005).

[12] Reuniones de ayer, Tribuna, 17 de septiembre de 1898, p. 1; Las sesiones secretas, El Tiempo, 23 de septiembre de 1898, p. 1.

[13] Marina de guerra, La Prensa, 1 de mayo de 1899, p. 2.

[14] El último desfile militar, La Prensa, 12 de julio de 1900, p. 2.

[15] La república de pie y Preparativos militares, El Tiempo, 7 y 10 de diciembre de 1901, p. 1; Preparativos militares y Movimiento patriótico, Tribuna, 21 y 23 de diciembre de 1901, p. 1.

[16] Instalación de la Liga Patriótica, Tribuna, 20 de diciembre de 1901, p. 1; La concurrencia en el Politeama, La Prensa, 20 de diciembre de 1901, p. 3.

[17] El patriotismo rosarino, El Municipio, 22 de diciembre de 1901, p. 1.

[18] Los disturbios de anoche, La Nación, 23 de diciembre de 1901, p. 1; Las manifestaciones de anoche, La Prensa, 23 de diciembre de 1901, p. 3.

[19] Las maniobras navales, Caras y Caretas, 15 de marzo de 1902, p. 40; En el Puerto Militar, Tribuna, 8 de marzo de 1902, p. 1.

[20] Los Pactos incluían además un “acta preliminar” al tratado de arbitraje (que incluía la “cláusula del Pacífico”), el tratado general de arbitraje en sí mismo y la fijación de los hitos demarcatorios por el árbitro (“Congreso Nacional. Cámara de Senadores. Sesiones ordinarias de 1902. Orden del día nº 9”, Límites con Chile - Pactos de Mayo 1902, caja nº 24, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, Archivo Histórico de la Cancillería).

[21] Los pactos internacionales, La Nación, 15 de junio de 1902, p. 2.

[22] La armada y los pactos, La Nación, 15 de junio de 1902, p. 2.

[23] Román Pacheco a Adolfo Saldías, Buenos Aires, 21/05/1894. Fondo Adolfo Saldías/Juan Ángel Farini (FASJAF), Archivo General de la Nación, carpeta 277, folio 165.

[24] Comisión radical y Unión Cívica Radical, El Tiempo, 18 de marzo y 6 de abril de 1898, p. 1.

[25] Liga Patriótica, La Prensa, 17 de mayo de 1898, p. 2.

[26] Los demócratas y la Liga Patriótica, El Tiempo, 11 de diciembre de 1901, p. 1.

[27] Defensa nacional, El Argentino, 30 de junio, 3, 4 y 5 de julio de 1894, p. 1. El militar era el teniente Gerardo Valotta, sublevado en 1893 y miembro de la comisión de límites con Chile en 1895. Gerardo Valotta a Adolfo Saldías, 20/05/1894, 20/07/1894 y 11/10/1895, FASJAF, caja 277, folios 163, 190 y 278.

[28] María Silvia de la Riestra a Adolfo Saldías, 02/04/1898, AASJAF, caja 278, folio 109; Celia Faramiñán y Lía Campos a Adolfo Saldías, 30/07/1898, AASJAF, caja 278, folio 153; y 13/08/1898, AASJAF, caja 278, folio 164; J. Pintos a Adolfo Saldías, 12/08/1898, AASJAF, caja 278, folio 163; Comandante de Regimiento a Adolfo Saldías, 11/08/1898, AASJAF, caja 278, folio 162.

[29] La conmemoración de ayer en La Plata, El Argentino, 31 de julio de 1895, p. 1.

[30] La iniciativa patriótica, La Nación, 26 de febrero de 1898, p. 2.

[31] La Plata, La Nación, 9 de diciembre de 1901, p. 2.

[32] La Liga Patriótica y el Centro Militar, Caras y Caretas, 14 de diciembre de 1901, p. 36.

[33] La cuestión internacional, La Nación, 2 de diciembre de 1901, p. 2.

[34] En tanto Zeballos ocupaba un lugar preeminente en la redacción de La Prensa desde hacía décadas (Castro, 2012: 195-198), puede conjeturarse que los temas de su especialidad (diplomacia y armamentos) quedaban a su cargo. Véanse las opiniones sobre el protocolo de 1896, la importancia de la “paz armada” y de un acercamiento a Perú y Bolivia: El protocolo y el Congreso argentino, 3 de mayo de 1896, p. 2 y El arbitraje internacional, 30 de junio de 1900, p. 2; Marina de guerra, 1 de mayo de 1899, p. 3 y Las dos escuadras, 14 de julio de 1900, p. 2.

[35] Las conferencias se desarrollaron en el Centro Jurídico y de Ciencias Sociales de la Facultad de Derecho de UBA, el Colegio de Escribanos de La Plata, la embajada de Bolivia en Buenos Aires y el teatro Politeama de esa ciudad patrocinada por la Liga Patriótica Nacional.

[36] El Ministerio de Marina, Boletín del Centro Naval, t. XVI, 1898, p. 306.

[37] Defensa del cap. De navío M. Domecq García, Boletín del Centro Naval, t. XVII, 1899, p. 47.

[38] Estanislao Zeballos, Analecta, RDHL, t. X y XI, 1901.

[39] Instalación de la Liga Patriótica. Concurrencia entusiasta y numerosa, Tribuna, 20 de diciembre de 1901, p. 2.

[40] Movimiento patriótico, Tribuna, 26 de diciembre de 1901, p. 1.

[41] Los pactos internacionales, La Nación, 18 de junio de 1902, p. 2.

[42] El estudio de los convenios, La Nación, 18 de junio de 1902, p. 3.

[43] En La Plata, La Nación, 18de junio de 1902, p. 2.

[44] La manifestación de los estudiantes, El Tiempo, 22 de septiembre de 1898, p. 1.

[45] La conferencia, Tribuna, 20 de junio de 1902, p. 1; La conferencia de anoche y Manifestación al doctor Pellegrini, El País, 20 de junio de 1902, p. 1 y p. 2; Los Pactos y la dialéctica, La Nación, 24 de junio de 1902, p. 2; Los pactos argentino-chilenos y la conferencia del Dr. Indalecio Gómez, La Vanguardia, 28 de junio de 1902, p. 1.

[46] Los pactos, Tribuna, 23 de junio de 1902, p. 1; Contestación del Dr. Gómez, El País, 22 de junio de 1902, p. 2.

[47] Julio Roca, Reflexiones y fragmentos, La Biblioteca, t. VIII, 1898, p. 8; y Julio A. Roca, Tribuna, 21 de mayo de 1898, p. 1.

[48] Julio Roca a Enrique Moreno, Buenos Aires-Roma, 14/11/1899 (en: Arenas Luque, 1946: 152).

[49] Defensa nacional, El Argentino, 4 y 5 de julio de 1894, p. 1.

[50] Adolfo Saldías, “¿Qué es el patriotismo?” (borrador), abril de 1898, AASJAF, caja 278, folio 108.

[51] La conmemoración de ayer en La Plata, El Argentino, 31 de julio de 1895, p. 1.

[52] El nuevo libro del doctor Ernesto Quesada, Tribuna, 9 de septiembre de 1898, p. 1.

[53] Estanislao Zeballos, El escándalo pericial y la solución diplomática de septiembre, RDHL, t. I, septiembre de 1898.

[54] Estanislao Zeballos, La política exterior de Chile, RDHL, t. VIII, 1900. Acerca de este imaginario cfr. Di Renzo (2025).

[55] Estanislao Zeballos, La crisis internacional, RDHL, t. I, 1898.

[56] Estanislao Zeballos, Gastos navales, RDHL, t. IX, 1901.

[57] La conferencia de anoche, El País, 20 de junio de 1902, p. 1.

[58] Hipólito Curet, Patrioterismo y socialismo, La Vanguardia, 4 de enero de 1902, p. 1. Allí se tildaba de “nacionalistas reaccionarios” a los partidarios de la “paz armada” en Francia y el Imperio Alemán, homologándolos a los que en Argentina se oponían a la solución arbitral del conflicto limítrofe con Chile.

[59] Joaquín Castellanos, El Credo Nacionalista, Proteo, nº 21-22º, 1916, pp. 227, 230 y 265.

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.



Copyright (c) 2026 Pasado Abierto

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.



"Pasado Abierto"
is a journal published by the Center for Historical Studies (CEHis) of the Faculty of Humanities at the National University of Mar del Plata . Email: pasado.abierto@gmail.com | Web: http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto

ISSN 2451-6961  (online)

Open Past is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.

Included in: 

ROAD  https://portal.issn.org/resource/ISSN/2451-6961

LatinREV  https://latinrev.flacso.org.ar/mapa

Latindex Directory  https://www.latindex.org/latindex/ficha?folio=26011

Google Scholar Link

BASE (Bielefeld Academic Search Engine) Link
Latin American (Association of Academic Journals of Humanities and Social Sciences) Link
MIAR (Information Matrix for Journal Analysis) Link
SUNCAT Link
WorldDCat Link
Ibero-American News Link

CZ3 Electronische Zeitschriftenbibliothek Link

Open Science Directory Link

EC3 metrics Link

 

JournalsTOCs Link

Malena Link
Evaluated by: 
Latindex Catalog 2.0 Link
Basic Core of Argentine Scientific Journals Link
DOAJ (Directory of Open Access Journals)  Link
ERIHPLUS (European Reference Index for the Humanities and Social Sciences) Link
REDIB (Ibero-American Network of Innovation and Scientific Knowledge) Link
CIRC (Integrated Classification of Scientific Journals) Link
Open Past uses the persistent identifier: 

 

Toto 4D

TOTO 4D

Situs Toto

TOTO SLOT

Toto 4D

TOTO 4D

Situs Toto

Toto 4D

Situs Toto