Pasado Abierto. Revista del CEHis. Nº23. Mar del Plata. Enero-junio de 2026.
ISSN Nº2451-6961. http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto
Reseña de Pablo Pizzorno (2025). Los partidos antiperonistas. Del antifascismo a la conspiración (1943-1955). Buenos Aires. Imago Mundi. 224 páginas. ISBN: 978-950-793-476-6.
Juan Pablo Fossati Masson
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina
Recibido: 17/07/2025
Aceptado: 12/04/2026
Palabras clave: antiperonismo, partidos, peronismo, conspiración.
Keywords: antiperonismo, parties, peronismo, conspiracy.
Hace décadas la producción académica se ha dedicado a investigar el antiperonismo desde diferentes perspectivas y en distintas épocas. Centrados en el momento de emergencia del peronismo, algunos autores analizaron los vínculos entre el antifascismo que surgió en los años treinta y la articulación de los opositores al gobierno militar iniciado en 1943. Así, señalaron cierta continuidad e imbricación entre el antifascismo y el antiperonismo. Otros trabajos estudiaron a la iglesia, intelectuales y a las fuerzas armadas al mando del golpe de Estado que derrocó al gobierno peronista. También, existieron investigaciones que se concentraron en explicar la heterogeneidad habitó al interior de la Revolución Libertadora y las formas represivas en las que se tradujo el proyecto de “desperonización”.
Sin embargo, fueron menos los estudios que se ocuparon de las organizaciones partidarias no peronistas entre 1943 y 1955. Por ello, el libro de Pablo Pizzorno contribuye a comprender cómo los partidos antiperonistas concibieron, decodificaron y actuaron frente al peronismo. Pero no solo como continuidad del antifascismo o como una reacción en contra de, más bien, la investigación reconstruye las derivas, desplazamientos y discusiones internas que atravesaron los radicales, socialistas, comunistas y demócratas progresistas durante el periodo. No obstante, ante esta diversidad que conformó el abanico antiperonista el autor revela una identidad política común que se articuló por encima de las singularidades partidarias. Esta identidad compartida estuvo movilizada por una serie de discursos y símbolos que tuvieron a la democracia y las libertades civiles y políticas como elemento significante y articulador.
En el primer capítulo Pizzorno aborda los antecedentes y la formación de la Unión Democrática (UD) de cara a los comicios de 1946. Asimismo, expone el papel que ensayaron las organizaciones partidarias respecto del reclamo por la salida democrática y como interpretaron la movilización de octubre que liberó a Juan D. Perón de su detención. Durante esta coyuntura el principal elemento de unión de la identidad antiperonista residió en la exigencia de la normalidad institucional, esto era, el retorno de la ley, el fin del estado de sitio y la convocatoria a elecciones limpias. Ese posicionamiento amalgamaba al antiperonismo con la tradición liberal que reivindicaba a figuras y acontecimientos del siglo XIX, como la revolución de mayo y los vencedores de la batalla de Caseros. A modo de novedad, el autor explica que la UD no impugnó las reivindicaciones asociadas con la justicia social, pero interpretó este concepto de manera diferente al peronismo. La crítica se centraba en la utilización instrumental y demagógica que habría empleado el gobierno militar durante la campaña, para la UD la justicia social se lograría efectivamente a través de leyes aprobadas por el congreso y sindicatos libres de la incidencia estatal. Sin embargo, este tema no fue el prioritario para las fuerzas antiperonistas, dado que su discurso se centró en la defensa de la democracia contra la amenaza fascista.
En el siguiente capítulo analiza la interpretación que realizaron los integrantes de la UD del triunfo peronista y los debates sucedieron al interior de los partidos opositores. Así, explica que los antiperonistas cuestionaron la legitimidad de origen del gobierno, esto se debía a que entendían que el electorado había sido manipulado por una propaganda estatal en favor de Perón. Pese a esto, menciona que los partidos opositores reconocieron la legalidad del gobierno durante los primeros años, por tanto, mantendrían ciertas expectativas de combatirlo a través de las urnas. Pasadas las elecciones, el Congreso Nacional se convirtió en el escenario donde los conflictos se explicitaron entre peronistas y antiperonistas. Allí, los diputados radicales –único partido con legisladores- denunciaron el avance del gobierno sobre las libertades civiles, para ellos, el peronismo se había convertido en una dictadura de ley.
En el capítulo tres y cuatro reconstruye la coyuntura desde la convocatoria a la Asamblea Constituyente en 1948 hasta la reelección de 1951. Para Pizzorno, en estos años la relación entre peronistas y antiperonistas cobró otra intensidad, si bien explica que el proceso de radicalización no fue lineal, en estos años los partidos antiperonistas comenzaron a considerar como una alternativa posible a las estrategias extra institucionales, mientras que el gobierno incrementaba las restricciones cívicas. Así, describe los distintos posicionamientos que asumieron los opositores ante las iniciativas oficiales. La mayoría de estos cuestionó la reforma desde su origen debido a una polémica sobre los dos tercios necesarios para convocar a una constituyente. Cosa que implicó un importante debate interno en el seno del radicalismo respecto de la concurrencia a los comicios para elegir delegados a la asamblea, y provocó la abstención del socialismo. Las fuerzas antiperonistas concibieron a la reforma como una imposición por la fuerza, criticaron su carácter totalitario y defendieron la versión sancionada en 1853 como símbolo de la tradición liberal.
También expone las denuncias que realizaron a las medidas restrictivas del gobierno. Además, examina cómo interpretaron la reforma de circunscripciones electorales, pues, para el arco antiperonista atentaba contra la participación de las minorías y alentaba la formación de una unanimidad oficialista. En este escenario, explica la disyuntiva del radicalismo frente a las elecciones, exhibe que este partido consideraba al régimen de gobierno cada vez más carente de legalidad, pero a la vez, mantenía cierta expectativa de éxito –o mejoría- electoral. Sin embargo, revela que ante el frustrado golpe de Estado que lideró Benjamín Menéndez en 1951, los radicales no omitieron opiniones, ni siquiera aquellos dirigentes antiperonistas que fueron acusados por Perón de participar en la conspiración. Esto daba cuenta de cierta tolerancia hacía las estrategias extra institucionales para desplazar al peronismo del gobierno.
Los años que encierran entre la reelección y los bombardeos sobre la plaza de mayo son analizados en el capítulo cinco. En este periodo se produce un crecimiento de las hostilidades y una radicalización de la oposición. Pese a esto, subraya la no linealidad del proceso, más bien, menciona que hubo momentos donde el gobierno buscó descomprimir las tensiones mediante la convocatoria a instancias de diálogo. Estas iniciativas contaron con limitado éxito, salvo en algunas fracciones conservadoras y socialistas que adhirieron a los llamados del peronismo. En perspectiva del autor estas convocatorias pretendían la conformación de una oposición legal, mientras se restringía a la oposición radicalizada, que, en términos del discurso peronista, buscaba desestabilizar el gobierno. Pero estos intentos de descomprimir también fracasaron por distintos incidentes que alejaron a peronistas y antiperonistas. Entre ellos, destaca el decreto que establecía el estado de guerra interna promulgado en 1951 y vigente hasta el golpe. Pizzorno subraya la importancia de esta disposición, para los opositores significó el quiebre definitivo de la legalidad democrática, dado que se trataba de una condición jurídica inexistente en la constitución nacional.
En el último capítulo examina los debates internos y las interpretaciones de las organizaciones opositoras en el año del derrocamiento del peronismo. También expone como estas fuerzas políticas se amalgamaron a los reclamos de los sectores católicos que, para entonces, habían entrado en conflicto con el gobierno. Incluso, lo hicieron partidos que habían adherido a consignas anticlericales en el pasado, lo cual, ponía en evidencia la convivencia de antifascistas, conservadores y nacionalistas católicos en el antiperonismo. Luego de los acontecimientos de junio, los partidos antiperonistas quedaron en segundo lugar por la preponderancia que cobraron las fuerzas armadas. Sin embargo, resulta interesante la posición que asumieron frente al intento de pacificación promovido por Perón. Concibieron a ese llamado como una señal de debilidad, por tanto, extremaron sus argumentos en contra del gobierno. En septiembre celebraron el golpe de Estado, entendían que el régimen peronista había obturado la legalidad, entonces, comprendían –como en Caseros- que no quedaba otra alternativa que la acción armada.
En suma, el libro analiza mediante una sólida conceptualización el derrotero de las organizaciones políticas no peronistas, así reconstruye los desplazamientos y transformaciones que atravesaron los partidos opositores en el periodo. Pese a esas mutaciones, demuestra la articulación de una identidad antiperonista compartida que se amalgamó en base a los conceptos equivalentes de democracia y normalización institucional. A su vez rechaza concebir al fenómeno antiperonista como una reacción, por lo contrario, reconoce una preeminencia del rasgo antifascista, aunque señala que rebalsó a ese esquema interpretativo que impregnó a los opositores entre 1943 y 1946. En síntesis, se trata de una significativa contribución que permite conocer cómo comprendieron y actuaron los partidos antiperonistas, pero también aporta una reconstrucción detallada de la conflictiva –y no siempre lineal- relación entre el peronismo y el antiperonismo.
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