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Pasado Abierto - Año de inicio: 2015 - Periodicidad: 2 por año
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Pasado Abierto. Revista del CEHis. Nº9. Mar del Plata. Enero-junio 2019.

ISSN Nº2451-6961. http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto

                                                                                       

Pasados ejemplares.

Conversaciones con Justo Serna

                                                                                                   Miguel Ángel Taroncher

Centro de Estudios Históricos, Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina

migueltaroncher@gmail.com

Recibido:        25/06/2019

Aceptado:        25/06/2019

Resumen

En la presente entrevista, Justo Serna habla de sí mismo como historiador, de su formación, de su experiencia humana y académica, de sus influencias teóricas, de sus certezas y de sus incertidumbres, de su intervención intelectual en la esfera pública. Aparte desarrolla un conjunto de reflexiones sobre la escritura histórica como práctica.

Palabras clave: historia y ficción, historiografía, historia cultural

Conversations with Justo Serna

Abstract

In this interview, Justo Serna refers to himself as a historian, his career and his human and academic experiences. He also talks about his theoretical influences, his certainties and doubts, and his intellectual presence in the public sphere. Finally, he develops reflections on historical writing as practice

Keywords: history and fiction, historiography, cultural history

Conversaciones con Justo Serna

“Resulta que la Historia no es materia obvia. Resulta que podemos averiguar muchas cosas sobre la naturaleza humana. No se trata de acumular erudiciones. Se trata de reunir datos, pruebas o fuentes que confirman la peculiaridad y humanidad de los individuos”

Justo Serna

Presentación

I. Justo Serna (1959). Es licenciado y doctor por el Departamento de Historia Contemporánea, en la Facultad de Geografía e Historia, de la Universidad de Valencia, donde actualmente es catedrático. Es especialista en historiografía e historia cultural. En su tesis de doctorado investigó, bajo influencia de Michel Foucault, sobre la cárcel y la beneficencia, sobre los presos y los pobres en la España del siglo XIX, especialmente en Valencia. En colaboración con su colega Anaclet Pons ha publicado La ciudad extensa (1992); “El ojo de la aguja. ¿De qué hablamos cuando hablamos de microhistoria?” (Revista Ayer: 1993); Un negoci de families: els Trenor i els Valliers a la Safor del segle XIX (1996); “La escritura y la vida. El notariado y el estudio de las redes personales burguesas en la época isabelina” (Revista Ayer: 1998); Encantados de conocerse. Fotografía, retrato y distinción en el siglo XIX (2002); Diario de un burgués (2006); Los triunfos del burgués (2012); Cómo se escribe la microhistoria (2000); La historia cultural (2005 y 2013); Microhistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg (2019). Pons y Serna son autores de numerosos artículos en revistas especializadas y han trabajado conjuntamente en la traducción y edición de obras de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Natalie Zemon Davis, Antoine Prost y Giulana Gemelli

A través del ensayo, su género preferido, Justo Serna explora y explica, interpreta y ausculta la relación entre literatura, historia y ficción, teoría de la historia, la cultura de masas y la política española presente y pasada. Es autor de Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (2004); Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (2008), Premio de la Crítica Valenciana; La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos (2012), que fue galardonado con el premio Manuel Alvar de la Fundación Lara; Antonio Muñoz Molina. El tiempo entre nuestras manos (2014); Bestiario español. Semblanzas contemporáneas (2014); Españoles, Franco ha muerto (2015); Antonio Muñoz Molina. La letra pequeña (2016); El pasado no existe. Ensayos sobre la historia (2016); Todo es falso, salvo alguna cosa. Observaciones sobre el mundo contemporáneo (2017), Leer el mundo. Visión de Umberto Eco (2017); Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas (2019). Con Alejandro Lillo publicó Young americans. La cultura del rock (2014) y Más acá hay monstruos. Historia cultural (2015). Con Juan Calabuig son autores de la novela o libro de relatos La lengua es fascista (2017). Actualmente, Calabuig y Serna están escribiendo otro volumen de ficciones. Y, en fin, tiene en preparación un ensayo, en clave de historia de la cultura de masas, sobre David Bowie.

Dinámico internauta, activo y prolífico polemista, como periodista cultural, desde 2005 a través de su blog Los archivos de Justo Serna y su cuenta en Facebook, piensa e interpreta, polemiza e interviene en el espacio público y en la vida cultural de Valencia. Ha curado muestras y organizado exposiciones que incluyen desde la burguesía valenciana hasta la cultura popular contemporánea. Dirige y anima un multitudinario “Club de lectura” en la librería Gaia y dicta el “Aula de Historia Cultural” de la librería Ramón Llull. Ha trabajado como columnista en la revista Cartelera Turia y ha participado en la sección Valencia del diario El País, en Levante-EMV y en InfoLibre. Colabora (o ha colaborado) en las revistas culturales Mercurio, Claves de razón práctica, Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, Ojos de Papel, Cuadernos de Pedagogía y Lateral.

II. El presente texto es la articulación final de una entrevista estructurada, realizada en diferentes momentos y en diversos ámbitos de la ciudad de Valencia, a lo largo de febrero del año 2019. En el transcurso de los meses siguientes, el original se enriqueció con nuevos aportes, inserciones y referencias del entrevistado, que dieron por resultado un nuevo texto sin rastros de las preguntas originales. Lo presentamos en cuatro bloques, cada uno con una ascética guía de palabras temáticas. La narración final combina la reflexión sobre las relaciones entre la historia y la ficción, la importancia de la literatura en la formación de los historiadores, las diferentes formas de escritura y los libros como experiencia vital, el oficio del historiador, su trayectoria en el ámbito de la Academia y la producción historiográfica, revelando sus filias intelectuales e influencias teóricas. El lector se encontrará con un texto de un historiador que, en la madurez y plenitud de su producción y en clave autobiográfica, nos permite recorrer su trayectoria intelectual, comprender su práctica historiográfica y compromiso cívico.

Miguel Ángel Taroncher, Mar del Plata, junio 2019

De libros, lecturas y escrituras. Elías Canetti 

I. Soy profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia. Me doctoré en esa misma institución. En la actualidad soy catedrático de dicha materia. De entrada, mis credenciales son muy normales, propiamente académicas. Pero, más allá de mi condición docente e investigadora, yo soy un lector. Y, por ser lector, escribo: escribo obras que son académicas y otras que no lo son en absoluto. Una parte de lo que firmo tiene que ver con el grado de Historia y otra parte tiene que ver con la Historia Pública, en la que se me podría encasillar. Pero no: esta parte mía es anterior a la etiqueta. Soy lector y escribo, publico e intervengo en la esfera civil.

Siempre he sido una persona interesada por las Letras. Un padre, mi padre, que devoraba libros pudo ser el mejor estímulo. Pero, bien mirado, pudo ser un pésimo ejemplo. Su pronta jubilación, a los cincuenta y dos años, ya como un pensionado temprano, le permitió leer incansablemente. Mientras, cultivaba sus temores hipocondríacos, unas aprensiones que le hacían leer para olvidar su principal miedo: que de un momento a otro podía morirse. Tardó treinta años en fallecer, sobrevivía de milagro (o eso creía él), viéndole constantemente las orejas al lobo y de paso aturdiéndose con la letra impresa.

Por mi parte, desde niño, pero sobre todo desde adolescente, mi pasión han sido los libros, como antes señalaba. Quizá por no tener hermanos vivos y quizá por no tener un repertorio amplio de amigos con los que compartir esas páginas y cavilaciones intelectuales. Se me hacía raro leer mucho y variado, pero es lo que yo hacía. Y leer mucho y variado me hacía un muchacho raro: desde pequeños volúmenes dramáticos (teatro no representado, pues) hasta poesía, pasando principalmente por la novela y el ensayo.

Desde mi adolescencia, mi padre y yo no solíamos compartir gustos literarios o preferencias intelectuales. Sólo de cuando en cuando la chiripa nos reunía, afinaba gustos y preferencias, con obras y autores por los que ambos profesábamos o demostrábamos nuestra común afición: generalmente, novelas y novelistas de cuidada prosa, de castellano esmerado y recio. Mi padre dejó de leer historia pronto, siendo joven tal vez, porque los volúmenes de este género le resultaban tediosos.

“Los historiadores no sabéis contar los hechos”, me dirá y me repetirá cuando yo ya esté cursando la licenciatura. “Escribís libros ilegibles” (esa palabra me dijo y aún la recuerdo). “A ver cuándo publicas una obra que yo pueda leer”, apostillará ya en su vejez dirigiéndose a mí. Dos años antes de morir pudo disfrutar (así me lo dijo) Diario de un burgués. La Europa del Ochocientos vista por un valenciano distinguido (2006), que tuve la fortuna de escribir con mi amigo y colega Anaclet Pons. Volveré sobre ello. Cambiemos de tercio.

Mi formación intelectual y académica es en parte guiada, previsible; y en parte autodidacta. En el peor de los casos, llega a ser caótica, algo nada recomendable desde el punto de vista académico. Eso hace que yo atesore conocimientos algo insólitos que no comparto con mis colegas y eso hace también que demuestre unos desconocimientos sorprendentes e incluso culpables que mis compañeros y pares no padecen. Desde que sobrepasé los cuarenta años soy de dieta variada, con digestiones rápidas, con digresiones y desvíos, una dieta muy caprichosa e inducida por la apetencia menos justificable.

Eso me ha llevado y aún me lleva a leer por preferencias y lateralmente. Permítaseme una digresión con Elias Canetti, un sefardí cuyos ancestros proceden de la comarca de la que era mi padre: la de Cañete, en la Serranía de Cuenca, España. Aunque esta digresión no parezca venir a cuento, creo que la declaración me retrata con sinceridad y creo que quizá ayude a entender mejor mi línea de investigación, mi escritura quizá errática o alocada, pero también mi manera de leer: no académicamente, no secamente, sino con placer impenitente.

“Tengo en mi mano el curso de la vida”, dijo en cierta ocasión Elias Canetti. Siendo joven, yo jamás pude gozar de ese alborozo y miedo, de esa libertad y autogobierno, precisamente por el conservadurismo ambiental que me rodeaba y por las férreas guías docentes que nos forzaban a seguir en los estudios primarios y secundarios. Hablo de los años sesenta y setenta del siglo XX en una España aún franquista, aún sometida a una dictadura.

Por supuesto, yo no gobernaba el curso de mi vida, pero bien pronto sí que sentí la necesidad de tener en mi mano, quizá a partir de los once o doce años, el curso de mi vida. Leer al margen de los dictados escolares fue mi primera y modesta rebelión, leer de manera salvaje (eso sí, siempre que antes hubiera cumplido con las exigencias académicas).

Dice Elias Canetti en uno de sus Apuntes, 1973-1984: “nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera”, añade. Se refiere a este o aquel ejemplar, que físicamente tocaba y poseía. A mí, desde bien jovencito, me sucede algo parecido.

Yo no heredo patrimonio material significativo. E ignoro cuál es la tradición cultural española a la que debo acogerme. Mi formación será sobre todo la reconstrucción de una herencia inmaterial jamás recibida: una cultura y una tradición española, europea, americana de las que me habían expropiado a mí y a tantas otras personas de mi generación. Y leer y poseer libros serán mi vía de escape y mi patrimonio personal, mi vicio confesable. Ya es un vicio adquirido.

“En mi caso nada sucede de otro modo”, dice Canetti, “y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré”.

En mi caso es vicio, pero es también una fantasía, según indicara Canetti. Comprar libros “creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre éstos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida”, concluye Canetti y yo humildemente comparto.

La muerte, sí. “Con la mayor desenvoltura me digo en voz alta que estos libros aún sin tocar no dejarán que me vaya, y quizá es ésta su función y ya ni siquiera espero que llegue a leerlos. Una especie de penoso autoengaño se esconde en este asunto, por primera vez en mi vida tengo la sensación de utilizar los libros para un fin impreciso, y que se trate de un fin comprensible y, a la postre, nada mezquino, no arregla las cosas”, se lamenta Canetti.

Otra fantasía, aún leeré la mayoría de ellos. “Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos”, concluye. También yo comparto esa fantasía o, si se prefiere, ese autoengaño. En fin, abandono de momento este tono lastimero, exactamente elegíaco, para volver a la Academia, que también me ha dado algunas alegrías, aparte de no pocas alergias.

Academia, política y sociedad. Michel Foucault

Oficio y arte del historiador. Roberto Bergalli

II. En 1976 comencé en la Universidad de Valencia la licenciatura de Geografía e Historia: recién muerto Francisco Franco, pues, ese que se calificaba de Caudillo de España “por la gracia de Dios”. Mi tesis doctoral la empecé cuando aún no había concluido los estudios superiores. Con veintiún años, pues. Recuerdo que era un mes de diciembre muy frío, helador, y recuerdo haber acudido con mi amigo Anaclet Pons. Nos dirigimos al Archivo de la Real Sociedad Económica del País de Valencia. La experiencia es inolvidable. Después volveré sobre este asunto o episodio.

         El tema de mi tesis doctoral será la prisión y el encierro, las cárceles y la beneficencia, las casas de asistencia y los presidios en la Valencia del siglo XIX. A tientas y con una menguada y atrevida formación comencé a desarrollar un esbozo de historia social. No sabría decir qué etiqueta le venía mejor a lo que quería intentar. Yo había leído a algunos de nuestros clásicos (me refiero a los historiadores), pero sobre todo leía y leía con fruición a sociólogos, semióticos, filósofos, antropólogos y, a la vez, novelistas, literatos que me colmaban.

Comencé la tesis condicionado por las teorías de Michel Foucault, si puedo expresarlo así: lo de influido, digo. Y fue Vigilar y castigar (leída hacia 1979) mi influencia más polémica y provechosa de entonces. Me sirvió para pensar, para reflexionar acerca del encierro, del encierro penitenciario. Aunque no sólo. No sólo el encierro penitenciario. Me preocupaban más extensamente la clausura y el sometimiento, la doma y la disciplina. Me preocupaban el control social y el ojo panóptico, el panoptismo (por decirlo con Foucault y, remotamente, con Jeremy Bentham).

Me centré principalmente en los centros penitenciarios y asistenciales (que eran prácticamente equivalentes a las cárceles); me centré en los establecimientos cerrados y productivos en donde los asilados o ingresados o recluidos eran apartados y mantenidos, mal mantenidos, saldando alguna culpa, cumpliendo alguna pena contraída con la sociedad.

Para mí, la visita al archivo, la primera visita al archivo en 1980, fue un momento de epifanía, uno de los momentos más grandes y mejores que tenido en mi tarea investigadora. Tuve la impresión inequívoca (o equívoca) de ingresar en el pasado. El archivo no es sólo el recinto que alberga documentos escritos preferentemente. No es sólo el espacio que reúne vestigios pretéritos. El archivo es el lugar en donde prácticamente puedes recrear vidas muertas, experiencias y vivencias que no te corresponden, que no son tuyas y que haces propias precisamente al leer esos vestigios, esos datos que figuran en expedientes, en carpetillas, en legajos...

Ya lo he anticipado. La primera vez que fui a un archivo es en 1980 y en aquel momento iba acompañado, como tantas veces después, por Anaclet Pons. Fuimos al archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, institución entonces enclavada en un palacio sito en la plaza de Nules, de Valencia. Era una casona del Setecientos, si no recuerdo mal. Lo que sí recuerdo son las tardes y tardes que pasamos consultando documentación y padeciendo un frío atroz: allí soplaba un inaudible viento helado que venía del siglo XVIII.

Los documentos que en el Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia consultamos fueron de dos tipos. Primero, los libros de actas de la institución, es decir, los registros de los plenos y consejos que la corporación tenía para aprobar y aplicar determinadas decisiones sobre distintas materias. Los asuntos eran muy variados: desde la agricultura hasta el fomento, pasando por las innovaciones industriales o culturales. Las reformas penitenciarias también serán objeto de discusión.

La Real Sociedad de Amigos del País de Valencia era, y aún es, una institución característicamente ilustrada, una corporación de la vida civil deseosa de fomentar el progreso de las artes y de las ciencias. Su labor era benemérita en un lugar escaso y escueto como era la Valencia del Setecientos y principios del Ochocientos.

Aparte de los libros y documentación de la época leí, leímos, toda clase de expedientes, de legajos. Los consultábamos con voracidad y sorpresa. Teníamos la impresión de husmear y espiar algo privado: todo aquel material escrito que produjo gente ilustrada, individuos que se reunían en esa corporación, que se reunían en ese palacio.

Eran la información y el conocimiento con que ellos contaban entre el Setecientos y el Ochocientos: las referencias y las noticias locales, pero también las innovaciones y los hallazgos que les llegaban de Francia o de Inglaterra y que les servían, en este caso, para poder pensar en el progreso de las artes, en el progreso de la ciencia.

Era fascinante leer papeles viejos, papeles enmohecidos, pasando -ya digo- un frío propio del Setecientos en un palacio que era a la vez acogedor e inhóspito. Estábamos sentados a la gran mesa del consejo, el lugar de reuniones de la Sociedad Económica y allí, en silencio, podíamos imaginarlos, podíamos representárnoslos y podíamos creernos desplazados propiamente a los siglos XVIII y XIX.

Expedientes, legajos, cartas... Todos estos documentos nos servían para ir trazando, encajando y enlazando nombres y referencias. Carlo Ginzburg y Carlo Poni tienen un artículo sobre este descubrimiento primario y eufórico. Se titula precisamente “Il nome e il come” y es muy sugerente. No hay nada más iluminador en un archivo que ir a la caza, a la búsqueda, de los nombres de los antepasados que tuvieron algún papel que desempeñar, alguna tarea que ejercitar, algún tipo de actividad: antepasados que dejaron huella.

No basta con sumar, no basta con serializar los datos desde un punto de vista cuantitativo. Hay que examinar de manera monográfica y cualitativa, a partir del nombre y la huella, del vestigio, y por tanto a partir de la información que el expediente o el legajo te proporcionan. Tras una rúbrica hay una decisión y tras esa decisión hay una mano que firma; hay un individuo que se aviene, de grado o por fuerza; hay alguien que se suma a un acuerdo o a una resolución.

En aquellas tardes largas del invierno de 1980 y 1981, con ese frío atroz, nos castañeteaban los dientes y se nos paralizaban las manos, al menos la que no usábamos. Para evitar esa congelación física, que no emocional, escribíamos y escribíamos, copiábamos, reproducíamos, con la esperanza de restaurar nuestros cuerpos, nuestros huesos.

Y todo ello sucedía cuando estábamos acabando la carrera. Por un lado, estaban los estudios; por otro, ese disfrute, la consulta documental y la imaginación desbordada que nos llevaba al Ochocientos. Esa penalidad y ese goce, esas experiencias de archivo, nos justificaban como historiadores en ciernes.

Insisto: estábamos acabando la carrera, concluyendo nuestra licenciatura, y creíamos haber descubierto una fisura, la grieta de ingreso en un mundo que habíamos perdido, ese espacio de los siglos XVIII y XIX. Por supuesto, todo ello era una fantasía, pero una fantasía productiva y vívida para quienes, como nosotros, rastreábamos restos, huellas y éramos prácticamente imberbes.

En algún pasaje de su obra, Stephen Greenblatt lo dice bellamente y nosotros así lo experimentábamos: lo primero, dice, es el deseo de hablar con los muertos, un deseo o un móvil habitual, no siempre confesado por los investigadores. Nunca creímos que los muertos pudieran escucharnos, y sabíamos muy bien que no nos podían hablar o responder más que a través de sus papeles, pero estábamos seguros de que con la imaginación podíamos recrear una conversación con ellos.

Por mi parte, ni siquiera renuncié a este deseo o a esta fantasía cuando la realidad se impuso, que es cuando comprendes fatalmente que, por más que te esfuerces en escuchar..., lo único que alcanzarás a oír será tu propia voz. Pero mi propia voz era y es la de los muertos, ya que han dejado huellas verbales en textos en los que podemos ver la transcripción de unas voces.

La mayoría de esas huellas tienen escasa resonancia, aunque todas ellas quizá puedan contener algún fragmento de vida perdida. Esa experiencia es, como antes señalaba, una epifanía: descubrir que puedes acceder a un mundo que no te pertenece, descubrir que puedes trabar una conversación, aunque sea figurada con los antepasados. Ese descubrimiento te permite soportar largas horas de frío y tedio, tiempos muertos en donde nada se advierte, nada se descubre o nada se averigua. O por la irrelevancia de los documentos o por la incapacidad personal para saber leerlos...

Muchos años después de esta experiencia que relato, mi tesis doctoral se convirtió en libro, un libro que llevó por título Presos y pobres en la España del XIX, un título espantosamente descriptivo, nada evocador: Trabajo, disciplina y corrección era el epígrafe que yo prefería. Por razones que ignoro, el editor me quitó la palabra siglo del título dejando únicamente los palitroques, ese feo XIX.

Siempre estaré agradecido a quien hizo posible la publicación de mi tesis y a quien confió en mí. Me refiero a Roberto Bergalli, un prestigioso jurista argentino afincado en España por aquellas fechas, un profesor de Derecho que se había establecido en Barcelona como consecuencia del Proceso. Allí será docente e investigador, aparte de director de publicaciones.

Roberto Bergalli confío en mí, leyó la tesis doctoral, larguísima, y de aquella tesis surgirá un libro, un libro -con erratas lacerantes, eso sí- en el que examinaba los recintos penitenciarios y benéficos y las experiencias innovadoras que se practicaron en la España del XIX. Valencia, concretamente, había sido uno de los lugares especialmente relevantes en esas experimentaciones, en esas innovaciones, prácticas de encierro cuyas teorías se importaban de Europa y América.

Uno de los elementos intelectuales de referencia será por supuesto Alexis de Tocqueville, y lo será para quien desempeña durante años el cargo de comandante del Presidio de Valencia, Manuel Montesinos. Montesinos fue lector de las novedades que en torno a la cuestión penitenciaria y en torno a la cuestión penal se iban difundiendo desde América y desde Europa.

En la biblioteca de la Real Sociedad Económica de Amigos del País descubrí parte de los libros que el propio Manuel Montesinos utilizaba para reflexionar, analizar y plantear la cuestión carcelaria en Valencia.

Siempre estaré agradecido a Roberto Bergalli, este prestigioso jurista, por la ayuda que me prestó, por la confianza que depositó en mí y sobre todo por valorar aquella tesis doctoral que era un producto académico, un pesado producto académico. Bergalli me forzó, en el mejor de los sentidos, a convertir la tesis en libro, que son dos cosas distintas. Las artes y el oficio que se consuma en un libro no coinciden enteramente con las artes y el oficio del trabajo académico. No son equivalentes. Aunque te dirijas a un público especializado, el libro siempre requiere, busca y persigue a lectores extraacadémicos, lectores que siendo cultos no tienen por qué tener el conocimiento preciso de expertos sobre la materia de la que trata el volumen.

Así me lo planteé. Recuerdo que en dicho libro la primera cita que yo puse como exergo —ahora no retengo quién era el autor— decía que una tesis doctoral es el simple traslado de huesos y un cementerio a otro. Por supuesto, yo quería que mi libro no fuera un cementerio, sino una exhumación. Lo que quería es que esos presos, esos pobres, esos mendigos que pululaban por la Valencia del siglo XIX, que transitaban por la España del siglo XIX, aparecieran en las páginas y en un volumen que exhumaba también un mundo desaparecido.

Pero no eran sólo los pobres o los presos lo que me interesaba. Me preocupaban también los represores, sus guardianes, aquellos que estaban obligados y destinados a controlar, a custodiar a quienes habían cometido delitos o a quienes eran una carga por menesterosos, pordioseros o desocupados. Es muy interesante esa etapa, la de principios del siglo XIX, porque nos muestra el cambio social, cultural e institucional que entonces se experimenta. Esa mutación no se da sólo en España, sino en Occidente, justo en donde la reforma ilustrada, la impulsada por ejemplo por Cesare Beccaria y otros, se transforma en una reforma penitenciaria, en una reforma de la cuestión penal-penitenciaria.

La documentación que yo consulté, los legajos que leí, no siempre me permitieron averiguar el nombre y el cómo, los datos de la biografía de aquellos que estaban asilados o censados en las estadísticas penitenciarias y asistenciales. Pero en ocasiones por ser internos de especial virulencia o por ser custodios de significativa relevancia pude obtener más datos, pude averiguar más cosas: por ejemplo, a entender no solamente el comportamiento colectivo general de los presos o de los custodios. Me ayudarán a entender la forma de percibir, de concebir el mundo, que tenían unos y otros. No fueron muchos los casos, pero cuando lo lograba, el resultado era muy satisfactorio.

En el caso de los presos, la reconstrucción vital era muy difícil, prácticamente imposible, pues de esos presidiarios apenas contamos con el nombre y apellidos, la procedencia y poco más. En el caso de los custodios, del principal de ellos, el comandante del Presidio Manuel Montesinos, sí que pude reconstruir su vida, sus relaciones, su familia, sus concepciones y sus lecturas e incluso los bienes que atesoró: es decir, desde su profesión hasta sus haciendas, desde su matrimonio hasta su patrimonio.

No pude escribir una biografía si por tal se entiende y se extiende un libro entero, pero sí que pude escribir un texto, un artículo, que apareció en la revista que precisamente dirigía Roberto Bergalli, titulada Poder y Control. En dicho trabajo rehacía con tiento y algunas torpezas el puzzle vital, el rompecabezas biográfico de un personaje que era interesante no sólo por las ideas que tenía, no sólo por el empleo que desempeñaba, sino también por sus relaciones familiares, por el mundo burgués al que pertenecía en la Valencia del Ochocientos.

He de decir que al tiempo que yo trataba la cuestión penal y penitenciaria, al tiempo que investigaba sobre la beneficencia y la asistencia a pobres y presos me interesaba la contraparte, la contrapartida. Me refiero a los burgueses, la élite local: aquellos que dominaban la esfera comercial, económica, política y financiera. Me interesaba averiguar cosas de quienes tenían un poder no sólo económico, sino también de quienes heredaban o se forjaban un linaje, familias de linaje. Me interesaba y este asunto lo compartía con Anaclet Pons.

La experiencia italiana: Bologna. Antonio Gramsci. Umberto Eco.

Carlo Ginzburg: El queso y los gusanos. Géneros confusos

III. En mi caso particular, entre la tesis doctoral dedicada a los pobres, a los presos, al sistema de beneficencia y represión penitenciaria y lo que vino después hay un trecho. Me preocupaba, nos preocupábamos, por desentrañar la ciudad como espacio burgués. Justo cuando estaba con estas cosas, precisamente cuando Anaclet y yo nos deteníamos en estudiar ese espacio, ocurrió algo fundamental en mi vida. Ese asunto fundamental es mi viaje a Italia. Fui con Encarna García Monerris, profesora en el mismo Departamento de Historia Contemporánea en donde yo había empezado a impartir clase y mi esposa. Fue una experiencia esencial, emotiva. Fue un cambio profundo en nuestras vidas.

Viajar a Italia a finales de los años ochenta era principalmente una suerte, una oportunidad única para conocer y aprender. Era adentrarse en una historiografía desarrollada que tenía representantes tan significativos como Carlo Ginzburg, como Giovanni Levi. Era internarse en una cultura que tenía autores de relevancia mundial que yo admiraba, como Umberto Eco. Acudimos con becas que concedían conjuntamente el Ministerio de Asunto Exteriores español y el Ministero degli Affari Esteri.

Nuestro centro académico era la Università degli Studi di Bologna, la Universidad de Boloña. Allí estaban las cátedras de Ginzburg, de Eco... Pude beneficiarme del efecto y de la benigna influencia de este ambiente historiográfico, cultural y filosófico que me obligaba a ponerme al día y que me forzaba a plantearme dos cosas: la historia cultural, de un lado; y, de otro, lo que en términos historiográficos llamaríamos microhistoria.

Creo que para mí no ha habido mayor beneficio intelectual que ese viaje a Italia. Por aquellas fechas acababa de aparecer en el mercado El péndulo de Foucault, la segunda novela de Umberto Eco. Recuerdo una tarde con gran emoción que Encarna García y yo acudimos a Módena, concretamente a la librería Feltrinelli, la sede de aquella localidad. Acudíamos para asistir a la presentación de dicho libro. Con presencia de Umberto Eco.

Fue un deslumbramiento y una confirmación, uno y otro más de autores admirados, de intelectuales reverenciados, de autores que uno leía y que creía inalcanzables. En aquella librería descubrí que Umberto Eco era una persona accesible, normal, un gigante nada soberbio: alguien que necesitaba fumar para calmar los nervios de la presentación, que necesitaba salir al exterior para airearse. Me sorprendió porque yo lo tenía y lo creía endiosado, encumbrado. Sus clases en Bolonia eran absolutamente multitudinarias: imposible acceder al aula.

Yo creo que lo que realmente descubrí fue el cruce cultural, la mezcla, el hibridismo cultural entre la semiótica, la filosofía, la historia y la filología. Autores de muy diversa procedencia extracción o formación podían convivir y compartir conocimientos que venían de distintas disciplinas.

Por ejemplo, Carlo Ginzburg podía estar en un congreso debatiendo con filólogos..., en el mismo congreso en donde Umberto Eco podía estar discutiendo con historiadores. Yo venía de un mundo, la España de los años ochenta y de un medio académico, en el que por lo común los historiadores debatían con los historiadores, los filólogos con los filólogos y los semióticos..., pues estos últimos con quienes se dejaban.

Sin embargo, en Bolonia y en Italia, en ese espacio cultural, yo descubrí que la investigación errabunda, la mezcla, la hibridación, los géneros confusos (como los llamaría Clifford Geertz) eran una forma de operar muy productiva. El marxismo estaba en crisis, el Muro de Berlín estaba a punto de caer, el Sistema como orden cerrado de pensamiento estaba en cuestión. Las escuelas y sus disciplinas, también. Ser audaz no era un defecto, sino todo lo contrario: era y es una manera de adentrarse de modo creativo practicando un análisis cultural denso, del pasado y del presente.

¿De Italia qué me traje? Creo que me vine más libre, mejor equipado, con mayor libertad intelectual. Allí corroboré la riqueza de leer, consultar, mirar, aprender de disciplinas muy diversas, de conocimientos muy distintos. Sin pedir perdón. Yo creo que fue en Italia en donde me confirmé como un lector audaz. Lector ya lo era, por supuesto: un lector voraz. Pero la experiencia italiana me convirtió en un lector impenitente.  

Cuando digo esto, me refiero a un lector que consulta, que contrasta y devora todo... Que devora obras de muy distinta factura, libros de muy diversas disciplinas: desde la ficción hasta la filosofía, desde la historia académica o metódica al saber indisciplinado. Creo que fue Italia la que me dio la libertad de leer a mi antojo. Italia me dio la posibilidad de ir más allá de las de los límites académicos. Yo intuía que tal cosa era posible. Allí lo corroboré.

La primera vez que acudí a una clase Umberto Eco, y la última, recuerdo que fue en lo que era la sede del DAMS (Discipline delle Arti, della Musica e dello Spettacolo) de Bolonia. Era allí en donde impartía lección Umberto Eco y recuerdo que acudimos con devoción. Era imposible acceder, franquear la entrada. Había una multitud que impedía acercarse, no ya al aula, a la tarima, sino al quicio de la puerta. En cierto sentido era una frustración. En otro era la confirmación de que estaba en el lugar correcto.

Cuando llegamos a Bolonia, también yo buscaba a Carlo Ginzburg. Nueva frustración. Durante ese semestre, Ginzburg estaba impartiendo clases en la UCLA, en la Universidad de California, de modo que no pude tener contacto con él. Tiempo después y en repetidas ocasiones en vivo y en directo o a través del correo electrónico hemos tenido contacto en distintas ocasiones. Por tanto, hemos podido tener un acercamiento personal y yo diría que emocional.

Estando en Bolonia, las personas que nos atendieron, las personas de las que nos hicimos amigos, y no sólo colegas intelectuales, fueron entre otras: Roberto Finzi y Franco Cazzola. Ambos nos proporcionaron todo tipo de facilidades, nos ayudaron como eso: como exactamente amigos. Y nos dieron pistas acerca de cómo aprender, cómo perseguir el conocimiento al modo italiano. Es el modo de conocimiento fertilizado por el idealismo y por el marxismo, por Croce y Gramsci, por Hegel y Marx. Fue un deslumbramiento.

Por supuesto, yo había leído y admirado antes a Antonio Gramsci. Lo había leído durante la carrera, lo cual era bastante raro o extravagante. No era un pensador del canon. No era un pensador muy conocido en España. No era frecuente que un historiador leyera a este autor, un filósofo de origen, de formación filológica, máximo dirigente del Partido Comunista de Italia, muerto en 1937. ¿Qué podía decirnos a nosotros, los jóvenes historiadores que nos licenciábamos a finales de los setenta principios de los ochenta?  

Sin embargo, sí que fue para mí un deslumbramiento, no tanto por la vía del Partido Comunista, cuanto por la influencia en Umberto Eco. Umberto Eco tiene un volumen que me resulta divertidísimo y admirable. ¿Su título? El superhombre de masas. En ese libro estudia la cultura popular y en sus páginas está el mejor Gramsci, el marxista heterodoxo que mejor estudia, por ejemplo, las formas religiosas folclóricas populares, el sentido común, etcétera. La cultura popular, pues.

Mi interés por Gramsci no se debía sólo a Umberto Eco. Se debía también a las lecturas, al conocimiento y a las influencias que la obra de Marx, de Karl Marx, tenían en mí: las influencias que podían tener en un joven estudiante o en un joven licenciado de finales de los setenta o principios de los ochenta. La España de aquellos años era un erial. Había una edición floreciente, pero la Universidad estaba atrasada. Por tanto, leer algo prohibido o desechado te permitía estar al día (con muchas décadas de retraso).

Si la lectura de Antonio Gramsci me resultaba atractiva era por encontrar en sus páginas a un marxista heterodoxo, por hallar en él al materialista propiamente heterodoxo, alguien que no reducía la cultura y sus manifestaciones a la superestructura. Por tanto, alguien que observaba, analizaba y estudiaba el folklore y la religión como lenguajes sociales, como lenguajes conflictivos, como elementos propios del mundo popular y por tanto de la contienda entre las clases.

Muchos años después y por contrato de la Universidad de Valencia, a Anaclet Pons y a mí se nos encargará la realización de una nueva antología, con otra traducción, de los Quaderni del carcere. La obra debía centrarse especialmente en la cultura popular. Es decir, en las manifestaciones bajas, rutinarias, esquemáticas, repetitivas producidas o disfrutadas por las clases subalternas. En la antología debíamos incluir una larga introducción. ¿Para qué? En esas páginas teníamos que explicar todo a un lector no familiarizado con Gramsci, todo lo que podía desconocer un lector ignorante de su relevancia.

¿Qué me interesaba y qué me sigue interesando de este autor del Novecientos, de ese Novecientos convulso, ideológico? Simpatizo con su posición, con su condición limitada, lisiada, amputada. Simpatizo sin más con su circunstancia expresamente asumida. Me atrae el análisis audaz, sin prejuicios, de la cultura y sus manifestaciones más bajas, más vulgares, más populares. Gramsci no era un intelectual eximio. Era un estudioso de la cultura popular.

Como historiador me interesa no sólo la creación magna ante la que nos rendimos, esa que nos deslumbra y que se convierte en clásico. No me interesa únicamente la cultura egregia, alta, esa que eleva el espíritu y lo refina hasta transformarnos y trastornarnos. Me preocupan también todas las manifestaciones materiales e inmateriales de que se valen las clases populares para definir y definirse. Me preocupan los productos rutinarios que les sirven para pensar y expresarse, para enunciar y enfrentarse a aquellos que observan como ajenos o adversarios, a aquellos que las oprimen.

Es admirable y entrañable, todavía hoy, leer las páginas que Gramsci dedica al periodismo, a la religión, al teatro, a la prensa popular, a la novela de masas. Se trata de materiales de segunda, materiales poco elaborados o escasamente refinados. En su obra, en la de Gramsci, irrumpe un mundo nuevo que carece de nombre, de designación, y que a la vez expresa incluso lo inefable. El estudioso se atreve... De esas páginas urgentes, perentorias y profundas quisimos dejar huella en la antología que preparamos para Publicacions de la Universitat de València.

Esas páginas, como digo, nos muestran materialmente que el examen de la cultura popular no sólo pasa por lo relevante, por la gran obra, sino también por lo redundante, por lo estereotipado, por lo que es tópico y vulgar y pedestre. ¿Por qué razón? Porque el gran público se sirve de productos en serie o irrelevantes, incluso de baja estofa, pero productos al fin que emplea configurando su forma de pensar o de concebir la vida.

En 1981 nos licenciamos, nos graduamos, Anaclet Pons y yo. Para esas fechas, Muchnik, un editor argentino afincado en España que había sido responsable editorial de Seix Barral, crea finalmente su propio sello: Muchnik Editores: En una de sus colecciones publicará un libro clave, un libro decisivo para la Historiografía mundial y para nosotros mismos: El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg. Su edición original, como Il formaggio e i vermi, data de 1976.

Hacía 1981, ambos licenciados estamos acabando la carrera y al frente se nos presenta un mundo negrísimo, de paro, de desocupación o subocupación. La vida nos resulta obvia o condenada, según quiera verse. La existencia no alcanza para disfrutar del conocimiento y de la investigación. Como mucho aspiramos a desenvolvernos... con cierta vergüenza y con poco entusiasmo.

De repente, en el mercado español, aparece un libro histórico de título enigmático, quizá prometedor, El queso y los gusanos. Cuando cae en nuestras manos nos asombra y nos imanta. No es el tipo de libro que hemos leído en la carrera. No es el manual de que nos hemos servido habitualmente. Tampoco es la obra rigurosamente académica que nos ciñe. No es el volumen previsible que nos saca de dudas. Es más: este libro nos confunde, nos inunda en un mar de dudas.

Es una obra que poco o nada tiene que ver con lo que por entonces es habitual o corriente en la historia académica de nuestro país. Y, por supuesto, poco corriente en lo que leemos y estudiamos en el graduado. Es un título indescifrable, equívoco, incluso repugnante (por aquello de los gusanos...). Pero es un rótulo que después descubriremos como metáfora: la que servía a su protagonista, un molinero llamado Menocchio, para expresar su cosmovisión, una concepción campesina del siglo XVI. De repente aprendemos a una cosa: cualquiera, por rutinario o escaso que sea su pensamiento, es capaz de expresar algo. De improviso constatamos un dato: hasta el tipo menos relevante tiene algo que decir.

Este descubrimiento, aparentemente banal, nos aturde y nos despierta. Resulta que la Historia no es materia obvia. Resulta que podemos averiguar muchas cosas sobre la naturaleza humana. No se trata de acumular erudiciones. Se trata de reunir datos, pruebas o fuentes que confirman la peculiaridad y humanidad de los individuos.

El libro, El queso y los gusanos, da todo el protagonismo a un tipo menor, a un humilde aldeano que piensa, quien cavila, que ve cosas, que imagina un mundo, el suyo, próximo, local; que imagina la Tierra, un planeta del que tiene un conocimiento limitadísimo, un dominio que se representa con el sesgo característico de la población rural. Él es efectivamente un aldeano.

Para describirlo, ese molinero llamado Menocchio hace uso de sus propios recursos culturales, la utillería mental. Es decir, se vale de imágenes populares y frecuentes de la vida campesina, como la fermentación del queso o la aparición de los gusanos. Etcétera. Todo ello le sirve para expresarse metafóricamente, que es el modo de enunciar las cosas de manera más explícita. Todo ello le sirve para describir el nacimiento de los seres humanos y de la vida. Habla del mundo y habla de su origen..., sin concurso de Dios, sin concurso de lo trascendente. Menocchio lo expresa consciente e inconscientemente.

Con ser muy relevante no nos deslumbró de este libro el análisis del ateísmo. Lo que nos deslumbró fue su escritura, las formas expresivas, y el uso de la prueba, del documento que aporta datos. Nos deslumbró esa manera de escribir y de administrar la información, ese modo de plantear conjeturas y, por tanto, ese modo de especular con moderación y sentido. Dos jóvenes licenciados leíamos un volumen de historia en que los moldes académicos no ahogaban las formas de expresión propiamente literarias. No era poca cosa en dos muchachos que devoraban novelas, que disfrutaban con la ficción.

Carlo Ginzburg es hijo de Natalia Ginzburg, una autora de mucho renombre en la cultura contemporánea de Italia, una autora de gran valor en las letras universales, una novelista que le influyó muy positivamente, inspiradora de lecturas variopintas en el futuro historiador, lecturas que a él tanto le marcaron.

Me refiero a Marcel Proust o a Carlo Levi, pasando por los clásicos rusos, que a Carlo le venían por tradición paterna, del judío ruso Leone Ginzburg, un hebreo oriental afincado en Italia y del que él aprenderá tantas y tantas cosas que luego podrá aplicar en el mundo de la edición. Leone Ginzburg será, fue, uno de los fundadores de editorial Einaudi de Turín.

Lo que me deslumbraba y me sigue deslumbrando de esta cultura es la libertad, la libertad intelectual, la capacidad de mezclar, la posibilidad de juntar referentes altos y bajos, distantes, lejanos, que de entrada no tienen que ver entre sí y que, por hibridación y mezcla, acaban produciendo unos resultados insólitos inesperados. Hay que ponerse en la posición de dos jóvenes españoles licenciados en 1981.  

De entrada, El queso y los gusanos es un libro pensado en un ámbito académico con los recursos de dicho medio. Pero es un volumen escrito para lectores cultos, como éramos cualquiera de nosotros (midcult), cultos, en fin, aunque no necesariamente expertos en historia moderna. Al lector de El queso y los gusanos no se le exige saber o conocer el estado del Fruili, del norte de Italia en el Cinquecento. Tampoco el estado de la comarca de Montereale. Al lector se le proporcionan los datos esenciales que le permitirán acceder a un ámbito campesino y popular en donde también se leía, un mundo local en donde se transfería información más allá de los controles y de la vigilancia y de la censura de la Inquisición.

No sé particularmente si Carlo Ginzburg quiso escribir un libro de estas características. No sé si en su cabeza estaba algo así. Yo, sí. Yo siempre admiré esa forma de escribir y modestamente he querido que algo de lo que yo he escrito después, con mis inhabilidades, se pareciera mínimamente a lo que Ginzburg logró a la altura de 1976.

El queso en los gusanos no era sólo una obra de historia, sino que era una pieza literaria. Literaria. Digamos qué significa tal cosa: letra, dominio de la expresión, fórmula sintáctica. Eso implica que era una obra construida formalmente con sumo cuidado, con esmero, administrando la información de modo estratégico y utilizando las palabras exactas, justas, precisas, que el autor quiere utilizar para provocar un efecto.

¿Acaso está reñida la literatura con la historia? ¿Acaso la historia y la literatura no son géneros equiparables o, en fin, próximos? ¿Qué respondería un historiador, un investigador? Sin duda, no hay que mezclar la novela con la historia si por tal se entiende la ficción y la verdad, la invención y la búsqueda de la realidad documental. No hay que confundir ambos dominios aun cuando ambos pertenezcan al género de la imaginación: la literatura es imaginación.

La historia es imaginación, pero la novela es algo más o algo menos: el autor se vale de todas las licencias posibles para poder sobrepasar lo real, para poder inventar lo que no hay. En el caso de la historia, la documentación, el archivo, las fuentes no impiden la imaginación. Exigen la imaginación. ¿Qué entendemos por tal? Las hipótesis, equivalentes a conjeturas. La historia completa aquello que la fuente directamente no te puede proporcionar. Es, pues, una reconstrucción tentativa, pero fundamentada. Es un examen pericial de datos incompletos. Es un análisis de una realidad siempre parcial o fragmentaria.

Es un puzzle con piezas incompletas que, gracias a la imaginación del historiador, se añaden y se postulan de manera conjetural. Pero la conjetura no es la pura arbitrariedad. Como muy bien dijo Umberto Eco ante un enigma, ante una pesquisa, debemos postular siempre la conjetura más razonable para ir descartando paso a paso aquello que no es satisfactorio para finalmente llegar, aunque sea al estadio más inverosímil, a la explicación finalmente más razonable.

Brújulas y mapas de lectura: La microhistoria. Los burgueses. La historia cultural. Novela y experiencia

IV. Nuestro interés por la microhistoria se materializó por vez primera con la redacción del artículo “El ojo de la aguja”, un artículo que Pedro Ruiz Torres nos había pedido a Anaclet y a mí para el número monográfico que estaba preparando para la revista Ayer. Dicha publicación es el portavoz oficial de la Asociación Española de Historia Contemporánea. Lo que Ruiz Torres estaba organizando era un número, un dossier, dedicado a la Historiografía. Debíamos dedicar nuestras páginas a explorar la microhistoria, a aclarar el itinerario seguido por esta corriente o, mejor, por algunos de sus principales contribuyentes. Entre ellos, por supuesto, Carlo Ginzburg.

Nuestra lectura de El queso y los gusanos, diez años atrás, nos había conmocionado. Y nos había convencido de una idea. Lo académico, incluso lo más abstruso, no tiene por qué ser tedioso o no tiene por qué presentarse de una forma mortalmente convencional.

Es por eso por lo que al escribir “El ojo de la aguja” decidimos ser libres. Sé que suena pomposo y hasta cursi. No es necesariamente así. Éramos jóvenes, contábamos treinta y dos o treinta y tres años, éramos ya profesores funcionarios, recientes y con nuestro puesto asegurado. Eso nos concedía un margen de ensayo, de escritura con cierto atrevimiento y con aspectos formales o propiamente literarios.

Con la inocencia de la juventud y una cierta temeridad decidimos escribir un artículo académico rompedor. O eso creíamos y deseábamos hacer. En cualquier caso, aspirábamos a escribir un trabajo libre, sin ciertos peajes, propios del academicismo más formal o más severo. El academicismo..., por supuesto no pudimos desprendernos enteramente de ciertas rigideces de la Academia y de las exigencias que la Universidad nos impone e imponía.

Las dos primeras citas, los dos primeros exergos, que encabezan el artículo son bien relevantes: un extracto corresponde al novelista portugués José Saramago; el otro pasaje corresponde al escritor inglés G. K. Chesterton. Hoy día, que un trabajo de historia vaya encabezado por ambas citas no tiene nada de sorprendente. Es más, puede parecer irrelevante o secundario, perfectamente asumido por la Academia. Pero en 1993, que es cuando se publicó el artículo, era una pequeña audacia.

Dos jóvenes profesores empezaban un artículo académico con dos citas literarias que, de entrada, poco o nada tienen que ver con lo habitual o propio del ámbito historiográfico. Esos exergos eran dos instrucciones de lectura, pues nos proponía dos formas de ver la historia, la menuda y la grande.

En realidad, no era para tanto, pues en efecto el artículo fue esencial y escrupulosamente académico. En ese ensayo reuníamos no solo los datos contrastados y las influencias de la cultura historiográfica italiana. No sólo mencionábamos los detalles menos conocidos (en España) de la microhistoria inspirada básicamente por Ginzburg. En realidad, en ese artículo mostrábamos también una forma de concebir la investigación relacionando la literatura con la escritura. En ese texto apelábamos igualmente a la metacomunicación, al metaanálisis. Lo que nos deslumbraba de Ginzburg era su formación, su información y su construcción propiamente literarias, que no eran pega ni obstáculo para la investigación rigurosa. La literatura, el acceso al pasado a través de la literatura, nos puede servir para entender mejor a los antecesores.

Ese artículo quiso ser exactamente la reflexión de dos jóvenes investigadores de treinta y tantos años, tímidamente audaces, que tenían todo un mundo académico por delante, un porvenir profesional por hacer. Habían estudiado y se habían formado en la Universidad española, pero a la vez sentían que había otras formas de escribir y de pensar, percibían que había otros modos de investigar.

Por un lado, el artículo es muy erudito. Teníamos que demostrar que conocíamos bien el objeto de estudio. Pero, por otro, el texto, el ensayo quería ser y hacer un ejercicio de libertad, pues implicaba tomarnos ciertas licencias frente a la rigidez del mundo académico. Sé que es difícil combinar ambas cosas, la erudición y la libertad, lo histórico y lo literario, pero en cualquier caso esa fue nuestra principal fuente de inspiración.

        Por lo que sabemos este artículo fue muy influyente en ámbito hispánico, pues ayudó a difundir la microhistoria y a mostrar su complejidad y atractivos, tareas o efectos que de ser ciertos nos enorgullecen, claro. En realidad, éramos menos audaces de lo que creíamos ser y, ahora, ese artículo lo vemos hasta convencional, pues nos ceñimos a los modos, a las reglas académicas de investigación, de comunicación, de difusión y, por tanto, de transmisión de los conocimientos. Es un texto que hoy no escribiríamos así.

Pero fue una etapa necesaria.

“El ojo de la aguja” (1993) tiene mucho que ver con el volumen Cómo se escribe la microhistoria, el libro que publicamos en el año 2000. Se trata de una obra aparecida siete años después del artículo. Entre ambos hay experiencias nuevas y hay muchos elementos comunes: en principio tratamos el mismo objeto, el mismo asunto. Y, por supuesto, en principio ambos textos tienen por protagonista al mismo sujeto: Carlo Ginzburg. Sin embargo, son dos textos muy distintos. El primero de ellos es una radiografía imprecisa, pero aproximada, voluntariosa e informada, de una corriente historiográfica.

Cómo se escribe la microhistoria era, más precisamente, la reconstrucción de un libro (Il formaggio e i vermi), el rastreo de una edición, la búsqueda sin descanso de una obra y sus efectos. Es también la exhumación de un mundo, de una cultura, de una intelectualidad, la italiana de posguerra. Es un sondeo, una aproximación al dominio personal, académico y editorial que hace posible un libro, pronto convertido en clásico.

Queríamos averiguar no sólo el contexto de la obra y su repercusión, no sólo el fenómeno de la recepción, sino también su retórica compositiva, sus formas expresivas, el modo de escritura, la administración de los datos. Queríamos averiguar cómo el autor se convierte en narrador, cómo el protagonista se convierte en un personaje evanescente y presente, manifiesto pero latente, situado en el centro de la trama, aunque a la vez inaprensible.

El molinero Domenico Scandella, Menocchio, es un personaje estudiado, examinado, aherrojado por los inquisidores. Es decir, por la principal institución interrogadora. Y, sin embargo, Menocchio se escapa. Será ajusticiado, pero se escapa, pues hay unas partes de sí, de su identidad confusa, que a los inquisidores y al historiador les resultan indescifrables e inagotables.

Una de las citas de autoridad que inserta Ginzburg en libro, una de las citas que preceden, es de Walter Benjamin y alude justamente a esto. Los antepasados, aquellos a los que reconocemos y en los que nos reconocemos, tienen partes, hablas, actitudes, hábitos que nos resultan incomprensibles, casi encriptados. Por muchos datos que tengamos, por muchas fuentes que acopiemos, por muchos archivos que consultemos, siempre nos quedará sin resolver el sentido o una parte del sentido que esos personajes les dan sus respectivas existencias. Eso les restituye una suerte de potestad sobre sus vidas, pues sus historias no son evidentes o intercambiables.

Muchos años después, en 2019, hemos publicado Microhistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg. Este último volumen es una revisión exhaustiva, completa y definitiva de la obra de 2000 (Cómo se escribe la microhistoria). Efectivamente han pasado muchos años y la microhistoria no está en las mismas condiciones y Carlo Ginzburg ha cambiado su orientación, su trayectoria siguiendo un derrotero de investigación y de publicación que no es equivalente al de 1976.

Por otra parte, tampoco nosotros somos esos jóvenes profesores del año 93 o del 2000 que analizan y homenajean a la figura egregia de la historiografía. Por supuesto, el nuevo libro recupera parte de lo que fue aquel volumen del año 2000, pero es distinto. Por el enfoque y por los materiales. Añade cosas absolutamente nuevas que sirven para examinar esa historia posterior. Además, el volumen añade un par de entrevistas, una de las cuales se la hicimos nosotros a Carlo Ginzburg. Y añade también un texto autobiográfico inédito en español del propio historiador. Por otra parte, la obra tiene como reclamo, como motivo gráfico, una fotografía en la cubierta del propio Ginzburg, un Ginzburg pensativo, que camina y cavila, un paseante que avanza enérgico y a tientas. La fotografía puede tomarse como ejemplo de cómo mira la historia, de cómo enfoca las pesquisas históricas. Es una imagen bellísima.

Pero dejemos a Ginzburg. Me pregunto por La ciudad extensa, un libro de 1992, del que también somos autores Anaclet Pons y yo mismo. Para poder escribir ese volumen, que hoy vemos como un volumen defectuoso y con muchas carencias, tuvimos que emplear muchas horas de archivo, horas en los archivos municipales, notariales, en el Archivo del Reino de Valencia, en los archivos de los escribanos de Madrid.

Podemos decir que ese libro comenzó a la altura de 1980, justo cuando Anaclet Pons y yo acudimos por primera vez a la Real Sociedad de Amigos del País y descubríamos ese mundo de burgueses ilustrados, de comerciantes inquietos vinculados a la Europa culta, ese mundo de informados lectores. Desde entonces, el tema burgués es un asunto intermitente en la biografía de ambos, en la de Anaclet y en la mía, una de las razones por las que hemos escrito conjuntamente distintas obras. Entre artículos y libros no menos de diez contribuciones en donde tratamos de ver y de reconstruir la vida privada, la vida pública, el comportamiento íntimo, la expresión pública, sus formas de existencia en la Valencia del siglo XIX.

A mi vuelta de Italia puedo decir que la preocupación teórica acerca de la burguesía y lo burgués se había incrementado notablemente, no porque yo trajera a Anaclet la buena nueva, sino porque él desde un lado y yo desde otro veíamos la necesidad de interrogarnos teóricamente sobre el fenómeno burgués y sobre lo que la historiografía europea había estado produciendo: la alemana, la italiana y la francesa principalmente.

¿Cómo llegamos Anaclet Pons y yo a los burgueses? Por su parte, el análisis de la propiedad de la tierra, de la desamortización y por tanto de la puesta en el mercado de los bienes rústicos y urbanos le llevó a los grandes propietarios. Le llevó a un mundo burgués terrateniente, pero también vinculado al comercio y a las finanzas. Por mi parte, el análisis de la prensa valenciana y española del siglo XIX y concretamente el análisis de un periódico liberal-conservador, La Opinión, que defendía los intereses materiales del principal financiero y comerciante de valenciano.

Me refiero a José Campo, luego ennoblecido por Alfonso XIII con el título de marqués de Campo. Su estudio me permitió analizar el papel de la prensa, del periodismo, en los albores de lo sociedad liberal y por tanto me permitió ver cómo se creaba la opinión pública y cómo se enfrentaban los distintos intereses materiales, cómo se debatía en la liza política, en la lucha parlamentaria, en la confrontación municipal.

Es más, Anaclet Pons y yo pensamos que hay una fórmula muy atinada para describir el mundo de conflicto y negocio que había en la Valencia del Ochocientos. Es aquello que Ernest Lluch, siguiendo a Marx, había denominado “capitalismo monopolista de municipio”. ¿Qué es eso del capitalismo monopolista de municipio? La expresión procede de Karl Marx y hace referencia precisamente a la mezcla, a la combinación de poder político y poder económico en esfera local. Alude también al control de las finanzas municipales y la proyección y creación de infraestructuras.

Las mejoras urbanas, el transporte, el desarrollo de la banca, la industria sedera, la propiedad de la tierra… Todo ello era un repertorio de actividades compatibles para los burgueses de aquel tiempo. Eso nos permitió ver la pluralidad de actividades, comparando a estos burgueses locales con comerciantes, negociantes e industriales de otras partes del Mediterráneo, de otros países europeos del sur.

La actividad de estos burgueses no era sustancialmente diferente de la que emprendían sus equivalentes europeos y, por tanto, no había en Valencia un atraso cultural o material en la búsqueda del beneficio, en el desarrollo del capitalismo, en la actividad financiera, en la pequeña industria o en el comercio.

Esos distintos trabajos que fuimos publicando y que, en primer lugar, cristalizan en La ciudad extensa, son fruto de numerosas horas de investigación, de muchas visitas archivísticas, de mucha consulta documental. El resultado fue un conocimiento aproximado, nada normativo, sino empírico. Eso sí, con reflexión y tensión teóricas. En la esfera local nos planteábamos preguntas acerca de la conducta burguesa el Europa del Ochocientos.

Por supuesto eso implicaba el ejercicio de cierta historia local, implicaba igualmente el uso de la microhistoria, implicaba el análisis de la esfera municipal y colectiva e implicaba también el estudio de la conducta de individuos. Son individuos que buscan la optimización del beneficio, pero que también tienen cargas sociales y familiares y de representación. Descubrimos un mundo de representación burguesa en donde el teatro, propiamente la teatralización de la vida pública, era un elemento esencial. No son burgueses dedicados exclusivamente al ahorro y a la reinversión, sino también individuos con familias que debían mostrar su riqueza, que debían mostrar sus cualidades y sus caudales, que debían mostrar su patrimonio y su linaje.

Muchos años después, en 2012, escribimos y publicamos un nuevo libro, titulado Los triunfos del burgués, que bien puede ser considerado como la quintaesencia de La ciudad extensa y a la vez su superación. Le dimos un tono mucho más narrativo, una prosa quizá más atractiva para el lector no académico. En ese volumen mostrábamos los burgueses al desnudo, el descubrimiento de esas vidas y esas conductas. Todo esto sin dar nada por supuesto y por tanto informando y documentando aquello que era una pesquisa y a la vez una revelación.

Los triunfos del burgués comenzaba en 1909, con motivo de la Exposición Regional Valenciana y de los eventos que se organizaron en torno a este hecho. Como sabemos, las Exposiciones eran acontecimientos y exhibiciones, ostentación y revelación ante el mundo. Todo había comenzado en 1851, en Londres, con su Exposición Universal. Desde esa fecha venían desarrollándose en distintas partes de Occidente. ¿Para qué cosa? Para mostrar los mejores materiales, las producciones industriales, los logros artísticos, las genialidades de la especie humana: todo ello a modo de feria, de exposición, de mercado. La Exposición Valenciana de 1909 era un modesto acontecimiento, un evento a pequeña escala. Pero ese hecho bien publicitado reunió a visitantes de todas partes, que acudieron a contemplar edificios permanentes y efímeros, una arquitectura bien florida, muy ornamental. Aquello era obra de una burguesía local relacionada completamente con la propiedad la tierra, con el cultivo y la explotación del arroz, de la naranja. Aquello era la representación simbólica del valenciano y de lo valenciano. En el libro, la Expo la presentamos como cronistas, casi como corresponsales del evento.

A partir de este hecho concreto, en ese volumen lo que hacemos es remontarnos en el tiempo, al largo siglo XIX, para buscar las fuentes sociales y culturales de esos burgueses. Para buscar los orígenes de esos burgueses que se habían representado al mundo en la exposición. Por tanto, reconstruíamos otra vez sus formas de vida y relación, sus familias, los modos de existencia y de vivencia, las maneras de morir, la infancia, las relaciones matrimoniales. En fin, exhumábamos todo aquello que podía mostrarnos un mundo en pequeña escala. Nosotros obrábamos como el Diablo Cojuelo: mirábamos, levantábamos figuradamente la tapa de los edificios y observábamos en el interior.

La historia local, la mejor historia local, y sobre todo la microhistoria, el microanálisis, no estudian las aldeas, las ciudades, los pueblos, las poblaciones. Estudia en las aldeas, en los pueblos, en las poblaciones... qué pasa y qué no ocurre, cosas, aspectos, problemas y cuestiones que son locales y universales. De lo que se trata es de averiguar cómo resuelven unos nativos un problema que es general.

Entre La ciudad extensa y Los triunfos del burgués publicamos distintos trabajos que ejemplificaban, anticipaban o condensaban los datos, las informaciones documentales, la investigación que llevábamos a cabo sobre el mundo burgués valenciano.

Concretamente, yo destacaría dos libros. Primero, Diario de un burgués (2006), que era la reconstrucción de la mentalidad y de las concepciones geográficas y turísticas que tenía un valenciano distinguido, alguien que viajará por toda Europa en la segunda mitad del Ochocientos y que irá anotando en su diario registro de los destinos familiares a los que llegaba: particularmente, Londres y París. A partir de ese diario original, que tiene alrededor de mil páginas, a partir de esos documentos, estudiamos otros muchos para reconstruir la familia y las relaciones. Es decir, resulta un auténtico trabajo de microhistoria, la rehabilitación de un individuo y de su red de relaciones, aquellas que lo constituyen culturalmente, socialmente.

Ese libro no era una mera descripción del diario original, sino una reconstrucción a partir de esa fuente y otras muchas fuentes. El personaje principal de ese libro es José Inocencio de Llano White, casado con Elena Trenor. Ambos formaban parte de las familias principales, de las buenas familias de la localidad; ambos formaban parte de los personajes distinguidos, propietarios, políticos comerciantes e industriales que vinculaban matrimonio y patrimonio.

Precisamente pasado el tiempo, en 2009, fuimos comisarios y organizamos una exposición, que fue, que se tituló Trenor. La exposición de una gran familia burguesa, en donde mostramos y analizamos un linaje, un apellido de origen irlandés (Trenor) afincado en Valencia a principios del siglo XIX y que dará lugar a un entramado familiar importante, distinguido, relevante no sólo en Valencia, sino también en toda la cuenca mediterránea. En realidad, no es extraña la presencia de irlandeses. Las guerras napoleónicas trajeron súbditos de La Corona, concretamente irlandeses que se afincarán precisamente en la costa, en las ciudades prósperas en donde podrán aplicar sus habilidades en el comercio y la industria.

Dentro de este análisis del mundo burgués, un aspecto aparentemente menor, pero a la postre muy relevante fue la realización de otra Exposición. En este caso, los comisarios fuimos Encarna García Monerris, Salvador Albiñana, Isabel Burdiel y yo mismo. Será una muestra dedicada a la fotografía del Ochocientos: más concretamente a la carte de visite, a la tarjeta de visita, ese formato pequeño que servía a los burgueses para mostrar su identidad y organizar encuentros, tarjetas que tenían en su anverso la fotografía de estudio del burgués y en su reverso notas. Las tarjetas de visita nos enseñan por una grieta minúscula el pequeño mundo burgués representado fotográficamente: cómo pasaban o gastaban el tiempo, cómo se mostraban, las galas con que se retrataban y por tanto de qué modo se inmortalizaban... A imitación y ejemplo de la nobleza y de la realeza, los burgueses adoptaban poses y actitudes semejantes a las de los grandes, poses y actitudes heredadas de la tradición pictórica.

¿A qué adscribir nuestras investigaciones sobre la burguesía y los burgueses? Podrían calificarse desde el punto historiográfico como historia social. Pero yo prefiero identificarlas como historia cultural. ¿Eso qué significa? Significa analizar sus formas de ver, de comprender, de entender el mundo que rodea a esos burgueses. Y, por tanto, significa ver, entender y comprender la cosmovisión que heredan o elaboran para designar y enfrentarse al mundo.

Más allá del estudio empírico y más allá del estudio archivístico, la consulta documental, el caso es que, en un determinado momento, a principios de la década del 2000, Anaclet Pons y yo recibimos un encargo del editorial Akal, concretamente de Elena Hernández Sandoica. ¿Con qué fin? Pues el de escribir un ensayo -que no manual- sobre la historia cultural. Ese libro, que se publicó primeramente en 2005, ha tenido una segunda edición, en 2013.

Se concibió de una manera singular, de la que estamos satisfechos. Como digo, no era un libro de texto en el que se incorporaran las últimas o penúltimas novedades acerca de la historia cultural que en los diferentes países se habían desarrollado entonces. De lo que se trataba era de mostrarle al lector cómo se escribe la historia cultural, cómo se analiza desde un punto de vista cultural, partiendo del concepto mismo de cultura y sobre todo subrayando los temas los autores y los lugares en donde la historia cultural ha tenido un desarrollo más notable.

Me refiero a París por supuesto y a Princeton, a la Escuela de Altos Estudios de París, pero también la Universidad de Princeton. Y me refiero entre otros a historiadores como el propio Carlo Ginzburg, Peter Burke, Roger Chartier, Natalie Zemon Davis. Son historiadores de distintas nacionalidades que, entre ellos, constituyen lo que llamamos en el libro un Colegio Invisible, un aula sin muros.

Repito. Son historiadores de distintas nacionalidades que comparten hábitos y procedimientos sin ser todos de la misma generación. Lo cierto es que son autores o historiadores nacidos entre 1939 y 1946. Es decir, son historiadores que crecieron en la posguerra y que maduraron bajo la prosperidad europea de los años sesenta. Son historiadores cuyas primeras investigaciones oficiales se publican a finales de los años cincuenta o principios de los sesenta, fuertemente influidos por el marxismo británico o por la propia Escuela de los Annales.

¿Cuáles son los temas que triunfan entre los sostenedores y entre quienes fueron los pioneros? Pues, de entrada, la cultura escrita y particularmente no tanto los libros como la lectura: ¿de qué manera se leía tiempo atrás?, ¿cómo se leían los libros? y, por tanto, ¿qué uso, qué pragmática concreta aplicaban los antepasados? Cuando leemos somos menos originales de lo que queremos o creemos ser.

En el fondo reproducimos hábitos, costumbres, tradiciones que nos llegan, formas de vida y de sentido que conferimos al mundo y que nos sirven para descodificar precisamente los libros y los géneros a los que pertenecen esos libros. Los estudios de Robert Darnton o Natalie Zemon Davis o Stephen Greenblatt son verdaderamente clásicos de la historiografía.

Pero no sólo eso. El mundo audiovisual, como no podía ser de otra manera, también ha sido objeto de títulos: al fin estos historiadores nacieron, crecieron y maduraron con la primera oleada de la cultura de masas, con la americanización del mundo, con el triunfo de la del cine y la televisión y por tanto con el dominio de la imagen. La imagen... En este sentido son célebres los estudios de Peter Burke sobre el arte del Renacimiento, sobre el Humanismo. En ese sentido es igualmente afamado el estudio del propio Carlo Ginzburg sobre Piero della Francesca.

El análisis de la pintura y el análisis de la representación del poder fueron y siguen siendo temas predominantes, muy relevantes de estos historiadores. Pero también el teatro. Estoy pensando, por ejemplo, en los estudios de Roger Chartier -la mar de reveladores- sobre la escena española del Siglo de Oro, sobre Shakespeare y sobre las relaciones (o no) entre Cervantes y el dramaturgo inglés. Pero estoy pensando también en el Nuevo Historicismo en Stephen Greenblatt.

En fin, el teatro, la imagen, la cultura escrita..., ¿cómo llegaban a las clases populares? La historia cultural no es sólo el análisis de las grandes producciones y de las creaciones egregias de la humanidad, sino también el análisis y el estudio de las producciones de baja estofa, de poca calidad, esas producciones que son o eran usadas, leídas, disfrutadas y escuchadas por parte de las clases populares. En este punto se nota claramente la influencia del marxismo británico y se nota claramente la influencia de autores como Edward Palmer Thompson, como Raymond Williams, entre otros: estudiosos que desde el marxismo hacen hincapié en la cultura popular, en la History From Below.

Por supuesto en la historia cultural nos interesa no sólo lo que los grandes investigadores dicen, sino también lo que aportan autores, tradiciones y corrientes de otras disciplinas. Estoy pensando otra vez en Antonio Gramsci, en Umberto Eco, etcétera. Gramsci y su aventajado discípulo. Sobre Umberto Eco la editorial La Puerta Grande, de Madrid, me encargó un libro que finalmente llevó por título Leer el mundo. Visión de Umberto Eco. Fue un placer y una ilusión y una retribución.

Dentro de la historia cultural, pero más allá de la historia cultural, yo particularmente he dedicado mucho tiempo, horas y esfuerzos al análisis de la historia literaria. No soy especialista en historia de la literatura. Sólo soy historiador y lector, lector voraz de novelas desde que era pequeñito. Pronto pensé y ahora sigo pensando que la ficción es una materia fundamental para el conocimiento histórico. ¿Por qué razón? Buena parte de nuestras vidas se consuma en la ficción, en lo que fantaseamos, en lo que soñamos, en lo que deseamos y no logramos. Y buena parte de nuestras decisiones se fundamentan en fantasmas más que en realidades, en miedos más que en hechos concretos.

De todo eso hablan las novelas precisamente y las novelas son leídas por muchos o pocos lectores y sobre esos lectores las ficciones tienen efectos, tienen consecuencias. Entre otras razones, las novelas interesan a los historiadores por una razón bien simple: resulta que los lectores que son sujetos históricos leen ficciones e incluso pueden acomodar sus vidas a los ejemplos o modelos de personajes de ficción. ¿Acaso creemos que don Quijote no ha influido a nuestras vidas? ¿Acaso creemos que Madame Bovary no ha tenido un efecto decisivo en tantas y tantas mujeres y varones del Ochocientos y del Novecientos?

La gran novela, pero también la pequeña obra literaria, ha tenido consecuencias en nuestras formas de vida, en nuestras concepciones del mundo, en nuestras ideas sobre la realidad. Con las novelas husmeamos, cotilleamos: cotilleamos en la vida privada de las naciones, como decía Honoré de Balzac. Con las novelas podemos adentrarnos en un universo paralelo, en un mundo posible. Es un mundo alternativo que tiene, por supuesto, préstamos del mundo real, traslados de la materialidad y también una representación lógicamente inventada, distanciada de la realidad.

De las novelas, además, los seres humanos aprendemos, lo sepamos o no, a ponernos en el lugar del otro o de los otros, a tener imaginación moral, a plantearnos qué habríamos hecho nosotros mismos de haber estado en el lugar de ese personaje o protagonista que sufre o experimenta todo tipo de avatares y vivencias.

He dedicado varios libros a la relación entre historia y literatura. Uno de ellos fue Héroes alfabéticos (2008), que recibió un Premio de la Crítica Valenciana. He publicado también otro libro, La imaginación histórica (2012), dedicado a examinar distintas novelas y distintos novelistas, distintos varones novelistas del siglo XX y XXI. Mereció otro Premio, este caso de la Fundación Lara. Y, en fin, he estudiado especialmente a dos autores que me interesan de manera particular, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas. En ellos encuentro no un reflejo del mundo real, un traslado de la España realmente vivida, sino una España potencial en parte hecha de retales, trozos y desechos del mundo real. Y en parte de vivencias absolutamente particulares y subjetivas de los autores convertidos en narradores y convertidos en protagonistas, desdoblándose en personajes a los que prestan su voz y prestan sus concepciones.

Creo que con las obras de Antonio Muñoz Molina y de Javier Cercas, cada uno a su manera, puede aprenderse mucho de la España que fue y no fue, de la España que se truncó con la Guerra Civil, de la España que se facturó con la larga dictadura y de la España que empezó a rehacerse culturalmente remedando y remendando una tradición rota por las largas décadas del franquismo.

Escribir en las redes: poligrafía. Ciudadanía digital; periodismo cultural

Bajo Franco

Coda: [A y desde] los sesenta

V. Aparte de historiador académico, una parte de mi trabajo intelectual está dirigido a escribir, incluso a escribir mucho muchísimo, hasta demasiado diría yo, sobre cuestiones públicas, políticas, sociales, culturales en distintos medios y soportes. Publico o he publicado en la prensa escrita, por ejemplo El País, en mi blog, Los archivos de Justo Serna, y en mi muro de Facebook. ¿Por qué escribo tanto y sobre tanto?

En primer lugar, porque es lo que mejor creo que sé hacer. En segundo lugar, porque siempre me deja insatisfecho lo que escribo y, por tanto, me obligo a intentarlo de nuevo. La insatisfacción hacia lo que uno escribe hace que escriba más, pero no sé si a ello también contribuyen la lectura voraz y la consulta de la documentación, la simple curiosidad. Te llega tanta información que debes sanearte, expulsar entonces cuanto atesoras, cosa que yo hago cuando escribo y en cuanto escribo: expulso y me aligero.

En este punto, yo siempre recuerdo y repito aquello que decía Sherlock Holmes en Estudio en escarlata. Nada más conocerse, el doctor Watson preguntaba al detective porque sabe tanto de tantas cosas y sabe tan poco de otras tantas. La respuesta de Holmes es impecable. El cerebro, dice, es como un ático pequeño en donde caben una serie de muebles. Para meter nuevos objetos hay que quitar los viejos.

Dice Holmes: «...“You see”, he explained, “I consider that a man’s brain originales is like a little empty attic, and you have to stock it with such furniture as you choose”... ». Y añade: «... “It is a mistake to think that that little room has elastic walls and can distend to any extent. Depend upon it there comes a time when for every addition of knowledge you forget something that you knew before. It is of the highest importance, therefore, not to have useless facts elbowing out the useful ones” ...»

Escribir para mí es como sacar los muebles del ático y, por tanto, dar o dejar un espacio para ingresar, para introducir nuevas referencias, nuevas cuestiones que me interesan.

Creo que soy una persona muy caprichosa a la que se pueden amontonar los muebles. Leo mucho y leo por gusto o por placer. Y eso hace que todo ello fermente. Cada vez más me cuesta más centrarme en un objeto de estudio y dedicarle horas, semanas o meses a esa cuestión. Prefiero la pluralidad de intereses y, por tanto, estar despierto a un mundo tan variado, con tantos reclamos que me cautivan.

Por otra parte, me interesa operar o intervenir a través de mis escritos. Yo en este punto me definiría un corredor de corta distancia. Hay corredores de fondo, que pueden dedicar todo su entrenamiento y todos sus esfuerzos a un único destino y a una única meta. Y luego hay corredores que son explosivos y expresivos. Es decir, que se agotan enseguida y que necesitan decir lo que tienen que decir. Y ello de manera contundente y persuasiva.

Cuando niño, en pleno franquismo, era bastante frecuente que nuestros mayores nos dijeran cosas como éstas: no te signifiques, no te pronuncies, que no te identifiquen. Vivíamos en una dictadura y pronunciarse públicamente era un riesgo. Aunque era un niño, evidentemente el adolescente que luego fui si se pronunciaba, si se pronunciaba políticamente, podía correr riesgos graves. Con toda seguridad, yo nunca supe llevar una vida de militancia política, pero probablemente sí que quise pronunciarme al modo del periodista, del columnista. Me atraía la prensa, pero no tanto por hacer reportajes o crónicas, sino por el género que más me gusta, que es el artículo de fondo, el que alumbra una opinión, ese espacio corto de caracteres, muy limitados, que te obliga a proporcionar información y evaluar una situación. A aportar algún dato, a aportar alguna erudición y finalmente a saldar la cosa con alguna broma o guasa que te congracie con el lector.

Mis libros Bestiario español (2014), La farsa valenciana, (2013), etcétera, responden a este tipo de escritura, escritura periodística, escritura de opinión, con información y expresión gracias a las que me pronuncio políticamente. Me he pronunciado a lo largo de los años: en Cartelera Turia, en El País, luego en el diario Levante y luego otra vez en El País y ahora nuevamente en Turia. Son artículos políticos, pero son sobre todo artículos de análisis cultural de la política, del comportamiento político, de los personajes, grandes o pequeños, de la política local.

Entre el sarcasmo y la realidad siempre preferiré la ironía. Yo soy una persona muy moderada y el sarcasmo me parece un exceso. A mí no me sale escribir sarcásticamente. Puede que para ser burlón haya que ser cínico y estar amargado o avinagrado. En realidad, lo que yo prefiero es la ironía entendida como guasa moderada, como análisis, gracias a la cual la simpatía, la acidez y lo agridulce reflejan un cariño, un cariño crítico, una risa moderada.

Escribí Españoles, Franco ha muerto (2015) con mucho cariño. Entiéndaseme. Yo no soy un historiador especialista en franquismo, aunque finalmente he leído mucho sobre Franco y el franquismo, sobre el raquitismo de aquella dictadura. Creo tener una cultura historiográfica bastante amplia sobre el Caudillo de España. Pero Españoles, Franco ha muerto es también el relato de la vivencia, de una experiencia personal que yo trataba de objetivar. No son mis memorias del franquismo ni tampoco son los efectos que el franquismo ocasionó en mí a largo plazo.

Españoles, Franco ha muerto combina la visión amplia, general, de un país y una visión microhistórica, podríamos decir, incluso intrahistórica. En este libro, la subjetividad se materializa. Hay que valorar, expresar y sentir aquello que podía vivir un joven que salía del franquismo y que aprendía qué era la democracia cuando carecía conocimientos políticos de algún tipo.

Yo empecé a hacerme una idea más o menos aproximada de la política democrática justamente a partir de referencias informativas o intelectuales del antifranquismo dentro de España y fuera de España. Comencé a leer la revista Triunfo con apenas quince años. Era el semanario del antifranquismo tolerado y continuamente censurado, reprimido. Y empecé a escuchar la radio, Radio París, que era la emisión en castellano, en español, de información diaria sobre las vicisitudes del régimen en España.

Y esas cosas, cuando eres adolescente, te van marcando y te van interesando. La España de Franco carecía de partidos políticos legales y reconocidos. ¿Y eso por qué? Esto puede parecer muy ingenuo, pero no lo era para un muchacho, para un adolescente al que nadie había enseñado qué eran los partidos, qué era la libertad, qué eran los derechos, qué era la democracia. Al contrario, mi formación había sido un vilipendio de la República española, un sistema satanizado.

Por tanto, había que aprender desde cero, había que reconstruir quitándose la ingenuidad o el cinismo con los que nos educaban; había que hacerse con una cultura democrática, que no tenía. Quienes siempre han vivido bajo una democracia, quienes habían nacido en un sistema de tolerancia, me llevaban mucho adelanto porque las propias instituciones educativas enseñan precisamente lo que es una Constitución y los políticos, lo que es el sistema parlamentario, etcétera. Yo no sabía nada de eso, porque nada de eso se nos enseñaba en el colegio.

Bajo Franco, nosotros teníamos una asignatura que se llamaba Formación del Espíritu Nacional. En dicha materia se nos instruía en los Principios Fundamentales y en las Leyes Fundamentales del Reino. Es decir, se nos adiestraba, mostrándonos las virtudes y las ventajas del sistema franquista y del Movimiento, del Movimiento Nacional, que era base del Régimen. Por el supuesto carecíamos de todo conocimiento sobre el mundo político. Cada vez que pienso, me parece un milagro poder vivir en una democracia. Tampoco, los padres, nuestras respectivas familias, podían transmitir en el caso de que quisieran o pudieran una información extensa, fundada y fundamentada, sobre el sistema democrático...

En alguna ocasión, en alguna entrevista, alguien me preguntó si yo tenía vocación de historiador desde chiquitito. La respuesta es, por supuesto, que no. Cuando era pequeño únicamente quería ser lector, inducido por mi padre particularmente (según he dicho). Yo lo que quería era pasarme la vida disfrutando novelas, viviendo en su interior. Como uno no se puede ganarse la vida leyendo lo que le place, tuve que escoger una carrera de letras con la que alcanzar un trabajo remunerado. Barajé la posibilidad de estudiar Clásicas, Filosofía, Periodismo y finalmente Historia. Y escogí historia creyendo que tenía la mejor salida laboral.

Por supuesto el pasado me interesaba, pero la ficción me interesó mucho antes. Ahora no veo incompatibilidad entre una cosa y la otra no porque mezcle la ficción y el pasado real, sino porque -como antes decía de la ficción- podemos aprender muchísimas cosas acerca del comportamiento humano. Yo siempre me he definido principalmente como lector. Durante mi primer año de carrera universitaria, entre 1976 y 1977, un paro de profesores no numerarios -que eran los que habitualmente nos daban clase a los de primer curso- me desarboló. Se trató de una huelga que duró muchos meses, prácticamente todo, todo el curso. ¿Qué hice mientras tanto? Yo tenía la posibilidad de no trabajar, pues los estudios me los costeaban mis padres. Podía sobrevivir sin trabajar, sin tener que buscar un empleo remunerado. Vivía de mi familia, de la pensión de mi padre. Y eso me permitió leer sin parar durante meses y meses. Durante meses sin clase estuve leyendo sin apenas descanso. Yo creo que acumulé tanto que aún me nutro de muchas de aquellas lecturas, lecturas hechas con diecisiete años...  

Acabo de cumplir sesenta.

Miguel Taroncher es Doctor en Historia, egresado del Departamento de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia. Es docente e investigador de la Universidad Nacional de Mar del Plata, donde se desempeña como profesor adjunto regular del Área Teórico-Metodológica del Departamento de Historia. Se ha especializado en la investigación del discurso político en la prensa durante el golpe de estado de 1966 -La caída de Illia. La trama oculta del poder mediático (2009)-. Ha colaborado con trabajos sobre política y discurso en revistas nacionales y extranjeras. Miembro investigador del Grupo Historia y Memoria perteneciente al Centro de Estudios Históricos (CeHis).

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