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Pasado Abierto - Año de inicio: 2015 - Periodicidad: 2 por año
http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto - ISSN 2451-6961 (en línea)

Pasado Abierto. Revista del CEHis. Nº14. Mar del Plata. Julio-diciembre 2021.

ISSN Nº2451-6961. http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto

                                                                           

La nueva izquierda en la historia reciente de América Latina. Un diálogo entre Vania Markarian, Vera Carnovale, Ivette Lozoya López, Adela Cedillo y Sandra Jaramillo Restrepo

Nicolás Dip

                                                   Universidad Nacional Autónoma de México, México

nicolasdip@filos.unam.mx

Brenda Belén Castillo

                                                   Universidad Nacional de Córdoba, Argentina

brendabelencastillo29@gmail.com

Luciana Jáuregui Jinés

                                                   Universidad Nacional Autónoma de México, México

lucianajauregui@hotmail.com

Marco Antonio Sandoval

                                                   Universidad Nacional Autónoma de México, México

marcoasm01@gmail.com

Marlene Martínez Santiago

                                                   Universidad Nacional Autónoma de México, México

marlene.martinez.s@outlook.es

Mauro Rodríguez

                                                   Universidad Nacional de La Plata, Argentina

rodriguez.mauro11@hotmail.com

Recibido:        23/11/2021

Aceptado:        02/12/2021

Resumen

Con el objetivo de comprender las potencialidades y limitaciones del concepto de nueva izquierda en el estudio de las experiencias contestatarias de América Latina de los años sesenta y setenta, convocamos a un grupo de investigadoras de destacada trayectoria, pertenecientes a instituciones de distintos países de la región y de Estados Unidos. De esta manera, a continuación, reproducimos un diálogo entre Vania Markarian de la Universidad de la República de Uruguay, Vera Carnovale y Sandra Jaramillo Restrepo del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI) de Argentina, Ivette Lozoya López de la Universidad de Valparaíso de Chile y Adela Cedillo de la Universidad de Houston de Estados Unidos.

Palabras clave: Nueva izquierda, Historia Reciente, América Latina.

The new left in the recent history of Latin America. A dialogue between Vania Markarian, Vera Carnovale, Ivette Lozoya López, Adela Cedillo and Sandra Jaramillo Restrepo

Abstract

With the aim of understanding the potentialities and limitations of the concept of the new left within the study of the anti-establishment Latin America experience in the sixties and seventies, we invited a group of researchers with outstanding trajectory, from institutions in different countries of the region and the United States. In this way, below we reproduce a dialogue between Vania Markarian from the University of the Republic in Uruguay, Vera Carnovale and Sandra Jaramillo Restrepo from the Center for Documentation and Research on Left Culture (CeDInCI) from Argentina, Ivette Lozoya López from Valparaíso University in Chile, and Adela Cedillo from the University of Houston in the United States

Keywords: New Left, Recent History, Latin America.

La nueva izquierda en la historia reciente de América Latina. Un diálogo entre Vania Markarian, Vera Carnovale, Ivette Lozoya López, Adela Cedillo y Sandra Jaramillo Restrepo[1]

Presentación

Un tema importante en la historia reciente de América Latina es el estudio de los movimientos de protesta y de las experiencias revolucionarias de los años sesenta y setenta. En este campo, investigadoras e investigadores de distintos puntos de la región y de Estados Unidos recurren al concepto de “nueva izquierda” para indagar en sus dimensiones políticas, sociales y culturales. Desde las historiografías de sus respectivos países, han realizado valiosos aportes, a partir de estudios de caso o encuadres analíticos más amplios. Esto ha permitido nuevas miradas y pesquisas en un ámbito donde muchas veces priman las memorias y testimonios de los protagonistas de la época.

Los avances, sin embargo, no están exentos de discusiones y deudas pendientes. Una controversia importante está relacionada a la pregunta de si el término nueva izquierda es adecuado para representar a los grupos y actores que se identificaron como revolucionarios en ese período. A lo que se suma la necesidad de incrementar los estudios trasnacionales que sean capaces de proyectar la amplia “geografía de protesta” que caracterizó a esos años y entender la profunda circulación de personas y debates político-intelectuales en América Latina. La reconstrucción de estas redes plantea grandes desafíos a futuro, dado que involucraron a sectores sociales, políticos y culturales de diverso tipo, como partidos políticos, agrupaciones gremiales, intelectuales, movimientos estudiantiles, organizaciones guerrilleras y vanguardias artísticas, entre otros.

Con el objetivo de comprender las potencialidades y limitaciones del concepto de nueva izquierda en el estudio de las experiencias contestatarias de América Latina de los años sesenta y setenta, convocamos a un grupo de investigadoras de destacada trayectoria, pertenecientes a instituciones de distintos países de la región y de Estados Unidos. De esta manera, a continuación, reproducimos un diálogo entre Vania Markarian de la Universidad de la República de Uruguay, Vera Carnovale y Sandra Jaramillo Restrepo del CeDInCI de Argentina, Ivette Lozoya López de la Universidad de Valparaíso de Chile y Adela Cedillo de la Universidad de Houston de Estados Unidos.

Desde sus ópticas e investigaciones particulares, otorgan una serie de elementos historiográficos y sociológicos para abordar la nueva izquierda a nivel regional o a partir de casos nacionales concretos, como Uruguay, Cuba, Argentina, Chile, México y Colombia. También hacen alusión a interacciones transnacionales entre militantes e intelectuales de América Latina, Estados Unidos y Europa. Las perspectivas brindadas, además de sugerir orientaciones analíticas y metodológicas, dejan algunas preguntas no resueltas que en el futuro pueden generar insumos en las controversias sobre la temática. Finalmente, es importante señalar que este artículo es la continuidad del debate sobre nueva izquierda entre Eric Zolov, Rafael Rojas, Elisa Servín, María Cristina Tortti y Aldo Marchesi que publicó recientemente Escripta. Revista de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa (Dip, 2020).[2] 

El término nueva izquierda es una categoría utilizada en distintas épocas y países, pero sobresale en el estudio de las experiencias revolucionarias y contestatarias de los años sesenta y setenta en América Latina. Desde sus experiencias de investigación, ¿qué contribuciones o potencialidades presenta el uso analítico de ese concepto en la historia reciente latinoamericana, teniendo en cuenta dimensiones generales para la región en su conjunto o experiencias relevantes de países concretos?

Ivette Lozoya López: Desde mi investigación (2020), interpreto que la categoría de nueva izquierda resulta útil para analizar experiencias que involucraron a las izquierdas en los años sesenta y setenta en América Latina. Incluso me atrevo a decir que es posible extender esa categoría al análisis de la política actual en Chile. En términos generales, sigue siendo un concepto interesante que sirve como base común, pero que debemos ir ajustando, definiendo y reconceptualizando en función de los casos de estudio.

Todas las investigaciones llegan a cierto consenso en cuanto a sus categorías y esos acuerdos los usamos como premisa. En este marco, la categoría de nueva izquierda plantea, por un lado, una posibilidad y, por otro, una precaución. Respecto a la posibilidad, el concepto funciona como una premisa sobre una experiencia histórica reconocida que nos permite partir de un lugar y no estar continuamente volviendo a los orígenes. Cuando uno dice la palabra nueva izquierda, cualquier sujeto medianamente entendido sabe a lo que se refiere y que la categoría abarca una serie de experiencias, tiene ciertos juicios involucrados y, por lo tanto, es un punto de partida para conversaciones más profundas.

En cuanto a la precaución, justamente porque conocemos que existe una definición amplia en torno a una experiencia histórica que fue muy potente, hay una carga ideológica llena de juicios y valoraciones en torno al concepto de nueva izquierda. Suele ocurrir que de acuerdo a la trayectoria y estudios que haya tenido el investigador en relación a la nueva izquierda, tiende a aplicar esos juicios particulares al proceso general y eso genera muchas veces una caricatura de la definición. Se da por sentado que la nueva izquierda que conozco es la que vivió o estudió todo el mundo y por lo tanto no se toman las precisiones necesarias.

Por esta razón, es necesario hacer una historización de las diversas experiencias concretas de la nueva izquierda en América Latina. Esto implica definir las características específicas de cómo se materializó, cómo evolucionó, cómo se transformó históricamente y cuáles fueron los efectos que tuvo sobre la sociedad en cuestión. Cada uno de los países tiene su propia mirada sobre la nueva izquierda y eso es lo que debemos historizar para evitar que la categoría haga “tabla rasa” sobre las distintas experiencias nacionales concretas.

De esta manera, abogo por la utilización de una definición histórica de izquierda y de nueva izquierda. Si en la actualidad en Chile señalamos que existe una nueva izquierda, esto implica explicitar la experiencia histórica concreta a la cual estamos aludiendo desde la definición. En este caso, por ejemplo, hay críticas profundas al contenido de la nueva izquierda actual que se configura desde los años noventa. De la misma manera, en relación a la nueva izquierda de los años sesenta y setenta, las experiencias difirieron mucho unas de otras. La nueva izquierda europea, norteamericana y latinoamericana fueron bastantes diferentes, a pesar de que estuvieron situadas en un marco histórico común y tuvieron una visión bastante similar en términos de expectativas y proyectos. No obstante, las tres se enfrentaron a realidades distintas en vinculación a la política concreta que se desarrollaba en cada uno de los países o regiones.

La izquierda europea se desenvolvió en un momento de amplitud democrática, donde las discusiones se proyectaban mucho más sobre América Latina que en las transformaciones propias de la sociedad europea, lo que generó condiciones distintas en el desarrollo de su nueva izquierda. Por otro lado, en América Latina fue muy distinta la experiencia de la nueva izquierda cubana a la nueva izquierda del Cono Sur. La nueva izquierda en Cuba se configuró desde una relación directa con la toma del poder y la construcción de su legitimación. En cambio, la nueva izquierda del Cono Sur se proyectó desde la aspiración y la utopía, como un contrapoder. Al interior incluso del Cono Sur la experiencia chilena habla de una realidad bastante distinta. Es una nueva izquierda que estuvo dentro del gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) o por lo menos una de las líneas de esa nueva izquierda. Por lo tanto, es importante hacer ese tipo de diferenciaciones y definir la nueva izquierda desde la experiencia histórica concreta, evitando las caricaturas.

Dicho esto, aún queda pendiente el interrogante ¿cómo definir a la nueva izquierda? Desde mi perspectiva, otorgo importancia a la idea de autodefinición, teniendo en cuenta que fueron sujetos históricos que se concibieron a sí mismos como nueva izquierda y componían esa diferenciación en relación a la existencia de una vieja izquierda. No obstante, es necesario tener en cuenta que muchas veces la potencia de la vieja izquierda le otorgó más fuerza a la definición de nueva izquierda.

Para ejemplificar, si tomamos la realidad peruana de los años sesenta y setenta donde la potencia del Partido Comunista no fue tan descollante como el caso chileno y donde las prácticas políticas de la izquierda no tuvieron una clara diferenciación entre la institucionalización y lo que quedó fuera de la institución, es mucho más difusa esa definición. Todavía no logro reconocer si efectivamente podemos hablar de nueva izquierda en Perú y cuál es el ciclo que abarcó ¿La experiencia de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) estuvo dentro del proceso de la nueva izquierda o no?

En este marco, es importante examinar a la nueva izquierda en función de la identidad en que los actores se reconocían. En la diferenciación que existió frente a una izquierda tradicional o vieja izquierda, el análisis generacional adquiere importancia. Cuando hablo de la centralidad del análisis generacional, me refiero a la emergencia de nuevos grupos o de transformaciones en función de la diferenciación que se proyectaba sobre la vieja izquierda a la cual se hacían críticas.

Por eso podemos hablar de una nueva izquierda y señalar en el caso de hoy día en Chile, que esta fuerza critica a una vieja izquierda que amplió el espectro de lo que era la vieja-vieja izquierda, principalmente el Partido Comunista. En la actualidad, esa vieja izquierda tiene un punto de partida de izquierdas mucho más amplio y su propuesta también es más heterogénea en función de esa diferenciación.

Para definir a la nueva izquierda se requiere tener en consideración la trayectoria que le da fondo y forma, pero finalmente para identificar sus características es necesario fijarse en el momento en que se cristalizó la experiencia y volvió mucho más definida. La nueva izquierda latinoamericana de los años sesenta y setenta tuvo su origen en las tensiones ocurridas entre los sectores trotskistas dentro del Partido Comunista. Sin embargo, no en todos los países a las organizaciones trotskistas se les aplica la definición de nueva izquierda y se utilizan otros elementos para definirla en contraposición a la vieja izquierda.

No todos los grupos trotskistas tuvieron la misma trayectoria y se convirtieron en organizaciones político-militares, como en algunos casos se terminó definiendo a ese sector amplio de organizaciones y experiencias que denominamos como nueva izquierda. Por lo tanto, es necesario visualizar el momento donde se cristalizó esta experiencia para poder definir qué es, sin perder de vista las trayectorias y sus propios dinamismos. En el caso de Chile, por ejemplo, la experiencia trotskista fue mucho menos importante frente a la expulsión o fragmentación que se generó en el Partido Socialista y en la Democracia Cristiana. Estas fueron las bases de la conformación de una de las líneas de la nueva izquierda en los años sesenta y setenta.

Respecto a la nueva izquierda actual que recibe la denominación de Frente Amplio, podemos considerar la transformación de las organizaciones políticas durante la dictadura. En el análisis estos grupos parecen muy clásicos, pero se engarzan con experiencias posteriores, como por ejemplo el Lautaro o el origen de La Surda. Entonces, estas organizaciones pueden considerarse como la experiencia histórica más remota a través de la cual se fue conformando la nueva izquierda actual en Chile.

Adela Cedillo: Considerando la pregunta y la intervención precedente, la primera cuestión importante es qué entendemos por nueva izquierda y si este concepto significó lo mismo en todo el continente americano. No fue una categoría producida localmente en América Latina, sino que fue importada del norte global. Recordemos que en Europa y en Estados Unidos se hablaba de la new left antes que en el resto del mundo. A partir de los años sesenta, en América Latina, la incorporación del concepto de nueva izquierda se realizó fundamentalmente en el ámbito intelectual, cuando algunos pensadores y activistas la plasmaron en sus escritos.

Pero si nos centramos en el trabajo de campo -en mi caso soy especialista en la izquierda mexicana de ese período (Cedillo y Calderón, 2012; Cedillo, 2020), uno visualiza que no había una reivindicación del concepto. Las organizaciones no se asumían explícitamente como nueva izquierda, a pesar de que los grupos que emergieron en los sesenta y setenta rompieron claramente con una vieja izquierda representada por el Partido Comunista Mexicano y el Partido Popular Socialista, los dos partidos filo-soviéticos por excelencia.

No obstante, podemos ubicar parteaguas muy notorios en el surgimiento de la nueva izquierda mexicana. Desde mi perspectiva, las tres grandes coyunturas que marcaron su aparición fueron: 1) a nivel global, la ruptura chino-soviética a principios de la década de 1960; 2) a nivel continental, el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, y 3) a nivel doméstico, el asesinato del líder agrarista Rubén Jaramillo y su familia en 1962. Rubén Jaramillo fue un líder que combinó la lucha armada con la lucha electoral y social desde los años 1940 hasta su muerte.

A partir de estos cambios, de la circulación global de nuevas ideologías, de las experiencias victoriosas de la izquierda a nivel internacional –no sólo Cuba sino también los movimientos de liberación en Asia y África, especialmente los casos de Argelia y Vietnam–, surgieron una serie de partidos, organizaciones y grupos en México que adoptaron el maoísmo, el guevarismo, el marxismo vietnamita y la teología de la liberación (esta última ya en los setenta, obviamente). Las múltiples corrientes de la izquierda armada fueron bastante eclécticas ideológica e intelectualmente.

La nueva izquierda se fue nutriendo de todas estas vertientes, en una época de profundo dinamismo político e intelectual. A finales de los setenta, comenzaron a emerger otro tipo de corrientes de la nueva izquierda, como el llamado marxismo cultural. En México, se discutió con un relativo desfase a teóricos que en otras latitudes habían sido debatidos desde los sesenta, como los pensadores de la Escuela de Frankfurt, Gramsci y E. P. Thompson. También surgió más tardíamente el movimiento por los derechos lésbico-gay, al que se le van añadiendo más identidades sexo-genéricas en los años ochenta y noventa. El feminismo, la defensa de los derechos humanos, el ecologismo, todos esos movimientos, de alguna manera, también fueron parte de esa nueva izquierda.

Lo que tuvieron en común las nuevas experiencias e identidades de izquierda fue su rechazo o distanciamiento emocional de la Unión Soviética, como el gran modelo de utopía y referente revolucionario. Por esa razón, hablar de una nueva izquierda en México y en América Latina es de gran utilidad para entender lo que pasó en esas décadas con la ruptura del binarismo de la Guerra Fría. El quiebre con la Unión Soviética fue uno de los factores que permitieron el surgimiento de un laboratorio de utopías, interpretaciones y proyecciones sobre el futuro del país y el mundo. Estas generaciones, tanto a nivel ideológico como a nivel afectivo, estuvieron profundamente motivadas por la esperanza de conquistar el socialismo y la felicidad del género humano, traducida en la eliminación de las clases sociales y el fin de toda explotación laboral. Buscaban la igualdad radical, la justicia social, el bienestar colectivo a través de la planificación de la economía, de lo que ellos llamaban “la dictadura del proletariado”. Y quiero enfatizar eso porque la izquierda socialista era la que hegemonizaba al campo de la izquierda. ¿Había otras izquierdas? Sí, los liberales de izquierda y los anarquistas, entre otros, pero indiscutiblemente la izquierda socialista fue la que definió la época.

Dentro de la nueva izquierda latinoamericana existieron experiencias tanto civiles como armadas. Del lado civil, la izquierda no armada hacía trabajos con todo tipo de movimientos sociales, obreros, campesinos, estudiantiles y urbano-populares. Los distintos proyectos político-militares, en cambio, se abocaron a construir el sujeto revolucionario, el partido o vanguardia revolucionaria, y sobre todo el ejército revolucionario. Las organizaciones clandestinas, en general, fueron muy inmediatistas en su entendimiento de la lucha armada, desde el principio buscaron la confrontación directa con las élites económicas y políticas, pocas se plantearon una estrategia gradual.

Por otra parte, no podemos escatimar la contribución de intelectuales y artistas/agentes culturales de izquierda, la cual resulta muy llamativa en el caso mexicano. La mayoría de ellos estaban desconectados de lo que estaba pasando a nivel local con la izquierda armada y con las expresiones marginales de la nueva izquierda. En cambio, se enfocaron en los conflictos del resto del mundo, analizaron o representaron obsesivamente los problemas estructurales socioeconómicos de México y la relación de los movimientos obreros y campesinos con el Estado. Su reinterpretación y difusión de los autores marxistas, tanto de los clásicos como de los recientes, nutrieron a la nueva izquierda.

Una corriente mexicana que es importante mencionar es el nacionalismo revolucionario que nació con el cardenismo en los años treinta y puede considerarse como el equivalente del peronismo en Argentina. Esta vertiente tuvo intersecciones con la izquierda socialista, aunque en general es un campo del espectro político en competencia con ella. Una característica del nacionalismo revolucionario es que las personas que se identifican con él pueden pasar de la derecha a la izquierda con mucha fluidez, porque no es una ideología en sí y adolece de la rigidez teórica del marxismo. El núcleo de esta corriente es el nacionalismo y sus seguidores se adaptan a la coyuntura, por ello a veces han tenido afinidades con la izquierda. Así, por ejemplo, el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) que encabezaron los nacionalistas revolucionarios, fue el gran experimento de coalición de la izquierda mexicana a principios de los años sesenta.

Sin embargo, el nacionalismo revolucionario no fue parte del consenso que produjo la izquierda en torno al socialismo, precisamente por su carácter fluido, manifiesto en personajes como los Cárdenas (Lázaro y Cuauhtémoc). A pesar de los cruces coyunturales con la izquierda, el nacionalismo revolucionario es algo distinto a ella y advertir esa particularidad nos permite comprender mejor lo que pasó en México con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en el siglo XXI. Desde mi perspectiva, si no enfocamos la historia del nacionalismo revolucionario como algo diferente a la izquierda, no entenderemos por qué la izquierda (vieja y nueva) fue la gran perdedora en esta historia, al ser sistemáticamente cooptada por los nacionalistas y físicamente mermada por la derecha.

Como conclusión, sostengo que el concepto de nueva izquierda ha servido como un concepto paraguas para definir a un conjunto de corrientes de izquierda que nacieron en una era de gran dinamismo político, intelectual y cultural. Su valor analítico está fuera de duda. Es una categoría que no podemos desdeñar a la hora de estudiar el árbol genealógico de la izquierda, tanto en el continente americano como en el resto del mundo.

Vera Carnovale: Lo primero a tener en cuenta que se desprende de las intervenciones anteriores, es que el término nueva izquierda alude a un universo tanto teórico, intelectual y político como cultural, y añadiría -impulsada por mis propios intereses en Argentina (2011a; 2011b)-, a un universo de las sensibilidades que está habitado por una multiplicidad de actores, experiencias y fenómenos muy heterogéneos, no sólo en términos regionales, sino también hacia el interior de cada frontera nacional.

En principio, uno podría definir este universo a partir de una serie de elementos comunes y unas condiciones de posibilidad del recorte temporal. Como antecedentes inmediatos, podemos señalar: la renovación del marxismo, al promediar los años cincuenta en adelante; la modernización cultural; y en los casos de Latinoamérica y en especial del Cono Sur, una conjunción de actores enmarcados en un proceso de creciente movilización social y política.

Si nos adentramos en otras dimensiones, podemos identificar conceptos que funcionan como ideas fuerza e identificadoras en las décadas del sesenta y el setenta. Como punto de partida, la dimensión cultural a tener en cuenta es la idea de emancipación en cualquiera de sus dimensiones, ya sean personales, nacionales y regionales. Así mismo, es importante la idea de vanguardia, sean vanguardias estéticas, políticas y artísticas; la idea de un tercermundismo, un latinoamericanismo, que a partir del sesenta cobra un fuerte impulso y se la puede identificar en diferentes corrientes político-ideológicas de quienes participan en lo que ahora por comodidad llamaremos nueva izquierda.

Se trata de un latinoamericanismo vinculado con los procesos emancipatorios que están ocurriendo tras la Segunda Guerra Mundial, que rompe de alguna manera con cierto universalismo del marxismo clásico, en cuyo esquema el motor de la historia pasaba necesariamente por los países capitalistas más desarrollados. Tras la Segunda Guerra, y fundamentalmente a partir de los tempranos sesenta, se constata una convicción compartida por intelectuales y no intelectuales de que las ruedas de la historia ahora transitan por esa masa de oprimidos del tercer mundo. Es esa periferia empobrecida la que va a poner fin a la alienación propia de las relaciones capitalistas de producción. Esas son las condiciones de posibilidad de un latinoamericanismo que tiene más tintes antiimperialistas que nacionalistas, es decir, el nacionalismo quedará de algún modo desplazado en favor de un antiimperialismo más pronunciado.

Otro componente a considerar es el juvenilismo: no se trata sólo de la juventud como actor político, como elemento identificatorio, sino también de la juventud como valor. Finalmente existen dos elementos que pueden considerarse como sello identificable de la nueva izquierda y se vinculan con el mundo de las sensibilidades políticas, que movilizan y crean identidades colectivas. Por un lado, el universo general de la revolución, de una transformación radical, y, por otro, con una adscripción a una idea de violencia. A una violencia que no debe ser pensada como mero instrumento de intervención política, puesto que se trata de una violencia percibida y vivida como herramienta de transformación casi milenarista, diría; como fuerza de transformación del mundo, como una fuerza que dará a luz a una nueva historia que ha comenzado a desplegarse y cuya culminación es inminente.

Si tuviera que caracterizar cuáles son los discursos que modelan esta suerte de sensibilidad vinculada con el universo de la revolución y con el universo de la violencia, elegiría dos textos que circularon copiosamente por América Latina, pero también por fuera de ella y que forman perfecta familia. Por un lado, La Declaración de La Habana (1960), la cual sin lugar a dudas es la programática para los revolucionarios de América Latina con un esquema de desarrollo histórico universal, y por otro lado Los Condenados de la Tierra (1961) de Frantz Fanon.

Esos dos textos representan muy bien la sensibilidad de la que hablo y, al mismo tiempo, son textos que contribuyen a la modelación de esas identidades y subjetividades. Es interesante observar cómo allí aparece nítidamente el desplazamiento del primer mundo en favor del tercero y el desplazamiento de las formas reformistas de la política por formas más radicalizadas. Insisto, la violencia no sólo entendida como medio de intervención política concreta, sino como parte de un movimiento de largo aliento capaz de transformar el mundo y crear humanidad, crear emancipación, “el hombre oprimido se libera en y por la violencia”, dice Fanon.

Aparece otro elemento en los discursos de la nueva izquierda que es la idea de una nueva humanidad y de un nuevo hombre. La figura del Che Guevara es una figura directamente ligada a ese tópico, pero el hombre nuevo reconoce una tradición dentro de lo que a partir del surgimiento de la nueva izquierda se empezó a llamar “izquierda tradicional”. Tras la Revolución Rusa, el hombre nuevo de los revolucionarios es el hombre del futuro socialista, es aquel que nace en una sociedad emancipada de la enajenación propia de las relaciones capitalistas de producción ¿Y cuál es la representación del hombre nuevo? El proletariado soviético, el que construye. El hombre nuevo de los sesenta y setenta, en cambio, es aquel signado por la ética del sacrificio y es una figura que rescatan todos los actores que nosotros denominamos como nueva izquierda, o que se pueden identificar con él a través de la figura del Che Guevara. El hombre nuevo de los sesenta, a diferencia del de la “vieja” izquierda, presenta un desplazamiento que va del empeño ingenieril de la revolución al arrojo sacrificial.

Desde otra perspectiva, podría decirse que, en principio, la nueva izquierda había sido identificada con aquellas organizaciones políticas que rompieron con la izquierda tradicional, y que, en general, fue identificada con las izquierdas armadas. Desde la historiografía también había sido identificada con la tradición marxista, pero nosotros sabemos que en términos de fenómenos históricos excede con mucho a esas figuras. Dicho en otras palabras, la nueva izquierda refiere a una multiplicidad de actores que representan la época con un “nosotros” y con una identidad política, cultural, social y sensible. Desde mi perspectiva, ello demarca la potencialidad del concepto de nueva izquierda y nos permite definir ese vasto universo, incluso atendiendo a las tensiones internas que allí encontramos.

Vania Markarian: En mi caso llegué al uso de la categoría de nueva izquierda con incomodidad. Incomodidad frente al campo de estudios del pasado reciente en el Cono Sur de América Latina, el cual está centrado en experiencias traumáticas de los nuevos autoritarismos y en los procesos conducentes a ese momento. Por lo tanto, en el momento en que empecé a estudiar estos temas, el uso del concepto estaba demasiado pegado a lo contemporáneo, a los nativos que transmitieron sus experiencias centradas en los aspectos más traumáticos y en los asuntos político-ideológicos.

La idea de la nueva izquierda se asociaba a la izquierda más revolucionaria, que era la marca de los sesenta. En mi opinión, eso dejaba fuera a muchos actores interesantes, que también eran nuevos y se habían renovado en ese periodo. Pienso para el caso uruguayo, en un historiador español, Eduardo Rey Tristán (2006), que hacía este deslinde, pero la división izquierda revolucionaria y no revolucionaria dejaba fuera de foco a un montón de grupos. Y también pienso en ese gran libro de Greg Grandin (2004) sobre Guatemala, donde dice: hay una izquierda en los sesenta que tiene “will to act”, o sea el deseo de la acción, como si las izquierdas anteriores u otras izquierdas no hubieran tenido ese deseo.

En un comienzo había variaciones en el uso del concepto de nueva izquierda. Por un lado, estaba la categoría nativa en América Latina que parecía apuntar a la voluntad de muchos actores del momento de marcar la diferencia con un otro, con otras izquierdas que resultaban por definición “viejas”. La vieja izquierda que no se había renovado y era deliberativa e ineficaz frente a un “nosotros” que se asociaba a lo nuevo, el futuro, la acción y la posibilidad de conseguir resultados.

Por otro lado, estaba también el concepto nativo de la new left que provenía de Estados Unidos y del mundo anglosajón, pero que filtró mucho en América Latina en esos mismos años. La operación de rechazar a la clase obrera como agente principal de la revolución y del cambio social en América Latina era muy problemática. Para las izquierdas marxistas, era un inconveniente que desafiaba los asuntos esenciales de su identidad ideológica. En realidad, esto no ocurrió demasiado en América Latina, más allá de las batallas ideológicas. La cuestión central de la new left no fue central ni en las que se reivindicaban como nuevas, ni en las que se reivindicaban como viejas izquierdas en la región. Pero esos dos usos nativos, el de la nueva izquierda y el de la new left, en su heterodoxia ideológica, lograron poner en cuestionamiento lo que estaba pasando en el campo de las izquierdas y provocaron desentendimientos creativos en muchos casos.

En mis estudios (2005; 2012), nunca me interesaron las organizaciones como tales y nunca quise hacer esas historias más teleológicas de cómo un grupo llega a fundarse como tal. Me interesó más el movimiento de protesta y la generación que había nacido a la vida política en los años sesenta bajo el signo revolucionario de Cuba, en un sentido más amplio que sólo en sus organizaciones. En mi tesis de doctorado (2005), había estudiado a esa generación durante el proceso de convertirse de héroes y mártires de la revolución a víctimas de las violaciones de los derechos humanos, para entender la relación de ese momento con las pautas de circulación global sobre lo que quería decir ser joven.

En Estados Unidos había un cuestionamiento de la nueva historiografía a la idea de reducir a los años sesenta a un fenómeno demarcado por la moda, en el que las expresiones de protesta quedaban en ese nivel más cultural. Se buscaba reponer la política e incluso la ideología, buscar los contactos entre los fenómenos culturales y los fenómenos políticos de los años sesenta. Comencé a pensar que en América Latina necesitábamos leer a contrapelo una década que estaba fundamentalmente marcada por la política y la ideología. Era necesario reponer la cultura, los movimientos de protesta en sus ámbitos culturales y preguntarnos si eran un sólo movimiento de protesta o eran varios y qué interacciones tenían entre sí. Fue importante para mí el encuentro con el libro Refried Elvis: The Rise of the Mexican Counterculture de Eric Zolov (1999).

En la temática existe otro asunto más personal, pero resulta interesante para mi generación de historiadores, dado que nosotros somos los hijos biológicos de esa generación de los sesenta. Lo que sabíamos eran los relatos que nuestros padres nos habían contado, marcados por las experiencias y el trauma del autoritarismo. Faltaba cierta contingencia de lo que había sido ser jóvenes en su sentido más amplio, a tal punto que en el Río de La Plata y, sobre todo, en Uruguay, mi generación, o los que nos hicimos jóvenes en los años ochenta, teníamos la percepción profunda de ser la primera generación de jóvenes en la historia. O sea que nunca nadie antes había encarnado eso de “sexo, drogas y rock and roll”. Como historiadora, me empecé a encontrar con documentos y, como dice Pierre Nora (1992), a hacerle al pasado preguntas que los contemporáneos ni siquiera imaginaron.

Entonces me surgió el interés de tomar esos conceptos nativos para historizarlos. Visualizar hasta qué punto tanto énfasis en la política y la ideología era productivo o no, en la ambigüedad del uso de las ideas para pensar los sesenta de un modo más contingente. Si suspendemos el resultado, ¿qué resultaba de esos movimientos diversos de protesta y de la experiencia de ser joven en los sesenta? Era necesario suspender un poco ese legado y las ideas que habíamos recibido de los protagonistas que además fueron los primeros analistas del periodo. Cuando uno estudia el pasado reciente, las primeras versiones son las de los nativos. El lenguaje que nos llega es el de ex militantes que muchos de ellos se convirtieron en académicos, en politólogos, en sociólogos y analizaron su misma experiencia con esos lentes. De esta manera, me pareció que los conceptos nativos de nueva izquierda podían ser útiles analíticamente, pero tenían que ser sometidos a crítica.

En este marco, comprendí que era posible detectar novedad en todas las izquierdas, no sólo en las que se habían hecho “nuevas” en su momento, sino en las que se siguieron diciendo “viejas”: las comunistas, las socialistas y las anarquistas. Además, necesitaba indagar un movimiento de protesta nuevo, en el sentido de atravesado por novedades culturales, donde la ideología y la política se habían dado la mano con la modernización cultural. Esas nuevas pautas de vida y hábitos habían sido muy fuertes para las generaciones más jóvenes y para los militantes comprometidos en esa etapa. La protesta era una marca vital y la protesta política atravesaba la adaptación de nuevas pautas culturales. El interrogante era cómo es posible ver estas intersecciones.

En este sentido, la cuestión para mí, más que preguntarse ¿qué fue la nueva izquierda?, era ¿qué hubo de nuevo en las izquierdas latinoamericanas de los años sesenta? Ese fue el interrogante que me otorgó más luz y algunas de las respuestas eran las marcas de quienes son nativos devenidos analistas y también de los analistas que usaban un lenguaje nativo. En este punto, había ido la crítica al socialismo realmente existente y al sistema soviético, como el vuelco hacia el nacionalismo popular que se había vuelto predominante. El antiimperialismo fue central en la rearticulación de las izquierdas y en su relación con Cuba, con su liderazgo bajo la propuesta de la revolución continental, y también en la adopción de nuevas pautas culturales que rompían con esos modos más acartonados de los viejos repertorios de protesta.

Mi investigación, centrada en el movimiento estudiantil del 68’ en Uruguay (2012), me mostró que, con matices importantes, todas esas marcas de que venimos hablando atravesaban a las izquierdas. Existe en esto una particularidad uruguaya, sobre todo en relación al papel del grupo más representativo de la vieja izquierda. El Partido Comunista Uruguayo se mantuvo vigente, fuerte y creciente a lo largo de la década y además tuvo como particularidad, respecto al resto de América Latina, no haber sido nunca ilegalizado. A pesar de que el Partido Comunista en Uruguay había actuado en la legalidad en el período pre-dictadura, me parece que la prevención analítica se puede extender a muchos otros países. Pienso en el trabajo de Alfonso Salgado (2018) sobre el Partido Comunista Chileno, pero también en el de Jeffrey Gould (2009), que analiza el momento 68’ para gran parte de América Latina. Este último autor utiliza la expresión muy linda de “no tirar al niño con el agua del baño”, en aras de detectar la novedad. En ese aspecto, es necesario tener en cuenta que las viejas izquierdas estuvieron presentes, sobre todo en la segunda parte de los años sesenta, y que la mayoría de las izquierdas latinoamericanas no abandonaron el obrerismo, sino que lo criticaron y asumieron como desafío, pero reafirmaron ese viejo protagonista del cambio social.

Eso me llevó a pensar algunas de las acumulaciones que la ola de cambios permitió en el caso uruguayo y en otros países de América Latina. En cuanto al armado de redes transnacionales, permitió tejer una verdadera geografía regional de la protesta que fue muy importante para la configuración de las izquierdas latinoamericanas. Desde este punto, es necesario reconsiderar el papel de Cuba. La cuestión no está tan presente en mi libro sobre el 68’ (2012), pero la he pensado mucho posteriormente. Si nos apartamos un poco de la discusión sobre el tema de las vías de la revolución, en la que Cuba aparece como una disputa interna sobre si las armas sí o las armas no, una discusión central en la división de vieja y nueva izquierda, podríamos considerar que la experiencia cubana unió a las izquierdas.

Muy pocos casos de las izquierdas latinoamericanas de la época renegaron de Cuba. Las redes de solidaridad al interior del movimiento de protesta que Cuba tejió fueron impresionantes. Y con el caso cubano, incluso muchos viejos críticos radicales de los socialismos realmente existentes lo terminaron aceptando hacia la década del setenta. Algo similar pasa con la figura de Che Guevara como símbolo predominante de las nuevas izquierdas, dado que fue adoptado por viejas y nuevas, sobre todo como emblema de lucha de las nuevas generaciones. Su figura tuvo una doble dimensión: simbolizaba a la lucha armada y también el deseo de la aventura, el arrojo y la protesta como actitud vital. Por eso, es importante estudiar cómo lo apropiaron e interpretaron los distintos grupos de las izquierdas.

Existe un artículo de Diana Sorensen (2007) sobre la figura del Che Guevara en los sesenta, donde se sostiene que representaba el deseo hedonista del pelo largo, la motocicleta y la aventura, pero al mismo tiempo el deseo del disciplinamiento y la entrega total. Las dos caras de sus apropiaciones permitieron reunir sentidos diferentes en el campo de las izquierdas. Esto se encuentra también en el antiimperialismo, el otro gran hilo de unión. En el caso uruguayo fue muy importante dado que el “tercerismo”, una posición de orgullo de equidistancia frente a los dos poderes de la Guerra Fría, que había provocado muchas polémicas en círculos intelectuales en relación con Cuba, fue declinando ante el antiimperialismo contra Estados Unidos. Esa visión del antiimperialismo también fue algo que zurció enormes diferencias provocadas por eventos internacionales como la invasión a Checoslovaquia.

En definitiva, si se tiene en cuenta el concepto de nueva izquierda es importante considerar que la modernización cultural atravesó a las sociedades latinoamericanas y al conjunto de sus izquierdas, con la distensión de las costumbres, nuevas pautas culturales de los jóvenes y diferentes formas de convergencia de la cultura rock con otras músicas más nativas o más localizables en nuestros países. En el campo de la cultura y en las cuestiones generacionales, existieron factores de unión. Desde esa óptica, podemos encontrar estudios como el mío para Uruguay (2012), el de Patrick Barr-Melej (2017) para Chile, el de Valeria Manzano (2017) para Argentina y el de Eric Zolov (1999) para México. Sus pesquisas son importantes porque las novedades culturales permitieron una estetización de la violencia política que parece ser otro punto de divergencia entre vieja y nueva izquierda, pero que atravesó a ambos espacios. En Uruguay fue evidente ya que en los ámbitos culturales asociados al Partido Comunista se abrazaron estas ideas que contribuyeron a formas estetizadas de la violencia política. Mi énfasis está dado en que es muy difícil visualizar esas dimensiones si se estudian exclusivamente los grupos y sus organizaciones. Si uno sólo tiene en cuenta los materiales doctrinarios, políticos e ideológicos, es difícil indagar el movimiento de protesta más amplio en sus múltiples dimensiones.

Sandra Jaramillo Restrepo: El concepto de nueva izquierda es una categoría histórico-política que sigue siendo útil y necesaria para pensar los procesos vividos en América Latina a mediados del siglo XX y en especial las experiencias revolucionarias que implicaron renovaciones político organizativas, pero también cambios en el ámbito de las costumbres; lo que algunos han llamado como “contracultura”. Centrándome en Colombia el concepto de nueva izquierda sigue siendo de utilidad. Si bien es cierto que es una categoría que presenta interpelaciones e incomodidades, la considero ordenadora pero también flexible para reunir experiencias que efectivamente fueron distintas.

Es usual que en Argentina autores como Oscar Terán (1991) hablen de procesos o fenómenos que en los años sesenta y setenta fueron plurales y diversos en sus manifestaciones, pero que al mismo tiempo es posible reconocerlos como unidad, es decir, reunir experiencias que se manifestaron de manera bastante plural. El hecho de que las expresiones de la nueva izquierda fueran plurales y que hayan evidenciado un fenómeno de fragmentación en su expresión histórica concreta, no me parece razón para dejar de lado la categoría, la cual sigue siendo potente en términos analíticos.

En el caso colombiano, acompaño una periodización sobre la que existe más o menos un acuerdo en la historiografía nacional. El consenso es que hacia mediados de los años cincuenta se empezó a generar y a hacer visible el proceso que después vamos a llamar nueva izquierda, en el contexto de la coyuntura que lleva de la caída de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla a la conformación de un Frente Nacional que primero se llamó Frente Civil.

Aunque en realidad esa coyuntura se fue cuajando desde el periodo anterior que en Colombia llamamos “La Violencia”: los tradicionales Partido Liberal y Conservador se enfrentaron de forma muy sanguinaria principalmente en las zonas rurales del país donde también se disputaba la tierra. El hecho es que el acontecimiento hito para marcar el inicio de la nueva izquierda es justamente la caída de Rojas Pinilla el 10 de mayo de 1957. En realidad, a él lo había puesto en el poder la élite política con la intención de limpiar ese periodo de “La Violencia”, pero las políticas de tipo populistas que empezó a promover el general -atrayendo sectores sociales como el estudiantado- le resultaron amenazantes a los líderes liberales y conservadores.

Desde los medios de comunicación más tradicionales se agitó la conformación de un Frente Civil al que también llegaron los estudiantes que estaban muy exasperados porque ya el gobierno de facto le había dejado sus “mártires”. Lo que había pasado es que las movilizaciones estudiantiles del 8 y 9 de junio de 1954 -días en los que justamente se conmemora en Colombia el día del “estudiante caído”- fueron reprimidas por el Batallón Colombia que recién llegaba de la Guerra de Corea y los hechos terminaron dejando diez estudiantes muertos. Como pasó en muchos países de América Latina, en Colombia los estudiantes alimentaron mucho la nueva izquierda.

Hasta ese momento los sectores de izquierda estaban reunidos en el espectro del Partido Comunista Colombiano que además había sido censurado por el gobierno de Rojas Pinilla. En Colombia, el Partido Comunista se fundó en 1930 haciendo un corte con las experiencias socialistas que le antecedieron y alineándose fuerte con el Eje del Este y con la URSS. Y aunque políticamente no se caracterizó por reunir grandes masas, sí hegemonizó las izquierdas hasta los años cincuenta. Hay que tener en cuenta que de todas formas el Partido Liberal colombiano tuvo al menos hasta fines del siglo XX un espectro muy cercano a las izquierdas; es un espectro que viene de una tradición radical de mediados del siglo XIX y que se ha denominado liberalismo popular, social o de izquierda. Por ejemplo, ciertas figuras que en el país fueron muy importantes porque participaron de la recepción del marxismo, estuvieron virando entre los liberales y los comunistas y en varios momentos incluso se dieron alianzas partidarias. Estoy pensando en personajes de la vida intelectual como Gerardo Molina, Luis Eduardo Nieto Arteta o Diego Luis Córdoba.

De todas formas, después de la caída de Rojas Pinilla y de la euforia que hicieron los estudiantes por la caída de la dictadura en la que habían participado, lo que se cuajó fue un Frente Nacional en el que los aliados fueron los mismos partidos tradicionales que se habían enfrentado durante “La Violencia”. O sea, ese Frente Nacional legalizó el bipartidismo del país y por diecisiete años (1957-1974) se dio entre los dos oficialismos una división milimétrica del Estado que cerró mucho el espectro de participación política. Esto fue tan “ordenador” del Estado que muchos analistas debaten que hoy se siguen padeciendo los efectos de ese sistema político.

Esa fue otra paradoja histórica porque en el momento en que confluyeron en ese Frente Civil sectores muy diversos opuestos a la dictadura, se creyó que se estaba ante un cambio que incluso se nombraba por los actores como “revolución democrática”, pero la resolución terminó siendo una nueva y más fuerte reunión de los partidos tradicionales en ese Frente Nacional. En ese momento, el Partido Comunista fue bastante ambiguo frente a la definición del frentenacionalismo y terminó respaldándolo electoralmente. Hay que aclarar que le apoyó porque dentro del Partido Liberal estaba ese sector del liberalismo de izquierda o popular que mencionaba antes y que de hecho se fue convirtiendo en una oposición institucional dentro del propio Frente Nacional (ese movimiento de oposición fue el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, inicialmente llamado Movimiento de Recuperación Liberal). Los comunistas en ese momento defendían que dicha corriente liberal representaba una “burguesía nacional” que podía resistir al interior del Estado y que tenía un potencial revolucionario. Era la famosa fórmula comunista internacional de que la burguesía nacional podría generar un proceso que acentuara el desarrollo capitalista, lo que permitiría impulsar posteriormente una transición hacia el socialismo.

Como el comunismo colombiano estaba muy amarrado a esa idea terminaron apoyando la creación del Frente Nacional invitando a votar por el plebiscito que le permitió legalizarse y que se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1958. El estudiantado y algunos sectores intelectuales críticos se desorientaron con esa postura del comunismo y cuando rápidamente el Frente Nacional les defraudó con sus políticas, se fue dando una escisión en oposición al comunismo. Los jóvenes intelectuales y del estudiantado se habían empezado a conectar con una sensibilidad de época que como dice Claudia Gilman (2003) tuvo su piedra de toque en la idea de “revolución” y eso acrecentó su incomodidad con el Partido Comunista. Desde entonces bregaron por la creación de un espacio político alternativo de izquierda que a largo plazo terminó rompiendo el bipartidismo del país; pero durante el frentenacionalismo estuvo muy tensionado entre la institucionalidad y la revolución por lo que terminó siendo hegemónica la opción armada.

En Colombia, la confrontación con el comunismo sí fue muy fuerte y definitoria en el nuevo campo político que se armaba, así que la noción de nueva izquierda sí es útil para reconstruir ese proceso apoyada en el eje que antagonizaba el comunismo y la autodenominada nueva izquierda. Los desarrollos y las expresiones de estas versiones nuevas fueron muy distintas pero ese antagonismo (más o menos mordaz) permite verlas a través de un contorno que, de cierta manera, las agrupa. Ahí es útil la reflexión de François Dosse (2007) para referirse a las generaciones cuando destaca que en buena medida una generación se define porque se enfrenta a las mismas preguntas, aunque las respuestas sean muy distintas.

Si podemos decir que la nueva izquierda en el caso colombiano se periodiza desde el derrocamiento de Rojas Pinilla, también se puede decir que manifestó múltiples respuestas al ordenamiento institucional del Frente Nacional. Además, si en el caso argentino el fenómeno de la nueva izquierda estuvo signado por el peronismo, si en México los colegas hablan de la importancia que tuvo la Revolución Mexicana en su propio espectro de izquierdas; en el caso colombiano la violencia estructural (con sus inflexiones y tipos más propios) y el sistema institucional del Frente Nacional fueron los condicionantes de ese periodo. La nueva izquierda colombiana respondió a esos asuntos, pero esbozó respuestas muy disímiles en sus diferentes facciones, generando un efecto de pluralización y fragmentación importante. Como dice Adela Cedillo para el caso mexicano, la fragmentación fue tal que aún no se termina de hacer el inventario de los distintos grupos y micro grupos. Una famosa muestra de ese inventario en Colombia fue producida por un grupo maoísta en 1975 y publicada como libro por una de las editoriales de izquierda que en Medellín surgieron en esa década: Proletarización (1975).

También me parece que la noción de nueva izquierda es útil porque permite establecer comparaciones y diálogos con un proceso que en realidad fue internacional. No hay que descuidar las particularidades de cada país, pero siempre nos amenaza el llamado nacionalismo metodológico y creo que, si los procesos propios los vemos en el marco de los procesos de mayor escala, podemos dimensionarlos mejor. Por ejemplo, Eric Zolov recordaba en la versión anterior de este conversatorio (Dip, 2020) que a mediados de los años sesenta se genera una discontinuidad en la periodización de la nueva izquierda y en la experiencia colombiana efectivamente he encontrado que 1966 (2019; 2021) fue un año clave donde podemos ubicar un antes y un después en la nueva izquierda, sobre todo en relación a los procesos de recepción político intelectual en los que empieza una marginación del intelectual del compromiso y se abre la legitimación del intelectual revolucionario. Esto incidió mucho en la hegemonía de una respuesta política y organizativa centrada en el peso de las armas frente a otro tipo de respuestas críticas a la opción armada (en general o cuando ésta se llevaba a cabo prematuramente).

He ido a las fuentes para ver lo que pasó antes del 1966 y en esa pesquisa encontré expresiones tempranas de la nueva izquierda donde se cuestionó la vía armada y se armaron programas intelectuales vía la recepción de la new left norteamericana y europea. Discuto que en general la historiografía colombiana del periodo redunda esa hegemonía de la nueva izquierda política y ha evitado estudiar, en su especificidad, la nueva izquierda de tipo intelectual. Considero que existió un sector que sí hizo énfasis en otras dimensiones culturales e intelectuales concretando la versión criolla del llamado internacionalmente “marxismo occidental” (Anderson, 2012).

Las intervenciones anteriores pusieron en común dimensiones generales y particulares para abordar la nueva izquierda en los años sesenta y setenta en América Latina. No obstante, otra cuestión relevante son las limitaciones que presenta el concepto en los estudios sobre la historia reciente. En este aspecto, ¿cuáles son las problemáticas historiográficas y los límites analíticos que visualizan en el uso del concepto o en las aproximaciones a la nueva izquierda en la región?

Vania Markarian: Como concepto nativo heredado, la categoría nueva izquierda ilumina sobre todo las experiencias que las personas que lo vivieron querían alumbrar a través de cismas que marcaban la novedad y la ruptura con lo viejo. En este marco, se produjo el rechazo a las viejas izquierdas por ineficaces y deliberativas. Los Tupamaros, el principal grupo guerrillero en Uruguay, decía: “las acciones nos unen, las palabras nos separan”. Esto es lo que quiere decir Greg Grandin con “will to act” (2004), el deseo de la acción, pero creo que si hilamos más fino los lazos de lo viejo con lo nuevo eran muy fuertes. Las personas que integraron los grupos que denominamos como nueva izquierda provenían de tradiciones de la vieja izquierda que no terminaron abandonando del todo.

Esta cuestión es diferente respecto a lo que ocurrió en Estados Unidos, donde las viejas izquierdas habían quedado marginadas por el macartismo. En el clima de antisovietismo y anticomunismo radical de la sociedad estadounidense, era muy difícil reivindicar tradiciones marxistas sin ser acusado de antipatriótico. Por esta razón, las protestas surgieron con un lenguaje más liberal y cultural que unió a los movimientos de protesta universitarios con grupos de derechos civiles y afroamericanos, entre otros. Estas coaliciones, sin embargo, también adoptaron lenguajes más relacionados con las viejas izquierdas, como el lenguaje de clase, de la revolución y el antiimperialismo.

De esta manera, me parece que el problema analítico que puede traer aparejado el concepto de nueva izquierda está vinculando a dónde se pone el foco. No estoy diciendo que no hubo una nueva izquierda en los años sesenta en el mundo y que esa izquierda no tuvo la voluntad de ser novedosa. Sin embargo, si miramos con voluntad crítica lo que estos grupos transmitieron y lo que dijeron ser, los hilos con las viejas tradiciones de izquierda son muy fuertes. Entonces, el problema es que estamos ante un concepto que debemos historizar para hacerlo herramienta de análisis y no tomarlo a “pie de juntillas” al usarlo como una categoría analítica.

El proceso de modernización cultural y de renovación de pautas culturales signó los años sesenta, tanto en Estados Unidos donde quedó borrada un poco la política, como en América Latina donde todo eso había quedado opacado. En este marco, un tema es central en mi estudio es cómo la militancia era concebida en la relación entre cuerpo y política, entre el disfrute y el constreñimiento del cuerpo. Esos militantes que se habían pensado a sí mismos como héroes y mártires, habían puesto el cuerpo al servicio de la causa y habían estado dispuestos a morir y matar. En algún momento, hacen una transformación política, ideológica y cultural al adoptar el lenguaje de los derechos humanos, sobre todo defendiendo la integridad del cuerpo. En ese esquema, enfoqué mis investigaciones a indagar cómo esos militantes habían vivido esa relación antes, en una época en que la idea de disfrute del cuerpo, la sexualidad y el rock, entre otros, estaban en el centro de la discusión.

En definitiva, la pregunta es ¿qué había pasado en ese recorrido? Porque luego aparecieron los procesos de disciplinamiento de las izquierdas, ya que nadie se embarca en proyectos de este tipo sin reprimir en parte esos impulsos. Sin embargo, si suspendemos el desenlace ¿qué visualizamos? Quizá podríamos ver algo más diverso y menos contado, aunque también truncado por las experiencias de los autoritarismos en la región.

Vera Carnovale: Como vemos, el universo de la nueva izquierda está habitado por una multiplicidad muy grande de fenómenos. Entonces una pregunta relevante es cuánto funciona de todos esos elementos comunes dentro de los diferentes fenómenos de lo que queremos definir como nueva izquierda ¿Se reconocen o no las diferencias de clase dentro de estas sensibilidades? ¿Existen tensiones en los pasajes de un grupo a otro? Por ejemplo, sabemos que la juventud es un elemento clave de lo que llamamos nueva izquierda. Una juventud que irrumpe en escena con acontecimientos históricos y no necesariamente agrupada en organizaciones políticas. En mi experiencia de investigación, cuando les preguntaba a los militantes “¿cómo fue tu acercamiento al mundo de la militancia política?”, la abrumadora mayoría, proveniente de clases medias, remitía a la modernización cultural y a la universidad como espacios de descubrimiento de la bohemia, de las libertades sexuales, del consumo de drogas y de las nuevas ondas musicales.

Ese mundillo tan receptor de la modernización cultural es el que permite la conexión entre esos jóvenes y los nuevos discursos que hacen a las organizaciones revolucionarias y armadas que surgen en escena. Las respuestas de mis entrevistados eran del tipo: “entré a la facultad y tenía una amiga que estudiaba psicología y era nudista”, mientras “otro era pintor y entonces fumaba marihuana con él mientras hablaba de LSD, literatura, rock, guitarras y bombas molotov”. Es decir, la revolución leída en clave estética.

Ese mundillo tiene fronteras muy permeables entre aquellos que se acercan al mundo de la revolución, motivados por ansias de emancipación de tipo personal y no necesariamente políticas. No tengo ningún entrevistado que haya leído el programa del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) o el programa de Montoneros, para compararlos y decir: “la verdad que prefiero entrar a Montoneros” o “prefiero entrar al PRT, porque me parece que la guerra popular prolongada es más pertinente”. Por el contrario, entran por redes, por contactos y por simpatías… por una innumerable cantidad de motivos, en donde las fronteras entre revolución y modernización cultural son permeables, porosas.

Ahora, si tuviera que sacar una fotografía del joven que se acerca a ese tipo de organizaciones, lo que encuentro en el recorrido de hacerse militante es un proceso de disciplinamiento interno, en donde los valores de la revolución entran en permanente tensión o contradicción con los valores propios de la modernización cultural. Existe un camino que va de la irreverencia a la solemnidad, de la libertad sexual al control de la sexualidad y el mandato monogámico ¿Drogas dentro de una organización revolucionaria? Imposible, no se puede hacer la revolución fumando marihuana o bajo los efectos del LSD. En este proceso de disciplinamiento interno, incluso la universidad es desechable en pos de la semántica y las necesidades de la revolución.

Les doy un ejemplo. Un entrevistado me contaba que cuando empezó su acercamiento a la militancia revolucionaria, se vio en una foto durante una movilización por el regreso de Perón a la Argentina y “estaba feliz porque quería ser esa mezcla entre Mick Jagger y el Che Guevara”. Dos años después de esa fotografía, era miembro del ejército Montonero con todas las rigurosidades y el disciplinamiento que eso implica. Él quería ser una mezcla de Stone y Che Guevara, pero terminó siendo un oficial que imponía la disciplina a sus subordinados, porque la lógica de la emancipación estaba regulada por la necesidad histórica de la revolución.

Ese mundo ilimitado de libertades que caracteriza a la modernización cultural en la que se pueden percibir las consignas del Mayo Francés, cede paso a la necesidad histórica de la revolución. La emancipación es una palabra clave para pensar qué tienen en común todos esos movimientos, ahora ¿cómo funciona hacia el interior de la nueva izquierda los pasajes de la modernización cultural a la revolución? Parece que con más tensión que armonía; y entonces la pregunta es: ¿cuán operativo es el término de nueva izquierda para definir la multiplicidad de fenómenos? ¿reconoce esta definición una identidad de clase? ¿Cuánto existe de modernización cultural en los sectores de la clase obrera en América Latina y en Argentina? ¿Qué identidad prevalece más, la de la juventud o la de la clase obrera? ¿Toda esa contestación a la autoridad paterna, a los valores tradicionales, a la moral burguesa que aparece en los jóvenes de clase media, es equivalente a la que aparece en la clase trabajadora? ¿Cómo juegan las fronteras de clase por más que los dos escuchen a Palito Ortega o a los Rolling Stone? El folklore en América Latina ¿cómo se lleva con la modernización cultural? ¿Qué pasa hacia adentro de las propias organizaciones de la nueva izquierda en términos de cuán novedosas son?

El primer impulso historiográfico fue definir a la nueva izquierda a partir de la dimensión política, diferenciándola de las izquierdas tradicionales como el Partido Socialista o el Partido Comunista. Tomemos las organizaciones armadas que surgen de esas rupturas, en términos de formas organizacionales y subjetividades que construyen esos espacios ¿cuánto existe de vieja izquierda y cuánto de nueva izquierda? Organización clandestina de partido de cuadros, con centralismo democrático y cadenas jerárquicas impermeables. En eso pueden reconocerse tanto el Partido Comunista como la última organización guerrillera de los setenta.

Entonces ¿cuánto hay de vieja izquierda en la nueva Izquierda? ¿cuáles son los referentes culturales e ideológicos de estas nuevas organizaciones? Por otra parte, pensemos a la inversa ¿cuánto tiene la vieja izquierda de nueva izquierda? Porque uno puede decir “el mundo de la revolución y el mundo de las armas expresado en la figura de Cuba y el Che Guevara es un parte aguas a la obediencia de la Unión Soviética”. Sin embargo, ¿qué Partido Comunista no reivindica la figura del Che Guevara? ¿Qué Partido Comunista no reivindica la Revolución Cubana? Existe un universo sensible que unifica las heterogeneidades, pero al interior de ese universo sensible aparecen muchas tensiones, préstamos y, por lo general, hay mucho más movimiento del que un término como el de nueva izquierda nos permite alumbrar.

Ivette Lozoya López: En la cuestión que plantea la pregunta, me parece que, por un lado, hay temas metodológicos relacionadas con los límites de la disciplina histórica. Pero, por otro lado, están los juicios sociales que afectan a la mirada del historiador y la posibilidad de entregar nuevas interpretaciones. Es importante considerar que a veces el problema no tiene que ver con una limitación concreta de las fuentes o del acceso a cierta información, sino sobre los juicios que tiene una comunidad y no sólo el historiador. El historiador responde y está pensando además en cómo responde y cómo se relaciona con esa comunidad.

En el caso chileno, por ejemplo, la instalación de la teoría de los dos demonios en el periodo transicional influyó en las investigaciones sobre la izquierda y la nueva izquierda de los años sesenta y setenta. En Chile esta democracia transicional “tan exitosa”, como se veía, instaló ideas fuerzas sobre lo que había ocurrido. El relato hacía hincapié en una especie de “locura juvenil” que estaba muy vinculada a la violencia. En respuesta, se generó una violencia política general de la institucionalidad, principalmente de un actor como los militares, y la sociedad como la ciudadanía terminaron en medio de la confrontación entre dos sectores. Estas visiones implicaron que las investigaciones sobre la nueva izquierda se centraran mucho más en la evidencia de que había sido efectivamente violenta, al tensionar la realidad hasta un límite que habría hecho prácticamente obligatorio el golpe de Estado y su fracaso.

Este tipo de lecturas fueron un condicionante histórico que tuvo una influencia importante en la forma en que los historiadores observaban y estudiaban a la nueva izquierda desde un juicio preestablecido. Sin embargo, se fue disolviendo a medida en que se empezaron a desarrollar más críticas a la transición política chilena y a desplegar otras perspectivas historiográficas. El análisis de la experiencia histórica a través de la memoria se desarrolló en un primer ciclo, donde a muchos de los participantes o militantes de la nueva izquierda se los reconocía como víctimas del proceso de la violencia.

En un segundo ciclo, en cambio, comienza a desarrollarse una historia sobre la militancia. El abandono de los juicios anteriores sobre los actores permite abordar la experiencia desde otro lugar. No desde la categoría de víctimas, sino desde la categoría de la militancia y reivindicando por lo tanto su proyecto político. La reivindicación del proyecto permite una apertura a otros aspectos de ese proyecto y a analizar de manera más profunda la experiencia de la nueva izquierda de los años sesenta y setenta. La lectura sobre la realidad de la memoria social y la historia oficial tienen mucha influencia sobre los estudios historiográficos y no creo que haya una forma de evitar eso. Los historiadores estamos para responder a las demandas sociales en un momento determinado y por eso debemos problematizar esa aproximación.

Saliendo un poco de la referencia local, en términos generales la nueva izquierda se ha definido en función de la estrategia específica sobre cómo se toma el poder. Desde mi perspectiva, esa diferenciación entre vieja y nueva izquierda a partir del uso o no de la violencia es insuficiente y no da cuenta de una serie de experiencias. Una diferenciación mucho más adecuada es utilizar la lógica de la construcción del poder. Esa es la diferencia fundamental entre la nueva y la vieja izquierda ¿cómo y quién construye el poder? La construcción desde arriba o la construcción desde abajo. Esa cuestión es relevante porque existieron experiencias donde la violencia fue mucho más enunciada que practicada y, por lo tanto, queda la diferencia solamente en el discurso. En el caso chileno, no existió la vieja izquierda y la nueva izquierda no combatió jamás. No hubo una acción guerrillera en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que fue la expresión más cristalizada o avanzada de la nueva izquierda chilena. La organización no realizó acciones de combate, sino de financiamiento, utilizando una violencia que no tenía nada que ver con la violencia guerrillera. Su violencia estuvo orientada hacia la expropiación para el financiamiento y fue una violencia popular, que no es característica sólo del momento histórico de la nueva izquierda. Los sectores populares muchas veces han utilizado acciones de violencia coordinadas para el logro de ciertos objetivos económicos específicos.

En el caso de Chile, la nueva izquierda en sus inicios apostaba por la lucha armada, como si realmente la hubiese materializado y, en realidad, no la concretó nunca. Lo que hizo posteriormente al golpe de Estado de 1973 fue utilizar la violencia contra un actor específico vinculado a la dictadura y no era necesariamente una guerrilla, sino una acción legítima de liberación nacional o de democratización. De esta manera, la diferenciación de nueva y vieja izquierda sólo utilizando parte de la estrategia es inadecuada, si no se tiene en cuenta que la estrategia final es la toma del poder y por lo tanto el uso de las armas es parte de la misma. Incluso en aquellos países donde esa diferenciación es importante, tiene límites y se necesita profundizar en otros ámbitos para poder configurar y definir a la nueva izquierda de manera más amplia.

En esta cuestión se puede poner como ejemplos conectados los casos de Chile y Cuba. Existen importantes especificidades en la experiencia histórica de la nueva izquierda que permiten plantear esa relación, para ponerla en una definición más amplia, pero también para ir sobre sus particularidades. Así como resulta absolutamente inoficioso definir a la nueva izquierda sólo desde la violencia, me parece que el carácter anti-intelectualista que por lo general se le ha asignado a la nueva izquierda en América Latina no aplica para Chile.

Existió una relación muy directa entre los intelectuales y la militancia como intelectuales al interior de las organizaciones político-militares. No es que se hayan desprendido de lo intelectual en los años sesenta y setenta, sino que su función de intelectuales fue desarrollada al interior de las organizaciones políticas y eso les otorgó un carácter distinto. Una explicación puede ser porque las condiciones en Chile eran bastantes favorables para el desarrollo de la actividad intelectual siendo militantes, porque había un gobierno o una democracia que aceptaba la influencia de esos dos ámbitos, algo que en la actualidad sería un poco impensable. Esa izquierda intelectual hizo una reinterpretación importante del marxismo, por lo tanto, nutrió las reflexiones y las definiciones sobre la nueva izquierda de conceptos importantes e innovadores y no mecánicos. Eso no quiere decir que la práctica política finalmente no haya sido mecánica, pero en el caso de las definiciones y en la élite de esas organizaciones se desarrollaron conceptos bastante sofisticados.

Por otro lado, es necesario considerar en el caso de Chile que la diferenciación entre violencia y no violencia no estuvo relacionada sólo con la posibilidad o no de materializar la misma. No debe perderse de vista la adscripción por parte de la nueva izquierda chilena con la vía electoral, aunque sea momentánea. El gobierno de la Unidad Popular concitó el apoyo directo y declarado del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y obviamente una línea importante del Partido Socialista fue parte de la nueva izquierda, dentro de un conglomerado de partidos que apoyó la candidatura y la elección de Salvador Allende. De esos sectores salieron algunos personajes importantes, la política institucional partió de esa línea, y el MIR generó un apoyo crítico desde afuera, pero respaldó al gobierno para no sabotearlo.

Por lo tanto, cuando hacemos ciertos análisis del fracaso, de la derrota de la nueva izquierda en Chile, podemos cuestionarnos ¿Lo derrotado fue la experiencia institucional o realmente la nueva izquierda? ¿Logró materializar un proyecto la nueva izquierda o lo derrotado fue sólo la apuesta de la línea allendista del partido socialista? En ese tipo de interrogantes surgen elementos importantes para el debate.

Respecto a Cuba, tampoco aplica la idea de nueva izquierda en relación si adscribe a la violencia o no, porque no es la nueva izquierda la que tomó el poder en Cuba y la que concretizó la revolución. La nueva izquierda en Cuba se conformó después del triunfo revolucionario y militar, por lo tanto, no hubo una relación directa entre la nueva izquierda política e intelectual con la violencia. Tal vez son los historiadores más conservadores los que tienen una relación más directa con la violencia en Cuba. La nueva izquierda se empezó a construir dentro del poder y se desarrolla como una fuerza que a mi juicio existe hasta la actualidad. Este sector todavía sigue disputando la conducción de la revolución y la construcción del poder en Cuba.

En definitiva, resulta paradójico si se tiene en cuenta que la nueva izquierda cubana fue y es bastante distinta a la nueva izquierda latinoamericana. En este punto, también es importante revisitar el concepto de nueva izquierda todas las veces que sea necesario en función de las experiencias concretas que pretendemos analizar. Sólo de esa manera la investigación histórica puede dar lugar a una reflexión social relevante, capaz de revisitar y particularizar la experiencia de la nueva izquierda, sobre todo a la luz de lo que ocurre en la actualidad en América Latina.

Sandra Jaramillo Restrepo: En términos analíticos, el problema del uso de la categoría de la nueva izquierda es que sigue estando, para el caso latinoamericano, muy amarrada a los procesos políticos y a la acción revolucionaria en el sentido de las armas. Eso funciona como cierto obstáculo epistemológico porque en esos términos estamos ante un concepto que no permite elasticidad. Esta concepción fundamenta las visiones que definen la nueva izquierda de los años sesenta y setenta como una experiencia armada.

        En Colombia, pero también en buena parte de la historiografía latinoamericana, se piensa la nueva izquierda como procesos político guerrilleros a los que hay que hacerles interrogantes del tipo: ¿cuáles eran y cuáles no las organizaciones políticas de la nueva izquierda y cuáles sus debates políticos? ¿qué entendían por revolución en términos estratégicos y tácticos? ¿qué hechos derivaron en escisiones y cómo se distinguían los diferentes grupos? Efectivamente es un cierto apego a las lógicas de los propios actores en el plano de la investigación, pues son también estas las preguntas que orientan el ejemplo del libro que mencionaba antes: ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos, hacia donde debemos ir? (Proletarización, 1975) en el que un grupo inscrito en el sector que emergió después de la ruptura chino-soviética define unas coordenadas para inscribir -o no- las diversas expresiones. Otra alternativa es estudiar el proceso evitando su “ordenamiento” y más bien abriéndose a percibir los matices, las variaciones sin renunciar a contemplarlo como una unidad de lo plural y lo diverso.

Aunque los propios actores hayan influido en que para la época se considerara que la “verdadera” y “legítima” nueva izquierda era la que pasaba al acto, o sea, a la opción revolucionaria armada o actuaba según un antiimperialismo “pulcro”, las fuentes indagadas muestran que hubo expresiones difícilmente aprehensibles en los marcos político-organizativos que son susceptibles de ser considerados como parte de la nueva izquierda y han sido escasamente abordadas por la historiografía colombiana. En particular pienso en experiencias intelectuales que se expresaron a través de otras institucionalidades (universidades, centros de investigación) o directamente en “formaciones” intelectuales que dieron lugar a materialidades propias (revistas, editoriales) y, por ende, deben ser reconstruidas en sus propias lógicas.

¿Cuáles son las expresiones y los artefactos específicos que quedan de esa acción cultural o intelectual? Para el caso colombiano, bucear en la producción de impresos y publicaciones y especialmente de revistas teórico culturales es clave para matizar, ampliar y flexibilizar la noción de la nueva izquierda, asociándola a los procesos de recepción del marxismo y de las teorías críticas en los años sesenta y setenta. Esto pone en evidencia un sentir de época común pero que se expresaba y desarrollaba en procesos distintos (los planes universitarios, la profesionalización de las ciencias sociales, la tensión entre el humanismo y el estructuralismo en sus versiones locales, entre otros) y derivaba en nociones polisémicas de la revolución.

Por esta ruta la nueva izquierda latinoamericana no pierde su especificidad, pero sí se hace menos extraña a las dinámicas del marxismo occidental y la contracultura que tanto se reivindican para los casos europeo y norteamericano. En el capítulo colombiano, se hallan actores de la nueva izquierda que escindidos de las organizaciones en las que temporalmente participaron (matrices originales como el comunismo o el liberalismo disidente, o las nuevas organizaciones y partidos revolucionarios), siguieron luchando en contra de la “esclerotización” del marxismo que a sus ojos seguía representando el comunismo internacional y desarrollaron procesos alternativos. Es decir, en otro plano la nueva izquierda de tipo intelectual también innovó en sus prácticas (como lo hizo la nueva izquierda de tipo organizativo), desarrolló procesos propios como los del mundo impreso, colonizó o creo otro tipo de instituciones y propugnó por recrear la idea misma de revolución y sus temporalidades. En conclusión, el principal limitante de la nueva izquierda en tanto categoría analítica es el apego a estudiar el fenómeno exclusivamente en los marcos de la historia política y social sin enriquecer su abordaje con las herramientas epistemológicas y metodológicas que ofrece la historia intelectual.

Adela Cedillo: Ya estamos de acuerdo en que la nueva izquierda es un concepto necesario, pero queda pendiente una cuestión clave: ¿significa lo mismo la nueva izquierda en el norte global que en el sur global? Mi respuesta es sí y no, aunque suene ambiguo. Tengo la impresión que la izquierda en el sur global fue mucho más diversificada ideológicamente. Personas que compartían la misma ideología, terminaron formando distintos grupos por motivos más subjetivos que objetivos, como la lucha por el liderazgo y la incapacidad para negociar sus diferencias, o incluso por cuestiones ideológicas nimias, que nos llevan a cuestionar cómo fue posible que los grupos se dividieran por desacuerdos que a la distancia parecen insignificantes frente a la necesidad estratégica de acumular fuerzas. En México, por ejemplo, surgieron alrededor de cuarenta organizaciones de izquierda armada tan sólo en las décadas de los sesenta y setenta. De acuerdo con Darío Villamizar, es el país que tuvo más organizaciones de ese tipo en todo el continente, no obstante, se trataba de grupos pequeños y muy vulnerables frente al aparato contrainsurgente del Estado.

La riqueza de la izquierda en el sur global está dada por un espectro muy amplio de expresiones ideológicas. En cambio, cuando se estudia a la izquierda en el norte global, la contracultura es uno de los indicadores más evidentes tanto del cambio de época como de la formación de una nueva identidad de izquierda. La yuxtaposición de la contracultura con los movimientos sociales y políticos llegó al punto en que no es posible establecer un corte analítico tajante entre lo contracultural y lo político. Este es el origen del enfoque de algunos autores, como Eric Zolov (1999; 2008), que consideran a la contracultura como parte de la nueva izquierda. Para Zolov, el abanico de la izquierda debe abrirse conceptualmente para abarcar todas las expresiones de rebeldía juvenil de los llamados “Global Sixties”. La idea de que este fue un fenómeno global ha contribuido a que se diluyan analíticamente las profundas diferencias entre países y regiones.

No obstante, en casos como el mexicano es mucho más factible establecer la distinción entre contracultura y nueva izquierda. En México, la contracultura fue un fenómeno que atravesó fundamentalmente a ciertos sectores de la juventud de clase media en las ciudades principales del país. No fue algo extendido a toda la sociedad ni a toda la izquierda. Un sector importante de la nueva izquierda de los sesenta y setenta surgió en el medio rural. Existía un abismo insondable, de subjetividades, valores e ideas entre esos movimientos agraristas, campesinos e indígenas y la contracultura de la clase media urbana.

Por supuesto, la contracultura tuvo una gran influencia en los movimientos estudiantiles y en militantes (muy escasos en el caso mexicano) que pasaron del rock y las drogas a la guerrilla u otras formas de activismo radical. Sin embargo, no podemos pasar por alto el estigma ideológico que le impuso la izquierda, vieja o nueva, a las expresiones contraculturales. La contracultura en México fue acusada por comunistas tanto ortodoxos como renovados de ser un instrumento del imperialismo cultural estadounidense. Sin duda, las generaciones que fueron jóvenes en los sesenta y setenta tuvieron una influencia enorme de la cultura norteamericana. Muchos crecieron admirando la modernidad estadounidense: el auge industrial y tecnológico, el cine, la música y los deportes como el fútbol americano y el baseball. Algo de esa influencia era inevitable e imparable. Mas tener el cabello largo, escuchar rocanrol, usar minifalda, fumar marihuana o emplear la psicodelia, eran considerados por mucha gente de izquierda como un símbolo de decadencia, de aceptación de lo yanqui y de penetración de mercado. En suma, desde el moralismo y el nacionalismo, que ciertamente eran anticuados pero que compartían personas de derecha e izquierda de diferentes generaciones, hubo una gran condena a la contracultura proveniente de los Estados Unidos.

La nueva izquierda (y aquí me referiré únicamente al caso mexicano) construyó su identidad no sólo en oposición a la derecha y a la Unión Soviética y sus partidos satélites, sino también a la contracultura. Este panorama complica un poco la perspectiva y por ello no es tan fácil afirmar que la contracultura haya sido una expresión más de la nueva izquierda. Además, la nueva izquierda no tuvo un proyecto estético sustancialmente distinto al de su antecesora, a diferencia de lo que ocurrió en otras partes de América Latina y el Caribe. En general, se recicló el lenguaje estético del realismo socialista. En el caso de la izquierda armada, se enfatizaron los aspectos de abnegación, sacrificio y martirologio de la literatura socialista. Novelas como Así se templó el acero de Ostrovsky y El tábano de Voynich probablemente fueron más leídas que El capital de Marx. Las revistas de izquierda (tanto civil como armada) incluyeron gráfica de los años treinta y cuarenta de la escuela de grabadores mexicanos posrevolucionarios. Hubo algo de elaboración propia, pero fue visualmente marginal. En vestimenta, se adoptaron elementos folklóricos alusivos a los pueblos indígenas (la ropa bordada, los huaraches, los morrales), no en conexión con los hippies sino con el nacionalismo. El rock era sospechoso de ser pequeñoburgués, lo correcto era escuchar corridos revolucionarios y la nueva canción latinoamericana, lo que en México se denominaba simplemente como música de protesta. Podría decirse que la cultura de la nueva izquierda exaltaba al sujeto y la emancipación colectiva y repudiaba el individualismo y el hedonismo presentes en la contracultura.

No comparto la visión de Zolov de considerar a cualquier rebelde de la época como parte de la nueva izquierda. Él afirma que los hippies, los bohemios y los beats eran anticapitalistas. Eran antisistema de algún modo, aunque su resistencia era más cultural que política, dado que irse a vivir a una comuna hippie o usar drogas recreativas tal vez contribuía a la liberación personal, pero no al fin del capitalismo. Considero que la historiografía de los llamados “Global Sixties” abrió tanto el espectro para entender qué fue la nueva izquierda que terminó aglutinando en un mismo campo a experiencias no sólo distintas sino antagónicas.

Por supuesto, la gran contribución de esa historiografía fue hacer énfasis en la incorporación de la dimensión cultural. Sin duda, la izquierda no solamente tenía que ver con el Manifiesto del Partido Comunista, el maoísmo, la guerrilla o el foquismo, sino que había cruces con otras dimensiones de la subjetividad, como las cuestiones de género, las emociones, las pasiones, los valores y los símbolos. Mi disenso no tiene que ver con negar tales aspectos. Mi punto es que lo cultural fue parte de un contexto más amplio del cambio de subjetividades. Identificar la contracultura que definió a un sector de la población con la nueva izquierda conduce a que se pierda la especificidad de lo que ésta representaba en su momento. Lo específico de la nueva izquierda es que, al margen de las profundas divisiones internas, había un consenso por el socialismo y la utopía futura. En términos ideológicos, de género y de la esfera ideal-valorativa, todavía resta delimitar qué fue la nueva izquierda mexicana. Por ejemplo, algunas características singulares de esta izquierda fueron su intelectualismo, sus constantes debates teórico-políticos basados en visiones muy sectarias y puristas y su adopción de roles de género que mezclaban lo heteronormativo con un feminismo empírico –por llamarlo de algún modo–, temas que se han estudiado muy poco. Por estas razones, pienso que debemos definir a la nueva izquierda como algo diferente a la cultura y al contexto, desde luego sin negar esas influencias.

Una particularidad que percibo en la historiografía que se realizó sobre la nueva izquierda es que está influida por el posmodernismo de izquierda. Por ejemplo, si uno analiza el período de entre siglos, posterior al colapso de la URSS y la Guerra Fría, es posible visualizar que surgieron izquierdas menos ideologizadas, menos rígidas, más lúdicas, enfocadas en el cuerpo y la libertad, reconciliadas con la individualidad. Son unas izquierdas que traen integrada la política de la identidad, el feminismo, la lucha contra el racismo, contra la depredación de la naturaleza, contra la homofobia y, evidentemente, contra el neoliberalismo y la globalización. El ejemplo más típico de esta nueva izquierda posmoderna es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que desde su aparición ha atraído principalmente a activistas del norte global, herederos de la rebeldía contracultural de los sesenta que se cruzó con el anticapitalismo.

Este punto quizá nos ayude a entender mejor las diferencias entre la nueva izquierda mexicana de los sesenta y la izquierda posmoderna de entre siglos. Haciendo toda clase de ejercicios comparativos, geográficos y temporales, puede entenderse la especificidad y las dimensiones de lo que está dentro y fuera de la nueva izquierda. La historia de la izquierda es muy rica y compleja, pero estuvo tan marginada o soterrada durante tanto tiempo que al rescatarla a veces lo hacemos desde lo que entendemos en la actualidad como izquierda y no desde lo que en aquella época se experimentaba específicamente como de izquierda.

Para concluir, quiero destacar otro problema importante respecto a la nueva izquierda y su polisemia. La variedad de significados se debe a que no podemos subsumirla en una categoría homogénea que se aplique de la misma manera para toda la región. Como he intentado argumentar, en el caso de México, la contracultura fue algo distinto a la nueva izquierda, mientras en el norte global la contracultura estuvo integrada a ella. En el resto de América Latina, tengo la impresión de que, en regiones como Centroamérica y el Cono Sur, donde la represión a la izquierda en su conjunto fue tan fulminante, la vía armada fue la característica más preponderante de la nueva izquierda, con la gran excepción del allendismo en Chile, el cual fue un experimento socialista único. En Argentina, el peronismo de izquierda, tanto armado como civil, también fue otra excepcionalidad continental. Mas en países donde las izquierdas no fueron perseguidas indiscriminadamente, como en Perú o México, florecieron otras corrientes, como el maoísmo y las izquierdas se multiplicaron exponencialmente. Mencioné que en México hubo cuarenta organizaciones armadas, pero de las no armadas hubo muchísimas más. En suma, debemos ser cautos respecto a lo que entendemos por nueva izquierda, dependiendo del contexto nacional o regional y, sobre todo, hay que activar la alerta respecto al presentismo, que tan frecuentemente -y a veces inevitablemente- contamina nuestra visión del pasado.

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Nicolás Dip es Profesor en el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales y en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Doctor en Historia y Licenciado en Sociología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.

Brenda Belén Castillo. Estudiante avanzada de la Licenciatura en Historia de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Investigadora en formación en el área de Ciencias Sociales en el Centro de Investigaciones María Saleme de Burnichon en esa misma casa de estudios.

Luciana Jáuregui Jinés. Socióloga por la Universidad Mayor de San Simón. Magister en Ciencias Políticas por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Sede Ecuador y estudiante del Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Marco Antonio Sandoval. Doctorante en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Historia Internacional por el Centro de Investigación y Docencia Económicas. Licenciado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y Licenciado en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana.

Marlene Martínez Santiago. Licenciada en Ciencias Políticas y Administración por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actual estudiante de la Maestría en Gobierno y Asuntos Públicos del Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Mauro Rodríguez. Profesor y Licenciado en Sociología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de La Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente es estudiante del Doctorado en Ciencias Sociales por la misma casa de estudios.

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[1] La realización de la entrevista fue coordinada por Nicolás Dip y llevada a cabo por Brenda Belén Castillo, Luciana Jáuregui Jinés, Marco Antonio Sandoval, Marlene Martínez Santiago y Mauro Rodríguez. La misma es producto del seminario “¿Existe la nueva izquierda? Debates político-intelectuales en la historia reciente de América Latina y Estados Unidos”, dictado por Dip en el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México en 2021. Las conversaciones originales duraron más de una hora y contaron con un gran número de preguntas. Esta es una versión sintética para que su lectura sea más accesible.

[2] Puede consultarse en el siguiente link: http://escripta.uas.edu.mx/index.php/escripta/article/view/157

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