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Magallánica : revista de historia moderna - Año de inicio: 2014 - Periodicidad: 2 por año
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Introducción. Los estudios sobre nobleza en la Edad Moderna: un panorama abierto*

 

 

 

Adolfo Carrasco Martínez

Universidad de Valladolid, España

 

 

 

Recibido:         04/05/2015

Aceptado:       29/05/2015

 

 

 

 

 

Adolfo Carrasco Martínez es Profesor Titular de Historia Moderna en la Universidad de Valladolid, investigador del Instituto de Historia Simancas y Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia. Forma parte del GIR Historia del poder en la Edad Moderna (UVA) y es miembro de De nobilitate (Red de estudios sobre la nobleza en la Edad Moderna). Sus líneas de investigación se centran en la historia de la nobleza europea en la Edad Moderna y la historia de la cultura política y la ética en los siglos XVI y XVII. Es autor de: Sangre, honor y privilegio. La nobleza española bajo los Austrias, Barcelona, Akal, 2000; El poder de la sangre. Los duques del Infantado, Madrid, Actas, 2010; coeditor con Antonio Cabeza Rodríguez de Saber y gobierno. Ideas y práctica del gobierno de la Monarquía de España (Siglo XVII), Madrid, Actas, 2013. Correo electrónico: adolfocarrasco.madrid@gmail.com

 

 

 

 


Introducción. Los estudios sobre nobleza en la Edad Moderna: un panorama abierto

 

 

 

 

 

Hoy nadie describe la nobleza de los siglos XVI-XVIII como clase ociosa y parasitaria, como tampoco es posible sostener que los grandes linajes eran lo más ilustre de Europa. Mejor dicho, sería deseable que ningún historiador hiciese suyas estas tendencias extremas. Debería estar claro que la vía historiográfica es la forma más segura de superar esquematismos maniqueos y simplificadores: ni una leyenda negra, interesada por destruir las elites del presente denigrando las pasadas, ni una leyenda rosa, nostálgica de un mundo perdido. En todo caso, la historia está acostumbrada a competir con otros relatos eficaces que recorren la línea del tiempo con el objetivo primordial de bendecir o denostar el presente. Por eso reivindicamos nuestro espacio, el de la comprensión veraz del pasado, y nuestro desafío, que es siempre la comprensión de la complejidad. La nobleza y lo nobiliario en la Edad Moderna constituyen un campo donde la complejidad se revela más intrincada y atrayente para el estudioso.

Si contemplamos los últimos treinta años de estudios sobre la nobleza europea, lo que resalta a primera vista es el gran número de trabajos publicados y la diversidad de enfoques. Ambas circunstancias merecen ser valoradas, porque en este caso tanto la cantidad como los temas son indicativos de algo. Más estudios y con puntos de vista diferentes acreditan un aumento del interés historiográfico por la nobleza que ha cruzado la barrera del siglo XXI y sigue en aumento. Es evidente que ello ha sido posible por la superación, desde hace mucho tiempo, de una historia anticuaria, genealógica-heráldica, de familias y personajes. Igualmente, también hemos dejado atrás, aunque desde hace menos tiempo, una historia economicista derivada de la estrechez del materialismo histórico. Como en otros campos de la historiografía, el gran cambio en los estudios sobre nobleza se produjo cuando la metodología se abrió a las influencias de otras disciplinas cercanas cuyas categorías podían aportar aire fresco y puntos de vista renovadores si se aplicaban, siempre sin perder de vista las bases específicas del conocimiento histórico. La apertura de la historia de la nobleza a la sociología, a la antropología, a la politología, a la filosofía, a la historia del arte, por citar solo las áreas más cercanas, fue decisiva porque supuso la incorporación de una panoplia de categorías (herramientas) susceptibles de aumentar el espacio de investigación y multiplicar las perspectivas. Significativamente, parte del ensanchamiento del campo de los estudios nobiliarios ha provenido de libros pioneros, escritos en algunos casos desde perspectivas no estrictamente historiográficas, que quizá no tuvieron en su momento el eco debido entre las filas de los historiadores, pero que, una vez producida la mencionada actitud favorable a las influencias externas, recobraron interés. Me refiero a los trabajos de J. Huizinga, O. Brunner o J. A. Maravall, entre otros, cuyas formas de acercarse a lo nobiliario, lamentablemente, han tardado demasiado tiempo en calar e inspirar a los historiadores españoles dedicados a lo nobiliario.

Hoy, las cosas son distintas. Gracias a estas obras de referencia y, más aún, en virtud de la actitud abierta de los historiadores a la hora de recurrir a categorías importadas, hemos avanzado mucho en dos líneas principales. Una reside en volver a visitar temas antiguos con puntos de vista nuevos, como sucede con las relaciones entre nobleza y milicia, la gestión de los patrimonios señoriales, las estrategias familiares y de linaje, la participación de los nobles en la administración y la política, el derecho regulador del segundo estamento, o la relación con el rey y la dinastía. La otra línea nos ha permitido abordar temas nuevos o poco frecuentados, como el mecenazgo artístico, el consumo aristocrático, las mentalidades y la cultura nobiliarias, el debate en torno a la idea de nobleza, la propia conciencia de sí y la construcción de una ética particular, la inserción conflictiva de los nobles en el universo cortesano, la vinculación entre nobleza y territorio, o la aportación cosmopolita (transnacional) de lo nobiliario a la evolución de la sociedad y la conciencia europeas.

Los trabajos aquí reunidos reflejan, al menos en parte, la vitalidad y las implicaciones de esta tendencia de afrontar lo nobiliario. No están comprendidas todas las formas, porque precisamente lo que caracteriza el momento historiográfico actual es la diversidad de perspectivas imposible de abarcar, pero al menos están recogidas algunas de las más significadas.

La aplicación de la noción de sociohistoria al estudio de los linajes es la propuesta de Juan Hernández Franco y Raimundo Rodríguez Pérez. Ese concepto, acuñado por Pierre Bourdieu, representó en su momento la superación de la rigidez estructuralista en antropología y sociología, y su sustitución por categorías capaces de entender lo que por definición es dinámico, esto es, las prácticas sociales y simbólico-culturales. Hernández y Rodríguez han transportado la categoría sociohistórica a uno de los elementos identitarios del universo nobiliario, el linaje, porque se adapta bien a su perfil. El linaje es relacional, es móvil, tiene en cuenta lo individual, no se limita al parentesco sanguíneo, evoluciona con el tiempo y, en definitiva, mide su eficacia por la consecución de objetivos; en función de una evaluación permanente, reafirma sus criterios y sus lazos, o los modifica. Como aseguran los autores, la idea de linaje se mantiene viva en las familias nobiliarias porque es operativo en las diferentes situaciones y sirve para alcanzar metas. Es decir, la idea de linaje permanece como núcleo central de la visión nobiliaria del mundo porque funciona y no simplemente porque pertenezca al imaginario que le es propio. Para testar su propuesta metodológica, Hernández y Rodríguez proponen un estudio de caso, el estudio del linaje de los Zúñiga a partir de la concesión del ducado de Béjar (1485) a Álvaro de Zúñiga y Guzmán. Como demuestran en el ensayo, es perceptible la confluencia de la toma decisiones familiares (enlaces matrimoniales) con el azar biológico (la descendencia), la evolución de la coyuntura político-económica y, como no podía ser de otra manera, la eventual influencia de criterios personales en las opciones. Así se constituye la prosperidad del linaje, mediante prácticas tendente a la conservación y la ampliación de bienes materiales y simbólicos. 

José Antonio Guillén Berrendero centra su trabajo en el honor, otro de los grandes ejes que explican lo nobiliario en la Edad Moderna. La idea nobiliaria de honor es la que se impone a la sociedad en su conjunto y durante los siglos XVI al XVIII, la nobleza hace todo lo posible por mantener su propiedad y exclusividad. Es recuerdo, orden, coherencia, armonía entre lo individual y lo colectivo; es decir, es un lenguaje que conecta al grupo nobiliario con la sociedad. Para que sea eficaz, el honor no puede limitarse a lo que de sí mismos digan los nobles y el culto que prestan a la memoria (la adaptación de la fama clásica) de sus antepasados, sino que ha de revalidarse continuamente buscando la aceptación de los demás. Aquí entra en juego el reconocimiento del honor nobiliario por parte del cuerpo social, en función de mecanismos de consenso que se denominaban pública voz y fama, o común opinión. Guillén aborda dos ámbitos específicos de reconocimiento y comunicación del honor como son las informaciones para la concesión de hábitos de órdenes militares y la actividad de los reyes de armas, quienes oficialmente certificaban las genealogías necesarias para lograr mercedes (títulos, cargos, y otros). Lo que se desvela del funcionamiento de estos procedimientos administrativos conducentes a fijar el capital simbólico del honor es la congruencia entre algo inaprensible que depende de la opinión y la memoria y su positivación en títulos, mercedes y signos visibles reconocidos socialmente. O dicho de otra manera, cómo la codificación de un lenguaje dota de sentido a ideales y recuerdos.

El estudio de Agustín Jiménez Moreno supone una manera diferente de enfocar un tema conocido, como es la vinculación de la alta nobleza castellana con el ejército y la defensa de la Monarquía, superado definitivamente el tópico simplificador de la pérdida de la vocación militar de la nobleza española a lo largo de la Edad Moderna. La novedad consiste en considerar el reclutamiento no una carga o un cometido forzado, sino una oportunidad para los señores de vasallos. En realidad, el servicio al rey con soldados debe insertarse en el complejo juego de prestaciones y retribuciones que envolvía la relación entre la corona y sus súbditos más poderosos. El conjunto de iniciativas incluía la recaudación de impuestos, la gestión de la gracia real (concesión y ampliación de mayorazgos, otorgamiento de títulos, hábitos y otras mercedes), la gestión de la deuda del Estado y de las deudas de las haciendas señoriales. Todo ello exigía continuos procesos de negociación en los cuales los titulados pactaban las condiciones por las que costearían los contingentes que pondrían bajo las banderas del monarca. En concreto, durante el valimiento de Olivares, cuando confluyó el impulso reformista del ministro con acuciantes problemas financieros y, por encima de todas las cosas, se produjo el salto a escala global de la guerra (desde 1635), la implicación de la alta nobleza en la defensa de la Monarquía se interseccionó más que nunca con esas otras cuestiones que interesaban a todas las partes sentadas a la mesa de la negociación. Como pone de manifiesto Agustín Jiménez, el reclutamiento nos permite conocer los límites verdaderos del ejercicio regio del poder y el alcance de la capacidad de las casas nobiliarias para obtener beneficios.

Si las tres contribuciones mencionadas se han centrado en diversos aspectos de la nobleza castellana, la aportación de Carlos José Hernando Sánchez se orienta a la aristocracia napolitana. Puede decirse que el reino partenopeo fue, junto con la corona de Castilla, el basamento de la Monarquía de España durante los dos siglos de la casa de Austria. Por extensión, por población, por recursos, por mentalidad y por identificación con la dinastía, Nápoles es centro motor del conglomerado de reinos y fuerzas de la Monarquía, de ahí que su potente nobleza, asentada en el territorio y en la populosa capital, sostenga su protagonismo. Hernando lo aborda a través de la trayectoria de la familia Pignatelli, cuyos miembros disfrutaron de cargos de responsabilidad tanto en Nápoles como en otros territorios españoles. El largo recorrido de los Pignatelli ilustra un doble proceso secular de integración: por un lado, la que se produjo entre una parte de Italia y España por un periodo que supera los doscientos años, y por otro lado la identificación de los linajes napolitanos (y por extensión también sicilianos y de otros territorios itálicos) con el proyecto de los Habsburgo madrileños, que acabará siendo, como en el caso estudiado, un proceso de identificación con España-nación. Al fondo queda la concepción de la Monarquía como una articulación de cortes, de linajes y de naciones, bien ejemplificado en la trayectoria de distintas familias tanto italianas como españoles en origen pero con el paso del tiempo asientan sus pies en las dos penínsulas mediterráneas más allá de los intereses de linaje. Tres conceptos permiten a Hernando explicar la conjunción hispano-italiana encarnada en esos linajes; se refiere al imaginario acotado entre Fe, Rey y Patria, tres lealtades forjadas entre Italia y España que, en el caso de los Pignatelli, los convierte, a la altura de fecha tan significativa como 1808, en un punto de referencia nacional.

El último título puede sorprender inicialmente al lector, pues se trata de un ensayo sobre las conexiones de la vida y la obra de Richard Wagner con la noción de nobleza, pero su inclusión está justificada. Varias son las razones, y la previa consiste en que la idea de nobleza y lo nobiliario son, por definición, nociones cosmopolitas en sentido literal, es decir, hay una homogeneidad de la cosmovisión nobiliaria que es visible en todos los Estados europeos, más allá de fronteras políticas, confesionales o culturales. A partir de esta idea y en primer lugar, Miguel Salmerón constata, a través del drama operístico wagneriano, la persistencia de la discusión acerca de dónde reside la verdadera nobleza en el contexto del mundo político-cultural germánico de mediados del siglo XIX, después de la Revolución de 1848 y a las puertas del proceso de unificación de Alemania. Más que una simple pervivencia del Antiguo Régimen, lo que refleja la biografía y el itinerario creativo de Wagner es la reutilización de grandes ideas, como la de nobleza (mezclada con otras influencias culturales germánicas) en un contexto político diferente y su proyección en el arte total que propuso el maestro de Leipzig. Lo que propone el autor, y en ello reside el mayor atractivo de su texto, no es tanto una mecánica consideración de las óperas de Wagner como testimonios más o menos críticos respecto de la sociedad y la política de su tiempo, sino cómo el artista lee categorías del pasado con la decidida voluntad de intervenir en el presente y proponer un futuro alternativo al que el ritmo histórico parece abocarse sin remedio. En resumen, lo central es que Wagner pretendiese con su arte cambiar el devenir del mundo y que uno de los puntos de su programa, recurrente en muchas de sus obras (Rienzi, Los Maestros Cantores de Nuremberg, tetralogía del Anillo del Nibelungo), fuese la afirmación de la nobleza individual frente a la heredada por la sangre.  

 



* Este texto y el dossier es uno de los resultados del Proyecto de Investigación del MINECO, referencia HAR2012-37560-C02-02, titulado Centros de poder y cultura política de la Monarquía de España en el Barroco.

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