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MAGALLÁNICA, Revista de Historia Moderna: 12 / 23 (Reseña de libro) Julio - Diciembre de 2025, ISSN 2422-779X
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Reseña
de SMITH, F., (2022). Transnational Catholicism in Tudor England. Mobility,
Exile, & Counter-Reformation, 1530-1580, Oxford: Oxford University
Press, 280 pp., ISBN 9780192865991.
Juan Ignacio Torres Aimú*
Universidad de Buenos Aires, Argentina
juanignacio.torres@uba.ar
Recibido:
07/07/2025
Aceptado: 13/08/2025
Palabras clave: Historia Cultural; catolicismo; violencia religiosa; exilio.
Keywords: Cultural History;
Catholicism; religious violence; exile.
En el campo académico británico, los primeros estudios modernos de la Reforma inglesa estuvieron hegemonizados por un discurso explícita o residualmente filo-protestante. Esta concepción entendía que el proyecto reformado habría gozado de un triunfo rápido y contundente en la isla desde sus inicios bajo Enrique VIII. Una primera renovación en los estudios sobre el catolicismo inglés ya se había dado en las décadas del ’70 y ‘80 gracias a los trabajos de John Bossy, quien planteaba que el catolicismo local habría sufrido una ruptura radical. Así, la comunidad católica isabelina habría consistido en un grupo de nuevo tipo, reconstruido a partir del trabajo misional dirigido desde el continente y escindido del resto de la sociedad. Se trató, entonces, de una mirada compatible con la caracterización general predominante hasta el momento. Sin embargo, a partir de la década de 1990 la interpretación tradicional comenzó a ser impugnada de conjunto con la emergencia de un revisionismo marcadamente filo-católico. Por un lado, Christopher Haigh se esforzó por demostrar que la transmisión cultural intergeneracional de la comunidad católica no pudo ser cortada por ninguno de los monarcas protestantes. Por el otro, Eamon Duffy, historiador no casualmente irlandés, caracterizó al catolicismo pre-enriqueano como una religión pujante, dinámica y fuertemente enraizada en las tradiciones populares locales. A pesar de que el revisionismo ha contribuido al conocimiento historiográfico, debe advertirse que la academia inglesa aún no ha logrado emanciparse de los compromisos confesionales.
La reciente publicación de Frederick E. Smith, Transnational Catholicism in Tudor England, puede inscribirse en esta línea de renovación. Se trata del primer libro del autor, y es una adaptación de su tesis doctoral. Explora cómo la experiencia del desarraigo y del desplazamiento moldeó la evolución de las identidades y creencias religiosas de los emigrados considerados genéricamente “católicos”. En particular, echa luz sobre los intercambios y traducciones culturales entre esta comunidad desterrada y las tendencias espirituales del catolicismo continental.
El libro está estructurado en cuatro secciones, las cuales ordenan cronológicamente la experiencia de los émigrés (término que suele utilizar la historiografía, y que Smith enfatiza para evitar hablar de “exiliados”). Incluye un breve apartado a modo de conclusión, que sistematiza los balances finales presentes en cada capítulo, y un índice temático.
La primera parte (“Partida”) contiene un único apartado, el cual cuestiona la visión tradicional de los emigrados católicos como un grupo fuertemente atado a sus principios y con una sólida claridad política y religiosa (es decir, con capacidad para comprender cuándo la política monárquica estaba rompiendo la frontera de la ortodoxia católica). Este modelo, argumenta Smith, corresponde a figuras relevantes como Tomás Moro, pero no sirve para comprender al grueso de quienes abandonaron la isla. Varios de ellos demoraron su partida tras un período de incertidumbre, y sólo posteriormente delinearon narraciones donde se presentaban a sí mismos como púgiles de la divinidad.
La segunda parte (Traducción) está compuesta por dos capítulos. El autor señala que los émigrés actuaron como traductores en tres ángulos: 1) “a través del tiempo”, al poner en circulación escritos patrísticos en inglés; 2) “a través del espacio”, al traducir producciones continentales contemporáneas; y 3) “a través de ‘confesiones’”, al poner en circulación dentro de la comunidad de la isla textos e ideas más allá de la ortodoxia. Con el vocablo “traducción” Frederick Smith se refiere tanto a su significado literal (verter textos extranjeros al inglés) como a un sentido metafórico (adaptación de ideas). Las recepciones, por parte de la comunidad inglesa expatriada, de autores y nociones que desbordaban lo ortodoxo son importantes para el argumento general de Smith. El autor subraya en particular la lectura, traducción y puesta en circulación de los textos del movimiento spirituali de Italia y del humanista español Juan de Valdés.
La historiografía previa planteaba que la experiencia del exilio podía llevar a los émigrés, o bien a una actitud de intransigencia y celo religiosos, o bien a relajar su fervor y abrirse a planteos irenistas (de diálogo y de reunificación). Smith advierte que se trata de una falsa dicotomía, pues el exilio habría funcionado, según el autor, como catalizador para ambas posiciones al mismo tiempo. Dado que “la experiencia del exilio estimuló el desarrollo de una noción más clara de lo que constituía el núcleo inviolable de su fe”, los émigrés católicos “se sintieron cada vez más capaces de entablar un diálogo constructivo y abierto con ciertas ideas evangélicas” sin sentir “temor a que todo el edificio se viniera abajo como consecuencia de ello” (p. 129). El argumento es interesante, pero requiere mayor respaldo y elucidación. Por caso, resulta contra-intuitivo caracterizar como irenistas a los mismos agentes culturales que se desempeñaron como cuadros de mando de la feroz campaña anti-protestante de María I Tudor.
La tercera parte (Repatriación) consta de dos capítulos centrados en la experiencia de quienes regresaron a Inglaterra durante el reinado de María Tudor. Smith muestra que el retorno no supuso, como suele asumirse, una reintegración sin fricciones. El paso de los émigrés por el extranjero, lejos de ser considerado únicamente como una prueba de fidelidad religiosa, despertó con frecuencia recelos al respecto de su (falta de) fidelidad política para con el reino. El autor muestra, asimismo, que los emigrados ingleses jugaron un rol central en el diseño y dirección de la restauración católica mariana. Mención especial merece la reconstrucción de la circulación de literatura devocional que, según el argumento del libro, difundió un nuevo modo de espiritualidad dentro de los márgenes de la identidad católica (identificado con el Beneficio di Cristo italiano y con el Imitatio Christi de Thomas à Kempis).
La cuarta parte (Legados), compuesta de un único apartado, argumenta que los emigrados ingleses de los reinados de Enrique VIII y Eduardo VI habrían sentado las bases para el desarrollo del catolicismo posterior, tanto en la isla como a escala continental (renovación tridentina). Sus esfuerzos por impregnar la espiritualidad del circuito católico mariano con ideas adquiridas en el extranjero durante las décadas de 1530 y 1540 familiarizaron a los fieles ingleses con formas de piedad que luego se volverían características de las devociones recusantes del período isabelino y jacobeo. Del mismo modo, su firme rechazo a cualquier compromiso con la supremacía real, para Smith, moldeó una corriente del pensamiento católico de corte intransigente. Por último, la difusión de los decretos del sínodo legatino de Reginald Pole habría servido como plataforma para llevar estas pautas al debate sobre la reforma católica. Smith menciona en particular su recepción en Italia, en España y en el Concilio de Trento.
La riqueza del corpus documental es un dato saludable. El libro abarca correspondencia privada y oficial, así como una diversidad de manuscritos y panfletos impresos (entre los que destacan los libelos de polémica y las narraciones de las pugnas confesionales). El trabajo de archivo es notable.
Algunas generalizaciones de la investigación merecen ser tomadas con precaución. El autor ha identificado 191 emigrados en el período de Enrique VIII y Eduardo VI, pero progresivamente su análisis pasa a enfocarse mayormente en la figura de Pole. Varias de sus afirmaciones están sólidamente argumentadas para construir una caracterización de este importante cardenal, pero no está plenamente asentado hasta qué punto corresponden a una generación en su conjunto. Este foco posiblemente se deba a que Pole es el émigré que ha dejado la mayor cantidad de huellas documentales tras su trayectoria.
El aspecto más débil del texto es su propuesta conceptual, cifrada en el reemplazo del término “exilio” por el concepto de “movilidad confesional”. El autor busca remarcar la agencia de los émigrés, en lugar de su carácter de víctimas. No obstante, se trata de un falso debate: la historiografía no ha planteado que los exilios anulen la capacidad de resistencia. En todo caso, tampoco se explicita en esta obra contra quién se dirige la supuesta polémica.
Más importante aún, la perspectiva de Smith descuida o banaliza el hecho de que las fugas estudiadas se dieron bajo una coyuntura de represión extrema. La imposición del Acta de Supremacía (1534) no sólo involucró ejecuciones individuales como las de Tomás Moro y John Forest, sino también actos de aniquilamiento colectivo como el conocido martirio de los 18 cartujos londinenses. La supresión de los monasterios (1536 – 1541) involucró la pena capital (o la amenaza de su uso) contra los monjes y monjas que ofreciesen resistencia. Puede argumentarse que el objetivo explícito de la política sistemática de ejecuciones anti-católicas fue destruir las relaciones identitarias encarnadas en los cuerpos de las víctimas, por un lado, y reperfilar el reino hacia una nueva identidad confesional, por el otro. Un libro sobre exilios religiosos precisa una reflexión sobre este aspecto.
Distintas instancias muestran que este olvido de la violencia no se trata de un asunto menor. El libro enriquecería su análisis de las motivaciones para abandonar el reino (“Partida”) si asimilase que la motivación principal de todo exilio político y religioso es salvar la vida propia. El estudio el delineamiento de una identidad católica a partir del exilio (“Traducción”) ganaría fuerza si tomase en cuenta la experiencia del martirio como catalizador subjetivo. Finalmente, resulta extraño que el autor afirme que “casi todos” los exiliados protestantes bajo el reinado de María I Tudor “dejaron Inglaterra voluntariamente y sin coacción” (p. 157). Transnational Catholicism in Tudor England no deja de ser el producto de un campo académico determinado, uno que (a diferencia del latinoamericano) no ha conocido, en su historia reciente, la experiencia de la persecución y del exilio en carne propia.
Más allá de estos puntos discutibles, sin embargo, el texto de Frederick Smith realiza un aporte pertinente. Por un lado, el autor logra justificar y exponer con detalle su caracterización del catolicismo mariano y tridentino como “una fe que fue renovada y revitalizada mediante el encuentro religioso, el intercambio y la fertilización cruzada” (p. 257). Por el otro, demuestra que no es posible comprender “ni el catolicismo inglés de la modernidad temprana ni la Contrarreforma europea en su conjunto sin apreciar los contactos, interacciones e intercambios entre ambos” (p. 236).
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Magallánica : Revista de Historia Moderna es editada por el Grupo de Investigación en Historia de Europa Moderna de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata y por la Red de Historia Moderna ISSN 2422-779X (en línea)
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