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MAGALLÁNICA, Revista de Historia Moderna: 12 / 23 (Reseña de libro) Julio - Diciembre de 2025, ISSN 2422-779X
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Reseña de VINCENT, B., (2023). Esclavitudes Ibéricas. Hacia una
historia conjunta del fenómeno esclavista entre el mundo mediterráneo y el
mundo atlántico (siglos XVI-XVIII), Rosario: Red Columnaria, Hya
Ediciones, 282 pp., ISBN 9789878090757.
Ofelia Rey Castelao*
Universidad de Santiago de Compostela, España
ofelia.rey@usc.es
Recibido: 15/12/2025
Aceptado: 18/12/2025
Palabras clave: esclavitud; monarquía hispánica; rescate.
Keywords: slavery; Spanish monarchy; rescue.
Este libro reúne dieciséis trabajos, en castellano y francés, publicados entre 1987 y 2023 -cuatro en colaboración con Jorge Gil Herrera, Rafael Castañeda García, Cécile Vincent-Cassy- que estudian la esclavitud y el cautiverio y su importancia en espacios de la órbita de la monarquía hispánica y su relación con las rutas del tráfico atlántico de personas esclavizadas, una realidad poco visible hasta hace unos años y que a día de hoy tiene un notable seguimiento por parte de grupos y proyectos con enfoques diferentes. En este vigor tienen mucho que ver las numerosas llamadas de atención de Bernard Vincent y sus aportaciones pioneras en las que planteaba problemas, precisaba conceptos, analizaba fuentes documentales poco o nada frecuentadas, abría vías de acceso a las diversas facetas de este tema. Y, sobre todo, dejaba claro que era preciso superar una aproximación solo narrativa o valorativa y emplear métodos cuantitativos rigurosos para ajustar las cifras de un hecho humano de extraordinaria dureza cuya dimensión, conforme se van conociendo números y porcentajes, obliga a revisar posiciones edulcoradas sobre las monarquías hispánica y portuguesa, sin ocultar que esto también era aplicable a los poderes del otro lado del Mediterráneo.
Si hacemos el experimento de leer los capítulos en orden cronológico desde 1987 podemos comprobar que el propio Bernard Vincent, lector incansable y actualizado, diseña la evolución historiográfica de este tema, a la que aplica su evaluación crítica y su capacidad para la relación y la comparación. A través de las citas al pie se ve el paso de los estudios locales o sobre fuentes singulares, hasta el amplio abanico actual de monografías realizadas a partir de una documentación diversa, y de las experiencias individuales a las colectivas, con el apoyo de aportaciones de la antropología o de la sociología, como el propio Vincent nos ha enseñado.
Los primeros estudios de esta publicación se refieren a la esclavitud musulmana. El primero es una visión general de la esclavitud en el Mediterráneo europeo occidental entre los siglos XVI y XVIII que desmiente la idea de un hecho minoritario; muy al contrario, se contaban por miles quienes vivían bajo esa condición en ciudades y villas de la mitad meridional peninsular, de los dos lados de la frontera, y en los territorios italianos de la monarquía. Eran del África subsahariana y de norte-África, capturados en razias y saqueos y operaciones de corso. Otra idea, que su posesión era un lujo, solo tenía fundamento en ciertos sectores de la elite que los empleaban en el servicio de sus casas y familias o, quizá, allí donde eran pocos y más valiosos. También queda claro que, si muchas monografías han demostrado la plétora de 1580 a 1640 -cuando la esclavización posterior a la rebelión Alpujarras hizo bajar los precios por exceso de oferta-, el descenso posterior debe revisarse ya que se mantuvo la posesión de esclavos más allá de 1700. Y que, predominando la ubicación urbana, la propiedad de personas esclavizadas fue importante en el rural, favorecida por el descenso de su valor de venta o por el trabajo temporero en el campo facilitado por la cesión a terceros. Como afirma el autor, “nada puede ocultar ya que se trataba de sociedades con esclavos” (p. 72).
B. Vincent insiste en que se trataba de una mercancía más cuyos precios y la evolución de estos obedecían a las reglas económicas de oferta y demanda y de las valoraciones de utilidad y calidad de lo vendido que hacían los postores a su compra. “Situémonos del lado de los esclavos”: su suerte era imprevisible y aleatoria y la mayoría vivió una existencia poco envidiable, llevados de un lugar a otro, traspasados de un amo a otro, peor todavía en tiempos de guerra (p. 81). El lenguaje de la documentación no permite aceptar un buen trato -eran enumerados después de los animales en los inventarios o como mercancías en las compraventas-, lo que no era incompatible con que se les bautizase y se les adjudicase una onomástica católica -reiterativa y genérica- y que así quedasen igualados en cierto modo a los cristianos.
No por ello se pudo anular su identidad o su aceptación. El autor subraya en el capítulo décimo que la idea asentada de docilidad y de una sumisión generalizada de quienes vivieron los diferentes tipos de cautiverio tratados en este libro, tiene su contrapunto en formas diversas de resistencia (p.137). Las fuentes judiciales revelan la existencia de reclamaciones contra sus propietarios tramitadas por vía de pleitos; en un escalón superior, las huidas, nada fáciles si no se contaba con información fiable y con la colaboración de redes solidarias, lo que hacía más viables las de tipo colectivo; los atentados contra los amos y los motines serían las formas más agresivas y desesperadas, siempre minoritarias.
La magnitud del fenómeno es muy difícil de calcular y eso explica la diversidad de cifras obtenidas a partir de fuentes cuyos resultados no son acumulables y complican las comparaciones. Las mediciones a partir de registros de bautismos son expresivas pero incompletas y sesgadas; los recuentos realizados por orden de la corona o por iniciativa de autoridades locales se hicieron bajo criterios y objetivos diferentes y sufren subregistros, ocultaciones o lagunas -con frecuencia dejaban fuera a mujeres y niños-; la documentación notarial, cuya riqueza es innegable, ofrece otra perspectiva pero es más valiosa para estudiar el mercado, a sus protagonistas y los precios o la dimensión social que para obtener cifras, etc. Bernard Vincent ha utilizado todas estas y las ha contrastado y ha explorado procesos judiciales, crónicas y relatos, entre otras, custodiadas en los archivos de Granada -Notarial, de la Alhambra, Chancillería- y de numerosas localidades y, claro está, en el General de Simancas, en los que el autor ha sido y es visitante asiduo y laborioso.
Cada capítulo nos da una perspectiva diferente y encadenada. La observación monográfica de la ciudad de Málaga (II y III) permite ver el análisis fino y detenido a través de dos recuentos de 1581 y 1609. El peso demográfico de la población esclava alcanzaba allí el 10%, la tasa más elevada de la Corona de Castilla, no en vano era centro redistribuidor por su condición portuaria y su ubicación con respecto a las áreas de suministro -Magreb y la esclavitud berberisca-, al tiempo que intermediaba en el rescate de cautivos; aunque la propiedad de esclavos fuese solo de una minoría -eclesiásticos, nobles, miembros de la administración local-, de esas circunstancias se beneficiaba gran parte del vecindario y entre los propietarios aparecen artesanos y campesinos. Los dos recuentos, en especial el de 1609, estaban destinados a expulsar a moriscos y berberiscos, debido al temor de la corona a su presencia, lo que explica las deficiencias del registro debidas a la renuencia de las autoridades locales, ya que iba en contra de los intereses económicos de los propietarios, lo mismo que afectó a otros intentos posteriores. Similar tratamiento es el que se da en los capítulos IV y V a Almería y al intenso tráfico esclavista localizado en la localidad de Vera. En ese mercado fue fundamental la represión posterior a la rebelión de las Alpujarras; el subsiguiente proceso de esclavización de los moriscos y moriscas y la intervención de soldados y oficiales que aprovecharon las presas de guerra para un enriquecimiento rápido en transacciones para fuera del reino granadino; además, en estas páginas demuestran la importante presencia esclava en el rural almeriense, como antes ya señalábamos.
Del tráfico humano habla también el capítulo VI, basado en una documentación extraordinaria de 1585 -custodiada en el Archivo General de Simancas- donde se reúne información sobre 26 galeras del reino de Nápoles, una operación bajo control del virrey duque de Osuna. Su interés radica en la excelente información sobre 4.259 remeros, de los que el 15,4% eran jóvenes procedentes de Asia Menor y del Magreb, que sufrieron unas condiciones terribles, hasta morir muchos de ellos, aunque algunos pudieron beneficiarse de rescates.
La segunda parte de la obra se dedica a la esclavitud de cristianos en el Magreb. Un capítulo que lleva por título “Les trois Gines: quelques réflexions sur la captivité en Afrique du Nort au milieu du XVIe siècle” (pp. 127-146) es inédito y tiene un fuerte componente humano y social, ya que, empleando los expedientes de ayudas dadas por Felipe II a cautivos del Reino de Granada que estaban en norte-áfrica, se analizan tres casos expresivos de una realidad mayor, tanto por el dispar origen social de los protagonistas, como por su diferente destino; los relatos, no exentos de notas emotivas, registran el intricado puzle de los sucesos de su captura y de sus experiencias y el tránsito hacia la liberación; la relación entre el tiempo de cautividad, el éxito o el fracaso de las acciones de rescate, las redes que las facilitaron y los medios de los que dispusieron.
Ese estudio se enmarca entre otros textos recientes dedicados al cautiverio cristiano en el Norte de África durante el reinado de Felipe II y a la redención de cautivos en ese espacio a comienzos del siglo XVII, junto al ya mencionado sobre las resistencias. El problema de fondo es calcular cuántas personas fueron apresadas después de la derrota de Mostaganem de 1558 o en las acciones piráticas y corsarias turco-berberiscos. Todo indica, en la cualificada opinión del autor, que las cifras reales fueron muy elevadas. Solo los rescates tramitados con éxito por los frailes trinitarios y mercedarios en los siglos modernos superaron los treinta mil, a los que habría que añadir los conseguidos por los allegados de los cautivos mediante todo tipo de intermediarios, o merced a las aportaciones de Carlos V y Felipe II. Fue este quien impuso unas normas racionalizadoras -licencias y registros, fijación de espacios de acción y la priorización de colectivos- para tratar de que los esfuerzos particulares para liberarlos fuesen eficaces. Por otra parte, el autor subraya la especial dificultad de los rescates de mujeres, más si tenían hijos, y que los períodos sin libertad eran más largos de lo que se creía, o al menos es lo que se deduce del estudio de las campañas que de 1601 a 1604 a cargo de los frailes mercedarios. En todo caso, las cifras aportadas refuerzan tanto la idea de que los rescates tuvieron una mayor efectividad de la que se pensaba como las dudas sobre la inserción general de los cautivos en la sociedad islámica.
El bloque tercero titulado “una esclavitud atlántica” se abre con un capítulo que subraya la importancia de Portugal tanto en el abastecimiento internacional como por la elevada presencia de esclavos en las casas, que alcanzaba el diez por ciento en Lisboa a fines del siglo XVI. El primer aspecto ha atraído la atención en los últimos tiempos de modo que no se duda sobre que el comercio esclavista negrero llevado a cabo por el país vecino fue clave tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo y que fue el nexo entre ambos espacios; en la capital se concentraban intermediarios y hombres de negocios no solo portugueses, sino españoles e italianos -florentinos o genoveses- al calor de los beneficios a obtener.
Un estudio de caso, el de Oreque Osinu, protagoniza el capítulo XII. Llegado al puerto de Cádiz entre fines de 1687 y principios del año siguiente en un navío danés procedente del golfo de Guinea, este “príncipe” del reino de los Fanti es un representante del comercio esclavista, aun siendo un personaje tan singular: como afirma B. Vincent “el caso es apasionante porque permite entrar en aspectos de la vida de los esclavos de la España moderna generalmente no contemplados” y observar el ascenso social de los esclavos tras la pérdida de su libertad (pp. 160-161), de forma individual pero no excepcional que puede conocerse a través de relatos poco comunes como este pero de un gran valor expresivo.
El capítulo XIII, titulado “Pour une histoire des confréries de noirs” es un retorno a la dimensión colectiva abordando las formas de sociabilidad religiosa de ese sector. Se calcula que en núcleos urbanos peninsulares hubo más de cincuenta cofradías, en especial en las ciudades más significativas del mercado esclavista -Lisboa, Cádiz, Sevilla-, a pesar de los obstáculos que -en un dominante espíritu segregacionista- se oponían a integrar en el ámbito cofrade a la población negra, e incluso de los problemas internos que esas asociaciones sufrieron, derivados de la falta de medios. Esto no oculta ni disminuye el hecho de que sirvieron a las autoridades para controlar a esos colectivos y vigilar prácticas consideradas peligrosas o acallar posibles motines. Del lado positivo, las solidaridades generadas en su seno, útiles para dar respaldo institucional a las acciones encaminadas a apoyar a sus hermanos en pleitos contra los propietarios o a para la obtención de la libertad.
El final de ese capítulo adelanta lo que se desarrolla en el XVI, dedicado a la devoción a san Benito de Palermo, negro, hijo de libertos etíopes, canonizado en 1807, y a la difusión, recepción y expansión de este culto en España desde comienzos del siglo XVII. Detrás de ese proceso estuvo el interés de la orden franciscana en su promoción y el de la propia corona en aprovechar todos los resortes para la evangelización que daba la creación de santos nuevos y especiales en sus caracteres. Claro está, el sentido del proceso estaba en la presencia de numerosas comunidades de negros -aunque el culto se expandió también donde no las había-; como en otros casos de santidad promocionada, las imágenes, los relatos de su vida -adaptados a los cánones hagiográficos- y las prácticas devocionales en las mencionadas cofradías, explican su éxito. No era el único santo negro, pero fue el más popular. Esto contrasta con el “fracaso” de Ifigenia, cuyas imágenes se expandieron por numerosos lugares en la Península y en Ultramar; su devoción fue promovida por los carmelitas y se desarrolló desde los años centrales del siglo XVIII, pero no tuvo la acogida que se esperaba, quizá porque se hizo en un período en el que ese modelo de santidad femenina estaba decayendo.
El libro de Bernard Vincent se inicia con un comentario crítico a las “atrevidas conjeturas” que rodean el origen de Juan de Pareja, el conocido esclavo del pintor Diego Velázquez, a quien este manumitió durante su estancia en Roma en 1650. A aquel hombre excepcional, retratado por su propio amo, está dedicado el último capítulo -a modo de colofón-, del que es coautora Cécile Vincent-Cassy, y tiene, aunque no solo, el objetivo de cuestionar aquellas conjeturas, algunas convertidas en clásicas. Ambos contextualizan a Pareja en el entorno artesanal del siglo XVII y de la presencia de esclavos en ese medio, reducida a los artesanos potentes, y analizan su trayectoria en lo que se conoce merced al documento de su ahorría, que permite ver los vínculos personales generados en el proceso de su formación profesional que desembocaron en su libertad.
En la introducción a esta edición, Bernard Vincent hace una llamada de atención a favor de la necesidad de seguir ahondando en las mil facetas de la esclavitud -“un laboratorio de excepcional riqueza, cuyo potencial está lejos de haber sido agotado”-; de superar fallos generales como “la mutua indiferencia que se dispensan entre sí quienes investigan los dominios atlánticos y quienes lo hacen sobre el Mediterráneo” (p. 13); de superar los tópicos de todo signo que la documentación no corrobora o desmiente; de un recurso más asiduo a fuentes como las escrituras notariales y los procesos judiciales, aunque exijan gran esfuerzo de archivo y no aseguren resultados cuantificables; de hacer más estudios locales en núcleos urbanos y en espacios rurales para completar la cartografía esclavista; y de incluir una perspectiva de género, no en vano las mujeres eran un contingente enorme de la esclavitud o fueron las responsables en los rescates de maridos e hijos.
Las ilustraciones incluidas en los capítulos finales son necesarias y convenientes y revelan el esfuerzo e interés puesto en esta edición, cuya revisión de originales se debe a Darío G. Barriera en cuanto a los textos en castellano y de Stéphanie Migniot en los escritos en francés. La materialidad de los libros suele valorarse poco en las reseñas, pero es la clave para asegurar la calidad final de la recuperación de unos textos que estaban dispersos y que ahora podemos leer organizados y en un único soporte. Cuarenta años de investigaciones sistemáticas de Bernard Vincent avalan la calidad de todo cuanto se contiene en esta obra.
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Magallánica : Revista de Historia Moderna es editada por el Grupo de Investigación en Historia de Europa Moderna de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata y por la Red de Historia Moderna ISSN 2422-779X (en línea)
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