UNMDP > Facultad de Humanidades > Publicaciones > Revistas

 

Pleamar. Revista del Departamento de Geografía. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Mar del Plata - Año de inicio: 2021 - Periodicidad: 1 por año
https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pleamar - ISSN 2796-8480 (en línea)

 

ISSN Nº2796-8480

 

 https://revistasfh.mdp.edu.ar/index.php/pleamar

Año 6, Nro.6, Mar del Plata, Argentina, 2026

 

#Articulos

 

“Es la necesidad más que el recurso”

Experiencias situadas de embarazo, parto y “vuelta al trabajo” de mujeres migrantes e hijas de migrantes en la horticultura de General Pueyrredon, Buenos Aires, Argentina

“It is necessity rather than choice”

Situated experiences of pregnancy, childbirth, and “return to work” among migrant women and daughters of migrants in horticulture in General Pueyrredon, Buenos Aires, Argentina

 

Recibido: 15/12/2025 - Aceptado: 08/05/2026 – Publicado: 21/05/2026

 

Guadalupe Blanco Rodríguez

 0000-0001-5972-6365

guadalupeblancorodriguez@gmail.com

Universidad Nacional de Mar del Plata – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

Licenciada en Sociología por la Universidad Nacional de Mar del Plata (2017) y Doctora en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes (2022). Becaria posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, docente de la carrera de sociología de la Universidad Nacional de Mar del Plata e integrante del Grupo de Estudios Sobre Familia, Género y Subjetividades. Autora del libro "La casa en el trabajo y el trabajo en la casa. Migraciones, trabajo familiar y género en la horticultura de General Pueyrredon" (UNQUI, 2022). 

 

 

Cita sugerida: Blanco Rodríguez, G. (2026). “Es la necesidad más que el recurso”: Experiencias situadas de embarazo, parto y “vuelta al trabajo” de mujeres migrantes e hijas de migrantes en la horticultura de General Pueyrredon, Buenos Aires, Argentina. Pleamar. Revista del Departamento de Geografía, (6), 1-28  https://revistasfh.mdp.edu.ar/index.php/pleamar

 

 Este artículo se encuentra bajo  Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

 

Resumen

En una línea en la que confluyen los estudios de la horticultura con perspectiva de género y la justicia reproductiva, este artículo analiza las experiencias de embarazo, parto y “vuelta al trabajo” de mujeres migrantes e hijas de migrantes en el cordón frutihortícola de General Pueyrredon, Buenos Aires, Argentina. El trabajo de campo realizado, compuesto de entrevistas y observación participante permitió evidenciar que, aunque existe una disminución de la cantidad de hijos/as que deciden tener las mujeres de “la segunda generación”, sus experiencias muestran un continuo – no sin tensiones- con la de las primera: trabajan hasta los últimos días del embarazo y vuelven a la quinta a pocos días del parto, en un marco en el que la condición de ser trabajadoras rurales y de la colectividad boliviana les puede suponer experiencias de discriminación en las instituciones de salud a las que recurren. Por ello, el artículo retoma una perspectiva situada que evidencia la principal problemática que expresan estas mujeres, y que no puede ser resuelta en el marco de los derechos laborales tradicionales: la necesidad de aumentar la producción para pagar los altos precios de alquileres en dólares. 

 

Palabras clave:  horticultura; embarazos; partos; migraciones; acceso a la tierra

 

Abstract

At the intersection of gender-based horticultural studies and reproductive justice, this article analyzes the experiences of pregnancy, childbirth, and ‘return to work’ among migrant women and migrants’ daughters in the fruit and vegetable belt of General Pueyrredon. The fieldwork, consisting of interviews and participant observation, showed that, despite a decrease in the number of children born to “second-generation” women, their experiences remain consistent with those of the first generation: they work until the last days of pregnancy and return to the farm a few days after giving birth, within a context in which their status as rural and migrant workers can lead to experiences of discrimination in the health institutions they access. In this regard, it is essential to develop a situated perspective that addresses the main problem these women express, one that cannot be resolved within the framework of traditional labor rights: the need to increase production in order to pay high-dollar rents.   

 

Keywords:  horticulture; pregnancies; childbirth; migrations; access to land

 


Introducción

General Pueyrredon es un partido ubicado en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, Argentina. En él se encuentra el segundo cordón frutihortícola más grande del país, superado sólo por el que bordea la ciudad de La Plata (Belderrain et al., 2015; Lacaze y Atucha, 2011).[1] Como otros cinturones verdes, las características del trabajo que allí se realiza derivan de su proceso de constitución como sector productivo (Benencia, 2017; Benencia y Quaranta, 2007).

Esas características han sido abordadas por las Ciencias Sociales desde distintas perspectivas. La sociología y la geografía agraria, los estudios del trabajo y de las migraciones, con enfoques particulares, han hecho grandes esfuerzos por caracterizar las condiciones del trabajo en el sector, tanto para quienes son migrantes como para quienes son nativos, varones y mujeres, jóvenes, adultos/as e incluso niños y niñas (Benencia, 1997, 2012, 2017; Benencia y Quaranta, 2003, 2007). En general, coinciden en el alto nivel de no registración de los trabajadores, su escaso acceso formal a la titularidad de la tierra y la distribución desigual del trabajo – especialmente del doméstico y de cuidados- entre varones y mujeres. Además, muestran que los trabajos están jerarquizados por género y divididos por edad, lo que en muchos casos produce que niños y niñas realicen tareas que suelen identificar como “ayuda” a sus padres y madres (Ambort, 2019; Berardi, 2007; Blanco Rodríguez, 2022; Trpin et al., 2016; Trpin y Brouchoud, 2014). Esto, como mostré en estudios previos, en general comienza como un proceso de juego que va derivando en el aprendizaje de las tareas de la quinta que, luego, a medida que los niños y niñas crecen, realizan con mayor responsabilidad y frecuencia (Blanco Rodríguez, 2023).

La presencia de los niños y las niñas responde a un proceso específico: las viviendas de los trabajadores y trabajadoras hortícolas suelen estar dentro de los predios productivos. Por eso, y sobre todo cuando más pequeños/as son, sus madres los llevan a los surcos para poder cuidarlos/as. Si  bien  no  existe  una  sola  definición  de  la  categoría  cuidados, desde  los  estudios  de género se ha coincidido en señalar que refiere a las distintas actividades cotidianas que permiten el sostén de la vida y que no tienen límites temporales, ya que se realizan en todo momento. A su vez, se ha destacado que pueden ser tanto tareas remuneradas como no remuneradas (Borderias y Carrasco, 1994; Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2016; Sarti y Martini, 2018; Vega y Gutiérrez, 2014). En este caso, además de no tener límites temporales, en la horticultura, las tareas vinculadas al cuidado tampoco tienen límites ni diferencias espaciales con otras actividades que se realizan en las quintas.[2] A su vez, al ser mujeres que han migrado desde Bolivia, no cuentan con las redes que tenían en su país de origen para resolver el cuidado de sus hijos/as y, al menos para el caso de la zona hortícola de General Pueyrredon, el acceso a servicios públicos y privados de cuidado es casi inexistente. En ese sentido, el cuidado se privatiza en el medio familiar y las mujeres lo resuelven día a día a través de diversas estrategias (Blanco Rodríguez, 2023 y 2024). 

Si bien estos procesos de distribución y resolución del trabajo doméstico y de cuidado en los cordones frutihortícolas han comenzado a ser analizados en los últimos años, no se ha problematizado en profundidad el proceso previo, a través del cual las mujeres devienen en trabajadoras-cuidadoras a tiempo completo (Ambort, 2019; Ataide, 2019; Blanco Rodríguez, 2022; 2023 y 2024; Bocero y Di Bona, 2012, 2013; Rueda, 2022; Trpin et al., 2016). Específicamente, me refiero a sus experiencias de embarazo, parto y “vuelta al trabajo”, como suelen llamar a su reincorporación a la quinta luego de dar a luz. Comprender este proceso es central para evidenciar las desigualdades de género en los sectores frutihortícolas y las experiencias de las trabajadoras que producen gran parte de los alimentos frescos que se consumen en el país. Por ello, desde una línea en la que confluyen los estudios sobre horticultura con perspectiva de género ya citados y la justicia reproductiva, analizaremos esas experiencias tomando en cuenta cómo la migración, la ruralidad, el género y la clase influyen en ellas.

El concepto de “justicia reproductiva” fue acuñado por feministas afrodescendientes para luchar por los derechos sexuales y reproductivos de mujeres negras en el norte global (Ross y Solinger, 2017). La justicia reproductiva funcionó como una herramienta que permitió discutir el control sobre las prácticas reproductivas de estas mujeres, mientras que se desarrollaban estrategias para defender sus derechos.  Específicamente, se construyeron demandas en torno a garantizar el ejercicio de la maternidad cuándo y cómo querían, pero también sobre la necesidad de vivir en condiciones dignas para criar a los/as niños/as que decidieran tener. Además de ser una herramienta para la construcción de demandas colectivas sobre los derechos reproductivos, la justicia reproductiva muestra la relevancia de la perspectiva interseccional para comprender las experiencias de reproducción. Es decir, pone el foco en cómo la clase, la racialización, la ruralidad, la generación, el género, la migración, etc. suponen desigualdades en las experiencias reproductivas y la importancia de movilizar recursos y políticas públicas que las resuelvan.

Por ello, en este artículo no reflexionaré sobre los procesos de embarazo, parto y “vuelta al trabajo” de un modo tradicional, centrado en que la solución para estas mujeres es el acceso a licencias por maternidad. Más bien, pretendo complejizar la explicación sobre sus experiencias de manera situada: distintos/as miembros/as  de una  misma familia que alquilan a altos costos los predios en los que producen y/o  trabajan juntos bajo patrón sin contratos de trabajo, distribuyendo las tareas entre ellos/as – de manera diferencial según género y edad- y cubriendo a los que necesitan ausentarse, mientras realizan trabajos estacionales que requieren la participación de todos/as, especialmente en la primavera-verano.

Al contrario de las grandes ciudades, donde en momentos específicos de la Argentina pudo garantizarse una ampliación en el acceso al empleo y los derechos laborales[3], en el sector rural que responde a los cordones frutihortícolas se ha mantenido una alta cantidad de personas que realizan sus trabajos mayoritariamente en familia. Por ello, en sus testimonios, las trabajadoras no se centran en la informalidad y la precariedad del trabajo, en tanto no ven al resto de su familia como un “patrón” que debe brindar derechos, si no que ponen el énfasis en la imposibilidad de acceder a la propiedad de la tierra y mejorar las condiciones de trabajo de todo el grupo familiar.

Esto se debe a que las familias deben llegar a altos niveles de productividad para cubrir los altos costos de alquileres en dólares y, cuando describen su mayor dificultad en el trabajo, le otorgan a esa situación un lugar central.[4] Las mujeres que entrevisté señalan que resignar mano de obra se presenta como casi imposible, ya que lo que se pone en riesgo es la posibilidad de alquilar el campo y tener un lugar donde producir y vivir. Según sostienen, es la necesidad de la familia de cubrir el costo del alquiler de la tierra en dólares lo que las lleva a trabajar hasta los últimos días del embarazo y a volver pasado poco tiempo del parto.

En efecto, el porcentaje de productores/as que poseen la tierra en General Pueyrredon es bajo: un informe reciente del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires en el año 2025 muestra que cuando se trata de pequeños y medianos establecimientos hortícolas, el 73% de las personas arrienda para poder producir. A su vez, en la mayoría de los casos, se trata de alquileres inestables. El 73% son solo por un año, el 21% por 3 años y el 6% por dos años y, de todos esos alquileres, el 90% aumenta cada un año, por lo que, aunque duren más de doce meses, los precios se incrementan de manera constante (García et, al. 2025).

Cabe destacar que, aunque los arriendos de tierra son muy inestables, más del 50% de las personas que fueron encuestadas en el informe nunca se mudaron de quinta (García et, al. 2025). Lejos de mostrar estabilidad, como evidencia este trabajo, esto se debe a que las familias productoras hacen grandes esfuerzos por sostener los alquileres incluso aunque se vuelvan muy costosos, ya que desarmar invernaderos, mudar maquinarias o cambiar la producción a otro predio también tiene grandes costos que no solo son materiales. Mudarse de lugar implica perder inversiones previas, la planificación de la producción, pero también clientes que ya concurren a esa zona y a esa quinta.

Por último, como se verá en las experiencias que retomé para el análisis, además de las diferencias con los sectores urbanos respecto del acceso a derechos laborales y las formas de trabajo, las quintas poseen particularidades que evidencian que el trabajo y las experiencias de embarazo, parto y vuelta al trabajo se co-constituyen de maneras específicas. En este caso, se trata de experiencias que están atravesadas por un proceso migratorio limítrofe. En ese sentido, a la precariedad del trabajo se le agrega precariedad en el acceso a las instituciones, no solo por las dificultades materiales que supone llegar a ellas, sino también por experiencias de racismo y discriminación. Al tratarse de desigualdades que se dan en el marco de un proceso migratorio y rural, esas desigualdades no deben pensarse sólo en relación con otros miembros de su familia, sino que deben comprenderse en el marco de los vínculos que esas mujeres entablan con la estatalidad: es decir, oficinas, instituciones y agentes estatales que participan de esos procesos significativos de su experiencia vital (Blanco Rodríguez, 2023).

            El artículo se divide en cuatro apartados. En el primero presentamos las herramientas y decisiones metodológicas que permitieron la realización de este artículo. En los siguientes, analizamos las experiencias de embarazo, parto y “vuelta al trabajo”, en ese orden. Por último, presentamos reflexiones preliminares.

 

Consideraciones metodológicas

Para este artículo retomé testimonios recuperados de entrevistas y observaciones participantes que llevé a cabo a lo largo de los últimos siete años en distintos momentos y espacios. En primer lugar, entrevistas que realicé para mi tesis doctoral, a mujeres migrantes e hijas de migrantes bolivianas con experiencias de trabajo en las quintas hortícolas de General Pueyrredon. En segundo lugar, analicé testimonios recuperados de distintos proyectos de investigación y extensión en los que he trabajado con mujeres de una organización rural[5], que también son migrantes e hijas de migrantes. En total, y aunque no todas las entrevistas aparecerán citadas textualmente, contamos con un corpus de más de 35 entrevistas a mujeres migrantes e hijas de migrantes de entre 18 y 65 años, que dan cuerpo a los hallazgos de este artículo.

Hace aproximadamente 3 años y de manera continua realizo observación participante en distintos espacios que gestiona esta organización rural. Por ello, centralmente desde actividades y proyectos de extensión, nos han demandado talleres y espacios de formación para sus integrantes. Además de las entrevistas, para este artículo retomaremos un encuentro- taller específico dónde se nos había solicitado trabajar desigualdades de género y vincularlas con la migración y la estatalidad. El taller estuvo destinado a mujeres y varones productores migrantes mayores de 18 años que reflexionaron sobre las dificultades y ventajas que habían experimentado en diversos momentos de sus trayectorias vitales que describiremos. En todos los casos, las 28 personas que participaron han sido informadas sobre su participación en esta investigación y contamos con su consentimiento para utilizar sus testimonios. Del mismo modo, sus nombres han sido modificados para garantizar el anonimato.

 

Embarazo: “hasta los 8 meses”

El día que realizamos el taller sobre desigualdades de género, migraciones y experiencias en las instituciones estatales destinado a productores/as rurales hacía frío. Esa mañana pronosticaban nevadas para toda la zona de la Sierra de los Padres, cercana al barrio donde se encuentra la quinta en la que habíamos pautado encontrarnos. Decidimos no suspender, porque la jornada estaba destinada a la asamblea mensual que la organización lleva a cabo con los productores y productoras de la zona, que estaban esperando reunirse y reclamaban por whatsapp la realización de la asamblea. Ese espacio es valorado por todos y se utiliza para debatir las problemáticas de los productores de la zona, formarse en algunos temas, pasar avisos de la organización, pero, también, para cosas básicas como recibir ayuda para recargar saldo en el celular.  Algunos/as de los/as productores no tienen herramientas de lecto-escritura y encuentran en la organización y la asamblea mensual un espacio de contención y de resolución de problemas que les resulta muy relevante.  Habíamos planificado el taller tan solo unos días antes a pedido de Azucena, la coordinadora de la asamblea, en una reunión en la que también había estado Mirta, la referente de género de la organización. No esperábamos el pronóstico de nieve, pero habíamos tenido en cuenta las características de la población: era un taller pensado principalmente para la oralidad. Aunque dudamos de que fueran a acercarse por el frío y la lluvia, salvo algunos/as paisanos/as[6] que “estaban complicados con el trabajo”, concurrieron todos/as y participaron con bastante entusiasmo.

La primera en llegar fue Irma, una mujer que migró desde Bolivia hacia General Pueyrredon en 1990, a quien ya conocía hace unos meses porque la había entrevistado. Por eso, cuando me vio con los afiches que habíamos preparado preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que sí y comenzó a unirlos entre sí para formar una tira larga de papel. En ella pensábamos realizar una línea de tiempo que detallaré más adelante. En ese momento, llegó Yesi con su hijita Lola y, sin decir mucho, se puso a ayudar a Irma a preparar los afiches. Azucena le ofreció hojas y lápices de colores a Lola y, mientras iban llegando los/as demás, terminamos de preparar el taller.

Azucena armó una mesa larga con cajones de verduras que usó como caballetes. En ellos apoyó el tablón de madera que suele estar en la plantinera de la organización rural, que funciona en la quinta en la que estábamos. Acomodamos sillas rodeándolo y nos sentamos todos juntos. La asamblea comenzó con el taller. Aunque no podía quedarse, Mirta, la referenta de género de la organización, explicó lo que íbamos a hacer y que el fin era que “podamos hablar de nuestras historias y conocernos más, afianzar nuestros vínculos y reflexionar sobre lo que necesitábamos”.  Aunque con un poco de vergüenza en el inicio, todos/as se presentaron y contaron sus nombres, qué tareas hacían en la quinta y en qué zona de la Sierra vivían. Luego, les expliqué la segunda consigna, que consistía en la realización de una línea de tiempo para la que todos/as, varones y mujeres, elegirían un momento que consideraban importante de sus trayectorias de vida. A medida que lo explicaron, lo marcamos con año y nombre en la línea de tiempo.

Todos participaron contando su “experiencia importante” y escucharon con atención la de los demás. La selección fue la siguiente: 3 varones y 3 mujeres eligieron su migración o la de sus padres desde Bolivia a Argentina, 5 mujeres y un varón el nacimiento de algún hijo y luego, más dispersos, aparecieron otros sucesos: para algunas jóvenes la finalización del secundario, para otras personas el primer viaje de regreso a Bolivia para visitar a su familia de origen. En ese momento, conversamos sobre por qué creían que había más mujeres que habían elegido el nacimiento de sus hijos e hijas como lo más relevante. En general, las respuestas de los varones coincidían en que las mujeres pasan más tiempo cuidando a los/as niños/as, además de ser quienes pasan el proceso de gestación y, por eso, le daban más importancia. Las mujeres respondieron que además de eso, sucede que muchas veces los varones se involucran menos en la crianza porque “se dedican más al trabajo en la quinta y suelen creer que el cuidado de los/as hijos/as es una tarea de las mujeres”, pero, que, como señaló Irma, “en el último tiempo y por suerte eso se está modificando”.

En la conversación que tuvimos, todas las trabajadoras, tanto las mayores de 40 años como las más jóvenes, dijeron realizar trabajo de cuidado de algún tipo. La diferencia entre ellas radica en que las mayores, al ser casi todas migrantes, no tuvieron ayuda para hacerlo hasta que sus hijas crecieron, mientras que las jóvenes, que son hijas de migrantes, ya cuentan con familiares a quienes recurrir. A su vez, estas últimas han postergado la maternidad, por lo que, en su mayoría, han cuidado a sus hermanos/as pero no hijos/as propios/as. Esto, se vincula directamente con la cantidad de embarazos que transitó cada una en la ruralidad. 

En ese sentido, analizar comparativamente las experiencias de embarazo de quienes trabajan en la horticultura prestando atención a la generación es central. Algunas de las trabajadoras que comenzaron a transitar la maternidad hace más de dos décadas – como señalamos, en general migrantes- han tenido seis u ocho embarazos mientras trabajaban, y sus experiencias de gestación no sólo han estado atravesadas por el trabajo, sino también por cuidar de otros/as hijos/as mientras trabajaban embarazadas (cuadro 1).

 

Cuadro1. Cantidad de hijos por edad y condición migratoria en el Cordón Frutihortícola de General Pueyrredon

 

Nombre

Edad

Condición migratoria

Cantidad de hijos/as

Marta

73

Migrante

8

Victoria

70

Migrante

6

Lucía

65

Migrante

6

Alicia

65

Migrante

6

Ana

63

Migrante

2

Silvia

55

Migrante

3

Irma

53

Migrante

5

Mónica

52

Migrante

1

Dora

50

Migrante

4

Blanca

48

Migrante

4

Dolores

47

Migrante

7

Miriam

45

hija de migrantes

2

Mirta

45

Migrante

3

Azucena

43

Migrante

3

Cecilia

40

hija de migrantes

No tiene

Maribel

37

hija de migrantes

2

Rosa

36

Migrante

1

Raquel

33

Migrante

1

Martina

32

Hija de migrantes

No tiene

Malena

29

Hija de migrantes

No tiene

Daniela

29

Hija de migrantes

No tiene

Romina

29

Hija de migrantes

1

Gisel

27

Hija de migrantes

2

Yésica

27

Hija de migrantes

4

Cintia

25

Hija de migrantes

No tiene

Guillermina

25

Hija de migrantes

1

Rita

22

Hija de migrantes

No tiene

Gladys

20

Hija de migrantes

No tiene

Noemi

18

Hija de migrantes

No tiene

Lorena

15

Hija de migrantes

No tiene

 

Fuente: elaboración propia. Los datos son para el año 2025

 

A través de la incorporación de la noción de curso de vida a los análisis históricos de la familia, se ha vuelto evidente que todas las transiciones por las que pasan los individuos, incluso laborales y educativas, están vinculadas con lo que requiere el grupo familiar. Las necesidades de la familia influyen y hasta pueden determinar la velocidad con la que los hechos se producen en la vida de cada sujeto. En este sentido, las decisiones individuales y familiares están coordinadas y dependen de las situaciones culturales y estructurales de cada momento.  Esta “sincronización” entre la vida individual de las personas, la familia de la que forman parte y el tiempo social puede verse cuando las mujeres migrantes y de mayor edad narran sus embarazos, atravesados por el trabajo y el cuidado de sus otros/as hijos/as (Hareven, 1995).

 

Cuando estaba embarazada trabajaba... hacía lo que yo podía, después ya cuando no podía no iba, cocinaba o lavaba (…) salía del hospital y me iba al campo a ayudarle a mi esposo porque solo no podía, teníamos que hacer bultos, teníamos que completar los pedidos porque eran los gringos los patrones, y salía con mi bebé, llevaba el cochecito (Entrevista a Marta, Mar del Plata, marzo de 2017).                                                                      

Cuando estaba embarazada trabajaba, hasta los 8 meses... hacía lo que podía. Acá si hay que trabajar no, hay temporada que se trabaja directamente como esclavo, pero si uno no trabaja así no tiene nada (Entrevista a Blanca, Batán, marzo de 2017).

Sí, algunas trabajan hasta los 8 meses. Otras hasta que están por tener. Yo siempre trabajaba hasta los 8 meses, después me quedaba en casa, yo todos los chicos los tuve mientras estaba en la quinta (Entrevista a Victoria, Batán, 2017).

 

Los testimonios citados corresponden a Marta, que transitó ocho embarazos en la quinta; a Blanca quien tuvo cuatro; y a Victoria que tuvo seis hijos mientras se dedicó a la horticultura. Todas vivieron experiencias similares en las que trabajaron hasta los últimos meses. Tanto ellas como las demás entrevistadas migrantes y mayores de 40 años transitaron numerosos procesos gestacionales en las quintas y trabajaron hasta los últimos días.

Al observar el cuadro puede verse que, con algunas excepciones, las mujeres migrantes y que tienen más de 40 años son las que más hijos/as han tenido y, por ende, las que más embarazos han transitado en el marco del trabajo hortícola. Como señalamos, las experiencias de las mujeres más jóvenes – en general hijas de migrantes- suelen ser bastante diferentes. Como puede verse en el cuadro, a diferencia de las mujeres mayores de 40 y migrantes, ninguna tiene más de cuatro hijos. Eso solo ha sucedido en un caso y, la mayoría, aún no tienen hijos. Las jóvenes suelen explicar la postergación de su maternidad al menos en dos sentidos: en primer lugar, sostienen que han visto el sacrificio que sus madres han hecho para trabajar y criarlas a ellas y a sus hermanos/as. Por eso han decidido planificar su maternidad de otro modo porque no quieren pasar por esas experiencias de trabajo tan exigentes mientras crían. Además, muchas señalan que desearon ser madres y decidieron tener menos hijos para poder dedicarles más “tiempo de calidad”. En segundo lugar, son mujeres que, a diferencia de sus madres o padres[7], lograron terminar el secundario y comenzaron carreras universitarias o formaciones profesionales y, aunque no abandonaron la quinta como su lugar de trabajo, sí decidieron postergar su maternidad para terminar esas carreras. Cabe destacar que la generación a la que pertenecen ha sido sujeto de políticas públicas de salud sexual y reproductiva en Argentina.  En ese sentido, aunque en sus testimonios son recurrentes las explicaciones sobre el sacrificio de sus madres y el deseo de estudiar, no hay que perder de vista el entretelón cultural que volvió posible esa planificación y el cambio de percepciones respecto de la maternidad que tienen las mujeres mayores. [8]

Efectivamente, la cantidad de embarazos disminuyó para las mujeres más jóvenes. Sin embargo, mayoritariamente, cuando están embarazadas, sus experiencias siguen siendo similares a las de sus madres: trabajan hasta los últimos días antes del parto. Es cierto que existe una mayor planificación de la maternidad respecto de sus familias de origen, pero no se registra un cambio significativo en las condiciones o tiempos en los que se realiza el trabajo cuando están embarazadas. En los testimonios citados anteriormente puede verse que las mujeres entrevistadas explican que la situación de seguir en la quinta aun estando en los últimos días del embarazo responde a la necesidad de llevar a cabo determinados trabajos para ganar el dinero que permite la subsistencia. Eso no se reduce solo a alimentación y vivienda, si no que va desde el pago de los alquileres hasta el sustento diario. En las experiencias de las jóvenes, aunque con menos hijos, esto se reitera. En ese sentido Azucena, que es migrante, pero pertenece al grupo de mujeres jóvenes dijo lo siguiente:

 

Mi mamá tuvo ocho hijos, allá en Bolivia, y yo la vi sufrir tanto para criarnos que yo decidí que con sólo tres estaba bien. Yo quería pasar con mis hijos tiempo de valor. Son muchas cosas…aquí las chicas jóvenes trabajan en las quintas y también quieren estudiar, hacer otras cosas. Tener tantos hijos no te da tiempo de nada, es más costoso. Las mujeres que tuvieron siete u ocho hijos pasaron cuánto ¿5 años embarazadas?, en la quinta eso es muy sacrificado (Entrevista a Azucena, Sierra de Los Padres, junio de 2025).

 

El testimonio de Azucena, además de coincidir con el de otras jóvenes, es revelador. En primer lugar, porque muestra que las mujeres jóvenes tienen maternidades que, aunque pueden no serlo absolutamente, son planificadas. Además, muestra que esa planificación de maternidades y embarazos se co-construyen en relación con el trabajo hortícola. Si tener la cantidad de hijos que tuvieron las primeras generaciones de migrantes bolivianos representa un sufrimiento para las mujeres porque trabajaron embarazadas y criaron muchos niños en los surcos, ellas pudieron repensar sus experiencias y “hacer otras cosas”.  Como señalamos, en un contexto de mayor acceso a la salud sexual y reproductiva. Ahora bien, también muestra que tener menos hijos forma parte de estrategias individuales que las jóvenes comenzaron a desarrollar porque las condiciones de trabajo en el sector frutihortícola no han mejorado y prefieren tomar otras alternativas para sus familias. El acceso a la tierra, a trabajos regulados y que permitan descanso en esos procesos no ha sucedido y las mejoras que ellas creen tener en los momentos en que se han convertido en madres deviene de sus decisiones personales en relación con la maternidad y no con cambios en el sector en el que trabajan. En ese sentido, son decisiones que se tomaron “para no sufrir lo mismo” y, no necesariamente pensando en la cantidad de hijos que deseaban tener y, aunque es claro que el acceso a tecnologías anticonceptivas, a otros modelos de familia y pareja es relevante, las condiciones materiales de vida y trabajo continúan siendo centrales para estas trabajadoras en la explicación de sus experiencias. En efecto, como muestran los estudios sobre la justicia reproductiva, los procesos de embarazo, parto y vuelta al trabajo no pueden ser pensados sin perspectiva interseccional: la clase social, el origen nacional, la condición migratoria, la edad, la ruralidad y el tipo de trabajo que realizan las personas pueden ser determinantes en cómo experimentan esos momentos de sus vidas.

Como mostraremos en el próximo apartado, además de la realización de trabajo hasta meses avanzados de la gestación, entre estas dos generaciones de mujeres también se repiten algunas experiencias en el acceso a las instituciones una vez llegado el momento del parto.

 

Parto: “hasta el día que nació”

El día que entrevisté a Irma hacía muchísimo calor. Nos encontramos en Santa Paula, una localidad cercana a la quinta en la que ella vive. Me dijo que tenía poco tiempo porque se encontraban en proceso de abrir la verdulería de su hija en Sierra de los Padres. Además, tenía que volver a trabajar porque en ese momento su esposo estaba cosechando las arvejas en la quinta familiar. Le prometí que no nos iba a tomar mucho tiempo y le agradecí por acercarse a la entrevista. Dijo: “Es que yo hablo un montón”, se río y agregó: “y del trabajo más, porque me encanta”. Por eso, le sugerí que empecemos conversando sobre el trabajo en la quinta, sin embargo, como sucede en las entrevistas con mujeres que trabajan en la horticultura, la referencia al cuidado de los/as hijos/as sucede en el mismo momento que se habla del trabajo de cultivo, pues ambos ocurren en simultáneo: 

 

Cuando iba a nacer mi bebé (se refiere a su tercer hijo). Yo estaba aquel día enojada con mi marido, me acuerdo. Estaba enojada y no le quería hablar a mi marido porque no sé por qué habíamos discutido. Entonces yo agarré, yo ya me sentía mal, a la mañana fui a trabajar igual, arreglé todo (se refiere a lo que faltaba hacer de trabajo). Después me fui a agarrar mi bolso para irme, yo me iba en cole (se refiere al colectivo de línea que conecta Mar del Plata con la zona de quintas). Entonces después viene mi marido y me dice, ¿"Te sentís mal’” Entonces yo le digo, "Sí. Me voy al materno” (hospital público de Mar del Plata). Entonces él me dice, "¿Y en qué vas a ir?, lo llamo a Juan (su vecino de la quinta de enfrente). Yo le dije no, me voy en cole. Entonces él agarra y dice, "Bueno, bueno, yo también me alisto, vamos, te acompaño." Entonces salió y viene un cliente y le dice: "Qué raro, ¿Irma en dónde está?" Entonces, mi marido le dice que ya va a nacer el bebé, entonces que nos vamos. Entonces el cliente preguntó: “¿Y en qué vas? “En cole”, le dijo mi marido. "¿Cómo que en cole?", dijo el cliente: ¡No! ¡Te llevo!. Sí. Y yo iba aguantando en el auto y el señor me decía, "Irma ¿está bien?" “¡Sí, sí, sí!”, porque yo no quería preocuparlo. Yo iba aguantando (Entrevista a Irma, Sierra de Los Padres, marzo 2024).

 

Después de que Irma me contó esa historia le pregunté hasta cuándo había trabajado, si hasta ese día o hasta el anterior y me contestó: “No, hasta ese día, hasta el día que nació. Hasta dos minutos antes de salir”. En las entrevistas, esta situación se reitera no solo entre las mujeres de su generación, sino también entre las de hijas de migrantes que, aunque con menos embarazos, trabajan hasta los últimos momentos previos al parto.

Más allá del trabajo que efectivamente realizan en las quintas cuando están embarazadas, la condición rural también produce dificultades en el acceso a las instituciones que trascienden las generaciones. Desde el lugar donde estaba, Irma tenía alrededor de 50 kilómetros para llegar hasta el Hospital. Haber estado trabajando hasta el último momento y no tener un auto familiar en condiciones para transportarse con tiempo al hospital le significó llegar muy cerca del momento en que él bebe comenzó, según ella, “a salir”, y, por eso, recibió lo que entendía como “un reto”:

 

Yo fui a tenerlo, viste que te dije que fui a última hora. Entonces yo llegué ponele a las 7 menos 10 al hospital…Y viste que te… cuando hacen el tacto, qué sé yo, a ver si estás dilatando. Había una enfermera y un enfermero en esa sala, ¿no? Y me empezó a pedir mis datos. Mientras él me daba la ropa para que me cambie, yo le digo a la enfermera: "Ya va a nacer." ¿No? Porque yo ya sentía que ya nacía el bebé. Entonces el enfermero agarra y me dice "¿Por qué no se quejan cuando lo están haciendo?", ¿por qué te venís a quejar? Algo así me dijo. En ese momento tuve mucha rabia y le dije: "Mire, señor, usted no tiene que hablar, ¿sabe por qué? Porque usted va a ver, alguna vez cuando usted tenga un hijo, le dije: "Si no tiene ganas de atender a la gente, no esté acá, deje el espacio para otro.". Entonces, la enfermera de aquel lado me decía que estaba bien lo que le estaba diciendo, ¿no?, en señas me lo decía. Sí. Y entonces el señor ya no habló más nada, pero ese fue el único momento que pasé así medio mal (Entrevista a Irma, Sierra de Los Padres, marzo 2024).

 

Irma estaba convencida de que la trató así porque además de llegar muy tarde, se dio cuenta de que era boliviana. Este tipo de situaciones son frecuentes en las experiencias de las mujeres jóvenes, no sólo en el caso de los partos, sino también en los controles posteriores que requieren los bebés recién nacidos. Esto no significa que todas las entrevistadas hayan sufrido algún tipo de violencia cuando fueron atendidas en salitas o en el hospital, pero, la mayoría ha vivido algún tipo de experiencia similar en estas o en otras instituciones estatales. En ese sentido, los tratos discriminatorios que se vinculan de un modo u otro a la condición rural y migrante son constitutivos de sus experiencias de embarazo, parto y posterior atención de los bebés recién nacidos. La entrevista que le realizamos a Mirta muestra una escena en la que, al igual Irma, la condición rural y migrante define la forma en que la trataron en una salita:

 

En el trato vamos a decirlo, sí, tuve buenas y malas… dependiendo de vos, cómo te vistas o cómo estés, te atienden.  Por ejemplo, si va una chica de barrio que se pinta, que se maquilla, está toda bien arreglada, eh...la atienden de diez o capaz porque tiene más experiencia en hablar y ...a diferencia de una de una persona de una chica, vamos a decirle, que viene del campo, de la ruralidad, que no tiene tiempo para maquillarse, para peinarse, para estar bien... o para vestirse bien, vamos a decirlo. Según eso te atienden. Yo he visto mucha esa diferencia, una vez estuve yo ahí, casi denuncié yo misma a una enfermera porque yo estaba en la fila. Se hace una fila y bueno, estábamos mi nuera y yo, había varias que estábamos en una fila en la salita y había otras chicas que venían del barrio, que vamos a decirle bien vestidas, así todas... Porque más que todo eso… la apariencia y bueno y empezaron a decir, "no, vos dame tu cuaderno" porque daban el cuaderno de los chicos (se refiere al cuaderno pediátrico) ... y nosotras nos quedamos pensando, qué sé yo, por ahí tenía, eh, turno o X motivo, o el nene está enfermo, qué sé yo. Pero bueno, dejamos pasar en ese momento porque habían llamado a dos que estaban atrás mío y que yo estaba adelante y la llamaron a dos. Y bueno, a mí me han pasado dos y no me atendían y después seguía llamando y yo me quedé y bueno, y después en un momento le pregunté disculpame le digo, eh...puedo saber el motivo, por qué estás llamando a las que están más atrás. Decime el motivo porque si es por eso estamos haciendo una fila, tengo entendido que una fila se respeta y por orden de llegada, en teoría, le digo, es por orden de llegada. Yo capaz que llegué hace 3 horas y ella llegó recién y la estás llamando, o sea, por eso te pregunto con todo el respeto del mundo, si hay un motivo, si vos me decís "bueno, no, porque tiene el nene que ya estuvo que que está delicado, que está enfermo" perfectamente lo voy a entender, le digo, pero si está igual que yo para un control o vacuna, lógicamente se tiene que respetar una fila y entonces me dijo "ya te hago pasar, ya te hago pasar"… Entonces yo le pedí que me explique y que me dé una una razón lógica para que yo lo pueda entender. Entonces no, ella empezó a decir "después me empezó a decir vos sos boliviana, ¿no?" me dijo entonces "sí", le digo entonces "ah, justamente porque, eh, ella es argentina y ella tiene derecho". "¿Cómo que derecho?" y justo en esa época yo había recibido una información no hace poco de que lo... los derechos, o sea, era para todos. Radicada, o seas lo que seas, el derecho a la salud "y yo también tengo derecho a que me atiendan a mis hijos" (Entrevista a Mirta, Sierra de Los Padres, julio 2024).

 

Como muestra su testimonio, Irma debió sortear varios obstáculos para llegar al hospital el día del parto: trabajó hasta el último día y recorrió muchos kilómetros en un auto conducido por un cliente que de casualidad estaba allí cuando lo necesitó. De no haber sido así, hubiera concurrido al hospital en colectivo. La precariedad que supone su trabajo y la necesidad de cubrir los altos gastos del alquiler en dólares que la tuvo hasta último momento “dejando todo arreglado”, sumado a la lejanía con las instituciones le supuso llegar al límite de tiempo y a lo que ella entendió como un “reto” de un enfermero, que hizo que viviera un momento violento previo al nacimiento de su hijo, cuando se encontraba bastante vulnerable. En el caso de Mirta y su nuera, ser mujeres rurales y que forman parte de la colectividad boliviana también les supuso una experiencia específica de discriminación y racismo cuando tuvieron que llevar a control a su bebé recién nacido.

Este tipo de experiencias y las condiciones en las que trabajan en la ruralidad fueron cambiando las ideas de las familias horticultoras respecto de la posibilidad de que sus hijos se dediquen a otras actividades y logren cambiar de sector laboral.  En ese sentido, cada vez son más los hijos de productores rurales de la colectividad boliviana con trayectorias universitarias. Las mujeres jóvenes, según sostienen, trabajan en la temporada alta para poder dedicarse a estudiar en invierno, como dijo Magdalena:

 

 Cuando puedo trabajo, si, anteriormente estaba estudiando, más estudio que trabajo y cuando puedo los ayudo también a ellos, hay algunos padres que dicen que no tienen que estudiar (se refiere a los hijos), como le paso a mi mamá. Que no querían que estudie y más que todo para el trabajo, por suerte yo, me tocaron los papas que tengo y pude estudiar. Ahora hago cursos, y en temporada los ayudo. Mi hermana, por ejemplo, en el verano trabaja en la quinta y en el invierno estudia en la Universidad (Entrevista a Mirta, Sierra de Los Padres, julio de 2025).

 

Las mujeres de la primera generación, que en general no tuvieron acceso a la educación o solo lo tuvieron hasta la primaria suelen apoyar las decisiones de sus hijas de seguir estudiando. En ese sentido, Blanca dijo lo siguiente:

 

A ellas les da su cabecita para el estudio, nosotros ya somos cabeza dura (se ríe) ya yo no puedo obligarlas a hacer lo que ellas no quieren (Entrevista a Blanca, Batán, marzo de 2017)

 

En efecto, como muestra el testimonio de Blanca, la educación y formación profesional de las mujeres tiene una alta aceptación en sus familias. El informe citado en la introducción también evidenció que el 73% de las mujeres jóvenes encuestadas y que son hijas de productores hortícolas han accedido a la educación superior luego de que terminaron el secundario (García et al., 2025). Ahora bien, en muchos casos, las entrevistas revelan que aún luego de haberse graduado y encontrarse trabajando en actividades afines a su formación, las mujeres jóvenes pueden seguir teniendo algún tipo de inserción hortícola. Tal es el caso de Miriam, que es hija de migrantes y tiene dos hijos. Aunque su trabajo principal es en la biblioteca de una localidad de la zona hortícola, sigue realizando tareas en la quinta, lo que también está vinculado a que se casó con un quintero:

 

 Mi marido trabaja en el mercado y es porcentajero, tiene un invernáculo, lo trabaja él después del trabajo en el mercado. Cuando es época de cosecha y hay mucho trabajo, lo ayudo (Entrevista a Miriam, Batán, marzo de 2017).

 

Miriam tuvo a su primera hija varios años después de graduarse de bibliotecaria, pero, en la temporada alta de la horticultura concilia el cuidado de sus hijos con el trabajo en el tomate y en la biblioteca. Su caso, refuerza la idea de que las mujeres han postergado sus maternidades por distintos motivos, entre los que se encuentra la posibilidad de tener formación profesional, aunque, en ciertos sentidos, sigan teniendo experiencias similares a las de sus madres. En el próximo apartado mostraremos cómo la vuelta pronta a la quinta luego del parto también suele ser algo que se reitera entre las dos generaciones y que supone situaciones complejas no solo para las madres, sino también para los bebés.

 

Vuelta al trabajo: “al otro día ya trabajaba”

Como señalé, el trabajo en la horticultura suele tener un carácter estacional. En las quintas hortícolas de General Pueyrredon, el trabajo fuerte se realiza en “temporada”. Los quinteros llaman temporada a los meses que van desde octubre a marzo que, por ser primavera verano, permiten el óptimo crecimiento de las verduras. En Mar del Plata el invierno es muy frío y, al menos las familias que trabajan en campos pequeños no producen mucho más que para el autoabastecimiento. Ahora bien, los meses de primavera- verano también tienen sus dificultades climáticas. Una de ellas, es el sol en los surcos o el calor extremo en los invernaderos. Los últimos meses del 2025 observé el trabajo de Azucena en la plantinera, donde cuida los plantines de verdura que luego vende a productores de la zona. Algunos días, el calor concentrado por el nylon del invernadero donde realiza sus tareas era sofocante, tanto que debíamos salir bajo un árbol a descansar. Luego de un rato allí dentro, el cuerpo se siente pesado, tanto, que muchos de los trabajadores mastican coca para soportarlo. Por ese mismo calor, es muy difícil saber qué hacer con los bebés cuando son recién nacidos pero sus madres deben volver a trabajar. La mayoría opta por ponerlos bajo los árboles mientras están en los surcos

 

Al otro día ya trabajaba. Con el bebé. Sí. Te recuperabas muy rápido. Sí, o sea, era la necesidad más que el recurso. O sea, uno siempre estaba pensando: “que yo tengo que estar ahí, que tengo que trabajar, que no hay quien lo haga”. Entonces yo sí o sí tenía que salir. Quedaba mi marido, él con todas las tareas, con las nenas. Las nenas no hacían mucho. O sea, ayudaban sí, pero no era mucho la ayuda que daban. O sea, hacía así… trataba de no hacer fuerza y todo.  Yo ya volvía, cuando yo ya volvía a veces estaba ya despierto o a veces estaba queriendo despertar, daba la teta, le cambiaba el pañal… (Entrevista a Irma, Sierra de los Padres, marzo de 2024)

 

Las mujeres suelen asumir el deber con el trabajo para el mercado como imposible de abandonar. Sin embargo, no sucede lo mismo para los hombres con las tareas de cuidado. Si bien algunas de las mujeres de la segunda generación sostienen que sus maridos realizan más trabajo doméstico y de cuidado que el que hacían sus padres en el pasado, eso no es algo generalizado ni constante. En este punto, la familia se constituye como un espacio desigual en el que las responsabilidades del trabajo doméstico son distribuidas diferencialmente según el género. Ahora bien, aunque el hecho de que los varones no asumen demasiadas responsabilidades con el trabajo de cuidado genera una sobrecarga sobre las mujeres, eso no basta para explicar las formas que asume el trabajo en la ruralidad y los motivos por los que las mujeres vuelven al trabajo a los pocos días de dar a luz.

Como señaló Irma, la vuelta temprana a la quinta luego del parto se presenta como una necesidad vinculada al cumplimiento de las obligaciones que la familia tiene con el trabajo. En general, los ritmos altos de producción son necesarios para generar un ingreso suficiente para pagar alquileres, semillas y otros insumos en dólares. Además, como explicó Marta en el fragmento citado en el apartado anterior, los camiones deben ser cargados y los bultos completados, por lo que es importante que todos/as trabajen para cumplir con ese compromiso.

De todas las mujeres que entrevistamos, solo tres son propietarias de la tierra en la que trabajan. Sus testimonios muestran que luego de trabajar arduamente y lograr que sus familias obtengan la propiedad de la tierra, pudieron tener más tiempo libre y trabajar menos, algo que no se refleja en los testimonios de quienes alquilan o trabajan bajo la mediería o el porcentaje:

 

Estuve como dos o tres años para acostumbrarme. No podía hacer nada, me dolía la cintura, no podía carpir, no podía hacer nada, y eso que nosotros allá estábamos en el campo, pero no era como acá que tenes que estar todos los días. Era un cambio, no, no podía. Ahora si soy dueña del campo y tengo empleados, pero antes no, trabajé a porcentaje, por hora, de todas las maneras, por día, por mes. Ahora sí trabajo, pero no tanto como antes, porque ahora es mío (Entrevista a Mónica, Mar del Plata, marzo de 2017)

 

El testimonio de Mirta también es revelador en este sentido y muestra cómo cambiaron sus tiempos de trabajo luego de que se convirtió en propietaria de la tierra en la que produce. Cuando trabajaba a porcentaje no solo no podía descansar, también, debió trabajar cuando estaba transitando una enfermedad compleja:

 

O sea, yo en sí tiempo libre nunca tuve. Ahora sí te digo que por ahí cuando digo una tarde no voy a trabajar, no voy a hacer nada, me quedo en la cama. Me enfoco en una película y claro, sí, sí, pero eso antes no lo tenía…  Era un trabajo de no parar nunca... dos o tres horas era el sueño y no, y no, no podías descansar más... porque no, no podías. Sí sí…así que no había tiempo para enfermarse, no había tiempo para nada. Esa época para mí fue muy difícil (…) Por ejemplo una vez yo me había enfermado en época de invierno, eh...me había enfermado, con mucho frío, cuando no te cuidás o no te curás...sigue y sigue, como un resfrío mal curado. Y después se me había hecho como una tos y había ido generando todo el tiempo más sumando más, iba a la salita, me daba ponele en principio, te va indicando depende el frío, me dio, qué se yo, ibuprofeno... Eh,  bueno, después como yo seguía en el viento, seguía en el frío y no me cuidaba, o sea, iba empeorando en vez de mejorar... empeoraba... al tercer cuarto día volví otra vez porque ahí ya estaba mal y me daba otra medicación, y al quinto día volvía porque se me cerró la garganta y no podía hablar ya. Y después bueno, me dio medicación un fin de semana, me quedaba un rato y no podía porque la demanda de que venía gente y no, no... Tenía que estar, sí o sí, ¿eh? Pero sí se me había empeorado más en el transcurso de una semana se me había hecho como tipo pulmonía algo así, y había ido mal, mal a la salita y ahí sí la doctora, clínica me había mandado con una orden (…) yo tenía pulmonía avanzada y que si no hacía el tratamiento al pie de la letra iba a caer internada en el regional...con una orden que yo tenía que hacer un reposo absoluto. Y que ya ella no me iba a recibir si yo sigo empeorando que directamente me lleven al regional. Y me retaban. Me decían cómo puede ser posible que no puedas dejar tu trabajo y quedarte un día en casa... y más que todo yo en esa época... mi pareja era muy machista. O sea, no estaba la posibilidad de decir que él podía atender el negocio y podía hacerse cargo de los chicos para que yo...porque en esa época los tenía que lavar porque se mojaban, se embarraban, no tenía lavarropa, no tenía secarropa. Entonces sí o sí tenía que lavar para tratar de secar, aunque sea en el invernadero por la ropa de los chicos... y así que no había la posibilidad de yo decir...bueno, me quedo todo el día en cama (Entrevista a Mirta, Sierra de los Padres, julio 2024)

 

El testimonio de Mirta evidencia al menos tres situaciones. En primer lugar, muestra una división sexual que sobrecarga a las mujeres, que deben trabajar en el negocio familiar mientras cuidan de los hijos sin ayuda de sus maridos. En segundo lugar, expresa cómo eso sucede en el marco de una superposición de espacios que implica que todas esas tareas se desarrollen en simultáneo y extendiéndose por muchas horas, dejando poco tiempo para el descanso y, en este caso, para recuperarse de una enfermedad, al igual que sucede en los embarazos y el post parto. En tercer lugar, ejemplifica que una vez que Mirta se convirtió en propietaria de la tierra pudo tener más tiempo libre, ya que tiene menos gastos y más decisión sobre la producción. Sin embargo, y aunque ella reconoce en su experiencia actual una situación de privilegio que también responde a que sus hijos han crecido y no requieren tantos cuidados, sigue viendo que el problema central de “sus paisanos” es el acceso a la tierra:

 

La más grande problemática sería la tierra. Muchos de los que cultivan los campos no son dueños. Entonces no, por eso se les complica dicen no, yo no invierto en comprar plantas...si el año que viene o en dos años, porque hay plantas que son perennes y las tienen digamos para varios años...  no lo pueden hacer porque se tienen que ir del campo, de hecho, el caso de una productora agroecológica, que ya tuvo... puso plantas perennes como son margaritas, como son...hay muchas plantas, variedades, que son perennes para no tener que estar cambiando todo el tiempo en los canteros. Y tenía diversidad de plantas, de flores y tuvo que... ya el dueño de la tierra no le renovó el contrato y con el dolor de su corazón que había hecho con tantos años y ya lo modificó, digamos ya tuvo un diseño en su quinta, lo tuvo que dejar, entonces eso es la más grande problemática, la tierra digamos. El que pueda cada productor acceder a la tierra propia, para poder... como decirlo ya diseñar su cultivo y más que todo eso. Y bueno, y después de lo que implica el resto, herramientas y todo lo demás. Es mucha la problemática que creo que por eso más que todo es la difícil tarea, vamos a decir, de poder implementar esto... la gente dice, no, si me tengo que ir, no pongo nada (Entrevista a Mirta, Sierra de Los Padres, julio de 2024).

 

En este caso Mirta hace referencia a la imposibilidad de planificar los cultivos y hacer inversiones a largo plazo que tienen quienes son arrendatarios, ya que si deben irse los costos materiales y de trabajo de desarmar y volver a armar todo en otro lugar son muy altos. Esto, no sólo sucede con los invernaderos o plantas florales utilizadas para atraer polinizadores que son muy relevantes en la agroecología, también, condiciona la posibilidad de planificar tener una vivienda en mejores condiciones. Tal como señaló Azucena:

Mi casa tiene una parte de material, pero también la habitación de los chicos es una casilla de madera. Una parte de mi cocina, está hecha de nylon de los invernaderos. Lo que pasa es que ninguno de nosotros puede invertir en tener una casa mejor si no sabemos cuándo nos vamos a tener que ir y nos van a dejar de alquilar el campo. ¿Cómo hacemos? No se puede levantar una casa de material y llevarla a otro lado. Eso pasa con todo lo que tenemos aquí (Entrevista a Azucena, Sierra de los Padres, junio de 2025).

 

Las dificultades materiales que supone no ser propietarios de los campos son evidentes en estos testimonios. Mujeres que trabajan hasta los últimos días de embarazo y vuelven con sus niños recién nacidos para trabajar y cumplir con los pedidos. Ahora bien, las experiencias no se reducen a tener que realizar trabajos pesados en los surcos, en muchos casos mientras se cuida a otros/as niños/as. Estos testimonios muestran que el no ser propietarios de la tierra no solo produce tener pocos momentos de descanso en el embarazo y el posparto, también, genera pasar esos embarazos en viviendas que, en general, suelen tener muy pocas comodidades. Casillas frías en invierno, con goteras, cocinas de nylon demasiado calurosas en verano y, lo que más suelen decir las entrevistadas, baños en condiciones precarias que pueden no estar dentro de la casa o tener solo una letrina. Según sostienen, eso produce una higiene muy deficiente y muchas incomodidades cuando sus embarazos están avanzados.

 

Reflexiones preliminares

En Argentina, la producción hortícola se caracteriza por ser familiar y estacional. El proceso de trabajo se lleva a cabo entre los miembros de las familias y las tareas suelen estar jerarquizadas por género y por edad, lo que produce que las mujeres mayores – en general migrantes- suelen ser quienes más carga de trabajo tienen. Eso se debe a que también son quienes más hijos han tenido, en comparación con lo que en este artículo llamamos “la segunda generación”, que son migrantes o hijas de migrantes menores de 40 años. 

Si bien la distribución de tareas ha sido analizada desde distintas perspectivas en los últimos años, los procesos por los que las mujeres llegan a ser trabajadoras y cuidadoras a tiempo completo y en los surcos no ha sido analizada en profundidad. Sus embarazos y partos aparecen en la bibliografía en relación con la planificación y las experiencias de maternidad, pero no se los analizó en el marco de cómo se co-construyen con las experiencias de trabajo. Es decir, cómo las características situadas del trabajo en la horticultura y en un contexto migratorio suponen, a la vez, experiencias específicas en sus procesos de embarazo, parto y vuelta al trabajo.

En este artículo analizamos cómo, si bien en Argentina en general en algunos momentos históricos hubo un proceso de extensión del acceso al empleo y a los derechos laborales, eso no ha sido así para el sector hortícola que ha mantenido un carácter familiar en las relaciones laborales. Esto, como expliqué, produce que las mujeres lleven a cabo una mayor cantidad de tareas, incluso mientras están en meses avanzados de sus embarazos o ni bien han nacido sus hijos. La “justicia reproductiva” llama la atención sobre las particularidades en las que suceden los procesos reproductivos y la importancia de realizar análisis situados que contemplen cómo el origen nacional, la condición migratoria, la clase, el género, la ruralidad y la generación tienen un impacto en las experiencias de embarazo, parto y vuelta al trabajo.

Por eso, en este caso no me centré en analizar esas experiencias poniendo el foco en el acceso a derechos como, por ejemplo, licencias por maternidad. Más bien, presté atención a las problemáticas que las mujeres marcan como centrales: la necesidad de trabajar de manera continua e incluso con embarazos avanzados o partos recién sucedidos, para poder cubrir los altos costos de los alquileres en dólares.  En ese marco, mi trabajo de campo evidencia algunas modificaciones:  la cantidad de hijos que tuvo la segunda generación de mujeres que entrevisté ha disminuido. En general, lo que explica la decisión de tener menos hijos/as son las situaciones de trabajo arduo que han pasado sus madres al trabajar y criar a sus hijos en simultáneo y, el deseo de tener una trayectoria profesional. Esto, ha sido posible gracias a un mayor acceso a saberes sobre salud sexual y reproductiva que les permite planificar sus embarazos.

Sin embargo, aunque la cantidad de hijos que las jóvenes tienen ha cambiado, en los casos en que los tienen, sus procesos de embarazo y posparto suceden de la misma manera que en el caso de sus madres. Trabajo que se realiza hasta meses avanzados de la gestación y una vuelta pronta al campo. En todos los casos, señalan que se debe a la necesidad de cumplir con el trabajo y las cargas de camiones, dado que su situación de arrendatarios requiere que deban pagar altos aranceles de alquiler. A su vez, mi trabajo de campo mostro que las situaciones de racismo y discriminación en las instituciones de salud también trascienden las generaciones y se sostienen cuando se advierte la pertenencia a la colectividad boliviana. La ruralidad, la condición migratoria y la precariedad en el trabajo – que como muestra en el testimonio de Irma hizo que esté trabajando hasta un momento antes de dar a luz- suponen experiencias en las instituciones que no sucederían en el marco de otros trabajos. Como señalé, en este caso, deben observarse las desigualdades en el marco de la familia, pero también con los agentes estatales que participan de estos procesos.

Los testimonios muestran que el acceso a la tierra permitiría descansar en momentos de enfermedades y embarazos porque ya no existiría la carga del pago del alquiler en dólares. Quienes fueron entrevistadas, no expresan la necesidad de tener derechos laborales, sino que sostienen la necesidad de acceder a la tierra y mejorar la situación colectiva de todos/as los miembros de la familia, más allá de sus situaciones individuales. Esto, muestra la necesidad de revisar los presupuestos con los que muchas veces se realizan las investigaciones y las intervenciones estatales. Como evidenciaron las epistemologías feministas y decoloniales, los procesos de investigación deben reconstruir miradas atentas a los contextos de vida de las personas, para evitar posiciones androcéntricas y sociocentradas (Hill Collins, 2008; Espinosa Miñoso, 2014). Por último, y en ese mismo sentido, el acceso a la tierra, que posibilita construir viviendas de material, permitiría mejores condiciones de vida y trabajo y, por ende, redundaría en los procesos reproductivos, el parto y la vuelta al trabajo.

 

Referencias bibliográficas

Ambort, M. E. (2019). Género, trabajo y migración en la agricultura familiar: Análisis de las trayectorias familiares, laborales y migratorias de mujeres agricultoras en el cinturón hortícola de La Plata (1990-2019) [Tesis de Maestría]. Universidad Nacional de La Plata. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/library?a=d&c=tesis&d=Jte1766

Ataide, S. (2019). Género y migraciones. Un estudio sobre mujeres migrantes tarijeñas en torno al mercado de trabajo hortícola de Apolinario Saravia en la provincia de Salta. Mundo Agrario, 20(43), e107. https://doi.org/10.24215/15155994e107

Belderrain, M., Lacaze, M. V., y Atucha, A. J. (2015). La organización del trabajo en la frutihorticultura de General Pueyrredon: Análisis de su sostenibilidad jurídica. Nulan. Portal de Promoción y Difusión Pública del Conocimiento Académico y Científico, Mar del Plata. https://nulan.mdp.edu.ar/id/eprint/2415/

 

Benencia, R. (1997). De peones a patrones quinteros. Movilidad social de familias bolivianas en la periferia bonaerense. Estudios Migratorios Latinoamericanos, 12(35), 63-102.

Benencia, R. (2012). Participación de los migrantes bolivianos en espacios específicos de la producción hortícola en la argentina. Política y Sociedad, 49(1), 163-178.

Benencia, R. (2017). Inmigración y economías étnicas: Horticultores Bolivianos en Argentina. Editorial Académica Española.

Benencia, R., y Quaranta, G. (2003). Reestructuración y contratos de mediería en la región pampeana argentina. European Review of Latin American and Caribbean Studies / Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, (74), 65-83. https://doi.org/10.18352/erlacs.9704

Benencia, R., y Quaranta, G. (2007). Mercados de trabajo y economías de enclave: La «escalera boliviana» en la actualidad. Estudios Migratorios Latinoamericanos, 81-119.

Berardi, A. L. (2007). Migraciones bolivianas en el partido de General Pueyrredon: Estrategias de trabajo, de vida y de supervivencia [ponencia]. Trabajo presentado en las VII Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

Blanco Rodríguez, G. (2022). Migraciones y cuidado en las quintas hortícolas de General Pueyrredon: Entre el "trabajo infantil" y los accidentes. Periplos. Revista de pesquisa sobre migraçoes, (6),185-210.

Blanco Rodríguez, G. (2023). La casa en el trabajo y el trabajo en la casa: Migraciones, trabajo familiar y género en la horticultura de General Pueyrredon. Universidad Nacional de Quilmes.

Blanco Rodríguez, G. (2023a). Trabajo doméstico, de cuidado y para el mercado en las quintas hortícolas de General Pueyrredon: Jerarquías y segregación por género. Descentrada, 7(2), e210. https://doi.org/10.24215/25457284e210

Blanco Rodríguez, G. (2024). “Sufridos y botados”: Migraciones, cuidado y emociones en el cordón frutihortícola de General Pueyrredon, Argentina. Quinto Sol. Revista de Historia, 28 (2), 1-20. https://doi.org/10.19137/qs.v28i2.7761

Bocero, S., y Di Bona, A. (2012). El trabajo asalariado femenino en el cinturón frutihortícola marplatense. Revista Geograficando, (8), 81-101. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.5486/pr.5486.pdf

Bocero, S., y Di Bona, A. (2013). Mujeres asalariadas en el cordón frutihortícola marplatense: Trabajo, trabajadoras y hogares. Revista Huellas, (17), 233-258. https://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/huellas/article/view/860

Borderias, C., y Carrasco, C., (1994). Las mujeres y el trabajo: Rupturas conceptuales. Economía Crítica.

Castel, R. (1997). Las metamorfosis de la cuestión social. Paidós.

Espinosa Miñoso, Y. (2014). De por qué es necesario un feminismo descolonial: diferenciación, dominación co-constitutiva de la modernidad occidental y el fin de la política de identidad. En Y. Espinosa Miñoso, D. Gómez Correal, y K. Ochoa Muñoz (Ed.), Tejiendo de otro modo: Feminismo, epistemología y apuestas descoloniales en Abya Yala (pp. 119-146). Editorial Universidad del Cauca.

García, M., Quaranta, G., Aranguren, C., y Porta J., (2025) Informe Técnico: Situación socio-productiva de la pequeña y mediana horticultura en General Pueyrredon. Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires.

Hareven, T. (1995). Historia de la familia y la complejidad del cambio social. Boletín de la Asociación de Demográfica Histórica, (XIII).

Hill Collins, P., (2008). Pensamiento feminista negro: Perspectivas sobre el género. Routledge.

Lacaze, M. V., y Atucha, A. J. (2011). Resultados económicos de la producción hortícola marplatense: Un análisis para productos convencionales en el período 2000-2010 [ponencia]. Trabajo presentado en las 7° Jornadas Interdisciplinarias de Estudios Agrarios y Agroindustriales, Buenos Aires, Argentina.

Lobato, M., y Suriano, J. (2013). La sociedad del trabajo: Las instituciones laborales en la Argentina (1900-1955). Edhasa.

Palacio, J. M. (2018). La justicia peronista: La construcción de un nuevo orden legal en la Argentina. Siglo XXI.

Rodríguez Enríquez, C.  y Marzonetto, G. (2016).  Organización social del cuidado y desigualdad: el déficit de políticas públicas de cuidado en Argentina. Revista Perspectivas de Políticas Públicas, 4(8), 103-134. https://revistas.unla.edu.ar/perspectivas/article/view/949/946

Ross, L., y Solinger, R. (2017). Reproductive Justice an Introduction. University of California Press.

Rueda, D. (2022). “El cordón frutihortícola en la mira” la presencia y el trabajo de niños/as en quintas del cordón frutihortícola marplatense como problema público (2005-2020) [Tesis de Licenciatura]. Universidad Nacional de Mar del Plata.

Sarti, R., Bellavitis, A., y Martini, M., (2018). What is work? Gender at the crossroads of home, family, and business from the early modern era to the present. Oxford.

Torre, J. C., y Pastoriza, E. (2002). La democratización del bienestar. En J. C. Torre (Dir.), Nueva historia argentina: Tomo VIII. Los años peronistas (1943-1955) (pp. 257-313). Sudamericana.

Trpin, V., Brochoud, M. S., y Rodríguez, D. (2016). Desafíos en el abordaje del trabajo rural en el norte de la Patagonia: Mujeres en forestación, horticultura y fruticultura. Trabajo y Sociedad, (28), 267-280. https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1514-68712017000100015

Trpin, V., y Brouchoud, S. (2014). Mujeres migrantes en producciones agrarias de Río Negro: Aportes para abordar la interseccionalidad en las desigualdades. Párrafos Geográficos, 13(2), 108-126. https://www.revistas.unp.edu.ar/index.php/parrafosgeograficos/article/view/554/448

Vega, C. y Gutiérrez, E.  (2014).  Nuevas aproximaciones a la organización social del cuidado: Debates latinoamericanos. Íconos. Revista de Ciencias Sociales, (50), 9-26. https://iconos.flacsoandes.edu.ec/index.php/iconos/article/view/1425/1211

 



[1] Esto se mide en función del volumen de la producción. Es decir, la cantidad de verduras, frutas y hortalizas que se producen en cada sector frutihortícola del país.

[2] En relación con esto, en estudios previos discutimos la importancia de la forma en que se conceptualizan las tareas domésticas, de cuidado y de producción de hortalizas en las quintas. Para no invisibilizar la relevancia de los dos primeros tipos de trabajo mencionados sugerimos utilizar las categorías de trabajo no remunerado y trabajo para el mercado, porque la operación de productivo y reproductivo, en este caso, al referir el primero a “producción de verduras”, genera una operación que invisibiliza el resto de los trabajos que se realizan en la horticultura y permiten que la vida en la quinta siga su curso. Para un desarrollo en profundidad pueden verse: Blanco Rodríguez (2023a)

[3] Esta idea debe ser pensada con algunos matices. En Argentina, este proceso sucedió en mayor medida para un sector determinado del mercado de trabajo que es urbano, masculino e industrial. En ese marco, además, entre 1930 y 1950 se desarrollaron los debates y legislaciones en torno al tiempo libre y al ocio, enmarcados en un contexto más amplio de mejora en las condiciones laborales y de expansión de la sociedad de consumo en buena parte del mundo occidental (Castel, 1997; Torre y Pastoriza, 2002; Lobato y Suriano, 2013; Palacio, 2018; Garazi, 2024). Para el caso de los cordones frutihortícolas, los debates sobre los derechos de los trabajadores siguen vigentes. Como señalamos, la mediería estuvo regulada durante unos, pero, en la actualidad, el estado sugiere que se utilice la aparcería, que en líneas generales no es aceptada por los trabajadores, lo que produce un alto nivel de no registración. Sobre este proceso puede verse: Benencia y Quaranta 2003 y 2007. Sobre los debates que produjo la mediería en General Pueyrredon puede verse Blanco Rodríguez (2023)

[4] La dolarización de los alquileres en Argentina es un fenómeno complejo que en los últimos años también se observa en el alquiler de viviendas en las grandes urbes. El problema central es que el precio del dólar es inestable y ha subido 44,3 % solo en el último año (2025). Cada vez que el dólar aumenta (en algunos períodos de inestabilidad política y monetaria se dan alta subas casi diarias), aumenta el precio en pesos argentinos de los alquileres. Como los precios por los que los productores pueden vender las verduras y hortalizas no aumenta en la misma medida, se ven impedidos de planificar donde vivirán y producirán, exponiéndose a altos niveles de precariedad laboral y habitacional, ya que deben trabajar más para producir más y cubrir los costos de alquiler del campo y de semillas, que también están dolarizadas. Desde 2023 esta situación se ha agravado a través del desfinanciamiento del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) y el cierre del INAFCI (Instituto Nacional de Agricultura Familiar Campesina e Indígena), que permitían a las familias productoras el acceso a semillas y otras políticas públicas que favorecían la producción a pequeña escala.

[5] No revelamos el nombre de la organización rural para proteger a sus miembros. La cantidad de organizaciones rurales en General Pueyrredon es bastante reducida y, al mencionarla, sería muy simple conocer la identidad de nuestros/as entrevistados/as, con quienes tenemos un acuerdo de confidencialidad.

[6] Paisano es el término utilizado por integrantes de la colectividad boliviana en Argentina para referirse a otros migrantes o hijos de migrantes. Suele utilizarse también en oposición a “criollo”, que suele hacer referencia a los argentinos que no tienen vínculo con la colectividad.

[7] En general, los varones y mujeres migrantes que hemos entrevistado no han terminado la primaria. En la mayoría de los casos, el máximo año de escolarización alcanzado es cuarto grado.

[8] Argentina implementó el PLAN ENIA (Plan Nacional de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia) entre 2017 y 2023. Redujo la tasa de embarazos adolescentes en un 50% mediante la educación sexual integral (ESI), la distribución de anticonceptivos (como el implante y DIU) y asesoramiento en distintas instituciones de la sociedad civil y el estado.

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.



Copyright (c) 2026 Guadalupe Blanco Rodríguez

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

PLEAMAR es una revista del Departamento de Geografía de la Facultad de Humanidades - Universidad Nacional de Mar del Plata
Correo electrónico: pleamar@gmail.com
Web:https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pleamar
Redes Sociales: Instagram:  pleamar.revista 

ISSN en línea: 2796-8480

se encuentra bajo  Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

La Dirección no se responsabiliza por las opiniones vertidas en los artículos firmados.
Por correspondencia y/o canje dirigirse a: Departamento de Geografía  | Funes 3350 | (B7602AYL) Mar del Plata | Argentina

Incluida en: 
Base (Bielefeld Academic Search) Link
 Latin REV Link
Google Académico Link
 Directory of Research Journals Indexing (DRJI) Link
 EuroPub Link
 Latindex Directorio Link